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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

Birth (Reencarnación)

Marcos Méndez Sanguos
Marcos Méndez
martes, 8 de marzo de 2005, 02:37 h (CET)
Si bien es cierto que Birth (Reencarnación) tiene algunas virtudes considerables en el desarrollo del relato y en su concepción visual, la carga dramática de la segunda película del cineasta británico Jonathan Glazer (Sexy Beast) está subordinada de principio a fin a la magnífica interpretación de Nicole Kidman, una actriz cuya capacidad de interacción con los personajes a los que forma física y mentalmente es, dicho sin ningún ansia de mitómano, absolutamente perfecta.

La premisa en torno a la cual giran todas las reacciones de los personajes de Reencarnación supongo que es bien sabida a estas alturas: Sean (Cameron Bright) irrumpe de forma brusca en el cumpleaños de Eleanor (Lauren Bacall, que coincide con Kidman tras la sensacional Dogville), la madre de Anna. En una secuencia a la vez cálida (la fotografía de Harris Savides ayuda a crear una atmósfera de misterio que impregna toda la película) y fría (las reacciones de Anna y sus familiares ante lo que parece ser un chiste de mal gusto), Sean le dice a Anna que es la encarnación viviente de su difunto marido, también llamado Sean y fallecido diez años atrás. El film se mueve a partir de aquí en un estado de dualidad entre lo paranormal y el escepticismo, entre lo que Anna siente y lo que el espectador se resiste a creer. Algo de esto había en La semilla del diablo, la obra maestra de Roman Polanski homenajeada por Glazer en algo más que el peinado de Kidman / Farrow.

Para aumentar el contraste, el nuevo Sean es un niño de diez años (ya ha habido carcas que han tachado algunas secuencias por supuesta pedofilia) que vive asentado en una familia de clase baja, mientras Anna es una mujer adulta y de familia adinerada. Otro subterfugio dramático recurrente es la nieve, que actúa como metáfora de la congelación y el paso del tiempo (travelling memorable cuando Anna encuentra al pequeño Sean bajo el puente), contrastando también con la fotografía de tonos más cálidos que podemos ver en los interiores.

Otro elemento del que Glazer se sirve para aumentar el suspense es el score de Alexandre Desplat, que refuerza los movimientos de una cámara muy dada a imágenes sugerentes, que muestran mucho más de lo que aparentemente podemos ver. Y la Kidman contribuye con un plano-secuencia en el que la cámara se mantiene fija varios minutos en un rostro que muta del desasosiego al pánico y del pánico a la fe, inmediatamente después de asistir al desmayo de Sean en el que es el mejor momento de este desequilibrado film, cuya segunda mitad se cae por su propio peso a la hora de desembocar todas las ideas encontradas en un desenlace decepcionantemente aceptable.

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