|
La angurria y los laureles
Dos intendentes de prominentes ciudades chinas son ejecutados, acusados de corrupción inmobiliaria
Cosas de chinos, que no siempre son cuentos, esto de ejecutar a dos intendentes por comportarse como simples choris, haciéndose con una fortunita de unos once millones de euros al favorecer truculentos proyectos inmobiliarios. Si en España se hiciera lo mismo y se ejecutara a los intendentes, ediles, ministros o altos cargos que han hecho de sus puestos un filón de ingresos espurios y de sus vidas una hagiografía de san Cantimpalo, no sólo acabaríamos con el desempleo, sino que, además de enfrentarnos a la rápida desertización de España que ya nos amenaza, tendríamos que hacerlo también a la despoblación, porque nos íbamos a quedar en cuadro..., y seríamos muchos.
Aquí, los choris, no son una excepción, sino más bien la regla, razón por la cual, unos y otros, juzgadores y juzgados, políticos y troncales, corruptores y corrompidos, tienen una especie de pacto de sangre en un a modo de “inocentes quedan pocos... y entre nosotros, menos.” Y no quedan entre ellos, ¡palabra!, no tengan la menor duda.
Por angurria, los intendentes chinos éstos se quedaron con once milloncetes de euros, según parece, provenientes de comisiones percibidas a trasmano por el levantamiento complejos urbanísticos innecesarios o absurdos. Bueno, aquí tenemos poliderpotivos de más de 100 millones de euros para pueblos de exigua población y hasta ayuntamientos de diseño que han costado un hígado y varias veces el presupuesto anual de la pedanía para satisfacer no se sabe bien si los afanes modernistas del alcalde o si nada más que para justificar una obreja que dejara la comisión adecuada a los intereses del perceptor; pero, por si fuera poco, los gastos pueden ser todo lo oneroso que se quiera (hay que hacer caja con las comisiones) pero no se pagan las facturas de los proveedores ordinarios, sino sólo de los que hacen las grandes obras porque ellos con los que sueltan la mosca y el moscoso, cosa que, independientemente de los gastos absurdos, estúpidos o delirantes (optar a las olimpiadas por tercera vez, verbigracia), supone un desfalco tácito de unas pocas de decenas de miles de millones de euros en el conjunto de los pueblos, ciudades e instituciones de España que han sido sisadas. ¡Pues no serían necesarias pocas ejecuciones si esto fuera China! ¡La despoblación, ya digo! Por otra parte, si uno mira hacia el pretérito y revisa las condenas impuestas a los corruptos por los justos jueces (ésos que a Miguel Montes Neiro le tienen ya 45 años en la cárcel por delitos insignificantes o estúpidos comparados con los de esta recua de choris que nos controla y maneja como lo hace, y sin responsabilidad penal), enseguida uno se da cuenta de que en España no sólo no existe prácticamente la corrupción y todo eso, sino que aquí la única clase de delitos que se verifican son los menores y algún que otro crimen pasional. Por eso se les condena a los reos de estas tropelías con tal sevicia. Terroristas, corruptos, manguis, choris y amiguetes de políticos, todos ellos libérrimos como los santos pájaros. Muchos se preguntarán que cómo es posible entonces que haya quiénes, después de un breve o largo paso por la política, hayan pasado de ser unos ignorantes muertos de hambre a unos asníficos prepotentados de inconfesables fortunas cuando no tenían sino un salario que, siendo excesivo para sufragar su talento (un solo céntimo lo sería), tampoco era para tirar manteca al techo; y la respuesta, claro está, es que ahorrando centimillo a centimillo como con el Nescafé. Ya se sabe que con unos ahorrillos…
¡Ah, la angurria…, a cuántos les pierde! O los encuentra, claro. Porque si hubo un tiempo en que lo suyo era que cada cual obrara de la forma más honrada y cabal, hoy se trata la cosa de hacer caja nada más, de darle a la entrepierna como micos (que, oiga usted, esto de las orgías se están poniendo por las nubes) y de disfrutar hoy porque el Paraíso y el Infierno han sido proscritos y resulta que no existen, con lo cual la honradez y la virtud quedan reducidos a supersticiones propias de monjitas que creen que Dios existe, ¡pobres! Lo que priva en estos tiempos es el trinque en crudo, invertir para generar comisiones porque es generar riqueza, abrir y cerrar calles una vez y otra a tanto la zanja, inventar macroobras, circunvalar lo que sea, edificar donde se tercie, recalificar, etc. Hoy, lo que se lleva es la prepotencia de demostrar a los hasta ayer sus pares que son más falo o más vagina, que cagan más alto que el culo, que son más carne, que es el más acá de los que niegan el más allá. Además, ya hace tiempo que en política se decretó la barra libre para el trinque, de tal modo que aquí se pueden sacar a legiones de guardias a multar a tutiplén por lo que sea, de policías a lo mismo, de guardias civiles para otro tanto, de funcionarios de todo pelaje que atraquen a la peña y todo lo que sea necesario para que los soldados de la familia recauden para que los capos del trinque tengan algunos dineros que llevarse a sus mansiones en bolsas de plástico, o a Suiza, o a las Caimán, o a Montevideo o adonde sea. ¡Pobrecillos!
Y de la angurria, claro, enseguida se salta a los laureles. Porque los que acumularon algunos laureles cuando entonces, cuando Dios existía y había un Paraíso y un Infierno y todo eso, cuando se era honrado y cabal porque era como un hombre de bien había de ser, pues que ahora quieren su parte, sea pollo o sea faisán, y quieren cambiar la honradez y el buen hacer de entonces, que son laureles, por impunidad y pasta hoy, como si quien ayer fuera laureado por ser honrado hoy no pudiera delinquir. Algo que les sucede a jueces estrellas, estrellitas y estrellados, a policías ascendidos apropiándose de las medallas que se curraron los rasos, o a ministros que se condecoraron a sí mismos por hacer lo que no debían y se quedaron tan panchos. Cree el que ayer fue bueno que hoy tiene licencia para ser un h…, y todos a callar. Los laureles, así, sirven para aderezar un excelente guiso, o para darle sabor a este pan como unas hostias que estamos haciendo entre todos. España, ciudad sin ley: como en el oeste, vaya. Siempre en las antípodas de China, que allí se las gastan…, ya, ya, ¡cómo se las gastan!
|