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Derechos Humanos


Centenas de miles de personas son secuestradas cada año para nutrir las redes de extorsión y prostitución


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 19 de julio de 2011, 09:19
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La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948 por las Naciones Unidas, no queda claro si fue una maniobra buenista de ingenuos irrecuperables que creían que los pájaros maman y todo el mundo es bueno, o si una maniobra de una perversidad tal que procuraba salvar a todo trance a lo peor y más abyecto del género humano sobre la inocencia de todos los demás, ensalzándolos. Un plan, en fin, que linda con esa fe que tantos adeptos tiene entre las categorías más poderosas de humanos, que es el satanismo.

Después de casi setenta años desde su aplicación, los resultados hablan por sí mismos: el mundo, lejos de mejorar, se ha convertido en un nidal de alimañas donde lo peor y más depravado del género es glorificado incluso desde los mismos medios, imponiéndose en muchos casos como una conducta social natural y hasta plausible.

Cada año son centenas de miles las personas que son secuestradas en todo el mundo, así como simples modos de obtener dinero fácil, al solicitar los secuestradores rescates más o menos cuantiosos por la vida del secuestrado, como medios normales de apropiarse de personas que, engañadas u obligadas, van destinadas a las redes de prostitución, a las de trabajo esclavo, a las de milicia obligatoria o aún a las redes de tráfico de órganos. Aunque la policía –raramente- logre desarticular algunas de estas redes que se dedican con cuerpo y alma –especialmente con alma- a privar de todos sus derechos a los secuestrados, privándoles de su libertad y hasta de su vida, rara vez los secuestradores son condenados a más que unos añitos (mucho menos privarlos de los bienes obtenidos con su criminalidad demoníaca), cuando los efectos en las víctimas son, o sí o sí, irreversiblemente definitivos, de modo que cualquier condena no sólo es injusta por comparación entre el daño perpetrado y el castigo sufrido, sino que argumenta y sostiene que las leyes y los jueces, lejos de ser punitivas con esta suerte de abyectos criminales que no merecen el aire que respiran ni la mera consideración de humanos, los protegen. Quienes no se conducen como humanos con sus semejantes y no respetan sus derechos, deben ser excluidos de ser considerados humanos y de que se les respeten derechos algunos.

Los niños y las mujeres son, desde cualquier criterio de análisis, las víctimas preferidas de esas miserables organizaciones inhumanas. La mayor parte de las meretrices y de los jóvenes prostituidos, son frecuentemente propiedad de organizaciones dedicadas a este fin, quienes muy directamente son sostenidos por los infames ciudadanos que acuden a satisfacer con ellos sus instintos más básicos y animalescos a cambio de unas monedas, cual si su poder económico les confiriera alguna clase de derecho sobre cualquier otro ser humano. Pero es que no es mejor, sino acaso infinitamente peor, el caso del turismo sexual tan extendido entre los consumidores de Occidente, especialmente el europeo y con muy especial incidencia entre los viajantes españoles, quienes encuentran un particular placer en usar a estas criaturas para obtener un placer aberrante y profundamente reprobable. Otro tanto sucede con aquellas organizaciones armadas que usan a los niños como soldados de ventaja debido a su natural inconsciencia y a su manejabilidad, como acaece con las organizaciones que los esclavizan laboralmente, las organizaciones terroristas que los usan como correos o fanáticos capaces de perpetrar cualquier atrocidad (aunque los cueste su propia vida), o aquéllas otras, mucho más extendidas de lo que parece, que usan a estas personas o a estas criaturas como donantes forzosas de órganos para que los niños bien y las personas ricas puedan burlar a la muerte o a una dolencia que pudiera disminuir su calidad de vida... a costa de la vida de otro. Latinoamérica, Asia y África, sin perder por ello de vista a Europa (especialmente la del Este) o EEUU, son los filones tradiciones de estas organizaciones cuyos desalmados miembros gozan de la cobertura de unos Derechos Humanos que ellos niegan sistemáticamente y por principio a sus víctimas. Y podríamos –y debemos- incluir aquí, a los especuladores de la salud (farmacéuticas) o de la alimentación, quienes producen cada año millones de víctimas en el Tercer Mundo.

¿Por qué ha de gozar de la protección de los Derechos Humanos quien no respeta en lo más mínimo los de sus semejantes?... ¿Por qué la sociedad humana –excesiva y en superpoblación- ha perdido la capacidad de autorregenerarse eliminando a sus propios tumores, que son los elementos más abyectos, como todos estos que fundamentan su existencia en el daño producido a sus semejantes y, especialmente, a nuestros niños?... La sociedad, sin duda por la nefasta influencia de corrientes ocultamente satánicas (endiosamiento del ego individual y del dinero), se ha vuelto ñoña, estúpida y desangelada, acaso ignorando que la vida misma es una lucha a muerte entre el Bien y el Mal, y que los buenos tienen legítimo derecho a defenderse de quienes les agreden, incluso impidiendo que su perversa genética se extienda y propague con la reproducción.

La cuestión, es que después de tantos años de indolencia y permisividad con los malos, éstos ya ocupan casi todos los puestos de importancia en los distintos países. Desde la política a la industria o al simple capital, lo peor de lo peor acapara la práctica totalidad del poder y son ellos los que legislan, los que ofrecen trabajo y hasta los que controlan a los cuerpos de seguridad o a la misma judicatura. Por eso se persiguen estos crímenes atroces con tan poca fe y con menos intensidad, por eso asistimos cada día a las degradantes y humillantes sentencias de los jueces, y vemos cómo liberan a criminales que no merecen mejor suerte que su desaparición definitiva de la sociedad humana, entretanto inocentes son castigados con una sevicia inenarrable sólo para cumplir con una cuota de penas por este o aquel delito que interesa a la estadística política. Por todo esto, precisamente, cuando usted se pregunte por qué vamos a peor cada día y por qué el futuro de las nuevas generaciones –si existe- es tan negro, no duden cuál es la respuesta: es el resultado de setenta años sin autodepurarnos y de respetar con mimo a lo más abyecto, entretanto se ha permitido que lo más acendrado del género sucumba atrozmente bajo la abyección de estas bestias. El cáncer del Mal, ya es una metástasis en el corpus social humano: los asesinos tienen Derechos Humanos; las víctimas, sólo una fosa… o ni eso.

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