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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
El alcalde con su chiripiorca y los menistros con las suyas


Gallardón sufre una nueva chiripiorca olímpica, mientras los parásitos de éstas se frotan las manos porque el alcalde no se termina de curar de esta carísima enfermedad


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 13 de julio de 2011, 13:06
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Ya le dio otra vez su chiripiorca a Tutangallardón, y otra vez los madrileños van a tener que rascarse el bolsillo a base de bien para cubrir los exageradamente suntuarios delirios de su regidor (o lo que sea, porque el nombre de ese cargo es un decir). Tutangallardón es así, qué le vamos a hacer, ¡y ha sido elegido para otra legislatura completita, ni más ni menos! Bueno, al menos a la mayoría que le votó le complacerá un montón tirar todo ese dineral a la basura de los bolsillos de todos esos vivales que se forran el hígado a base de bien con los delirios del intendente, pero me temo que va a haber alguno que otro que no le va a hacer ni pizquitina de gracia, y quién sabe si van a unirse para hacer una colecta y enviarle a este señor adonde sea que le puedan tratar su mal y le curen, a ver si así le dejan de dar estos ataques semimísticos en que se entrevista con los dioses olímpicos y, ¡zas!, lía unas que para qué cuento, millonadas impagables aparte. Es que este hombre tiene a los madrileños en un sinvivir, y, en cuantito se descuidan, ¡raca!, le da su chiripiorca y ya están otra vez liados con impuestos y más impuestos para sufragar sus desvaríos. Y, oiga usted, que son más cíclicos que las mareas y más predecibles que la salida del sol: cada cuatro años justitos, uno. ¡Pero que si quiere usted arroz, Catalina!

En estos tiempos de crisis que corren, estoy seguro de que a algún desesperado, de ésos que buscan día y noche negocios que funcionen cuando deja de funcionar casi todo, ha visto ya su gran oportunidad en poner tenderetes de gorros de papel por la zona ésa donde está el Ayuntamiento, el Parlamento y tal, seguro. El inconveniente es que el negocio, entre gobernantes, parlamentarios, judicatura, munícipes y tal, es tan grande que, apenas monte el primer tinglado, se llena el Paseo del Prado, La Castellana, la Carrera de San Jerónimo y la plaza de la Cibeles con tantos chiringuitos que no habrá diferencia con El Rastro. Cosa que no le vendrá nada mal a Tutangallardón, porque así podrá clavar a base de bien a los nuevos emprendedores, sufragando de esta manera una parte enjundiosa de su delirio. El problema, claro, es que en cuatro días más llega el otoño y estará lloviendo, y a ver cómo lucen sus señorías entonces sus estupendos atuendos para redondear su imagen social con el debido tono.

En vano es intentar hacerle ver a Tutangallardón que no hay más cera que la que arde, que este cuento se acabo, que es una simple estupidez tirar un dineral tan exagerado para darse viso personal de grandeza en una oposición en la no tiene ni la más remota posibilidad de ganar, que no queda tiempo, que se acabó, que c´est fini, que ended, que no llegamos al 2020 ni locos, ni siquiera en pedazos. Tal vez haya algún misericordioso que incluso intente hacerle comprender que el Sistema está agotado, que no da más, que hemos llegado a la estación términi, que coinciden en el diagnóstico lo mismo –y cada cual por el punto cardinal de su disciplina- economistas, astrónomos, estudiosos del medioambiente, oceanógrafos, climatólogos, estrategas militares y hasta los siempre socorridos profetas. ¡Hasta los extintos mayas se han sumado a la fiesta, con eso digo lo bastante!...

En fin, que lo más barato, aunque sea muy caro, sería tener un gesto de cristiana conmiseración en estos tiempos agnósticos o ateos que corren, rascarse entre todos el bolsillo –por libre, eso sí- y pagarle a este hombre una clínica de desintoxicación, o un sanatorio en la montaña que tenga buenos especialistas, o algo, lo que sea, porque verle sufrir así, es que a uno le parte el alma en mil pedazos, siempre con sus delirios de grandeza y sus desvaríos, y sus estentóreas chiripiorcas. “Yo choi Carlos III, y me voy a Babia, ¡hala!”, y en Babia le dejaríamos con mucho gusto, porque allá hay mucho aire puro y se come muy bien, y eso siempre ha venido estupendamente para este tipo de dolencias.

Lo malo, es que esto va a ser una epidemia, o, lo que es peor, una pandemia en toda regla. Entre Tutangallardón, la excelente visión de topo de nuestro insigne Zapatero, el talento sin igual de la señá Pajín, los milagrosos remedios (para las farmacéuticas) de la seña Trini, las protecciones y cursillos de la señá Aído (¡ele, mi niña!), las guerras pacifistas de la señá Chacón (y su ONG militar), los números góticos de la señá Salgado (y su que sí, pero no) y el talento sin descubrirse (ni se descubrirá, seguro) del se´or Sebastián, estamos listos, porque esto no hay economía que lo aguante. Y ahora, por si fuera poco, viene el señor Rubalcaba, ése de los GAL, el del Faisán, el que estuvo durante el desastre apocalíptico de Felipe González y el no menos bíblico del inefable Zapatero en el justo meollo de todos los escándalos, trinques, corruptelas y desastres que nos conciernen (en todos los sentidos), y nos dice, no se lo pierdan, que él tiene la solución a todos nuestros problemas. ¡Hombre, menos mal: ahora respiramos más tranquilos! ¡Haberlo dicho antes, hombre de Dios! Yo, es que me lo comería a besos, palabra.

Y digo yo: ¿y por qué todos éstos no hacen una cofradía, una asociación o así?... Lo mismo tratándoles en grupo nos hacen un descuento considerable. Lo malo, bien pensado, es que si algún médico prodigioso o así pudiera curarles, lo mismo luego va y nos los devuelven. Pero, ¿y si se les vendiéramos a algún enemigo, eh, eh, eh?... Es un decir, claro, porque ya sé que no se pueden vender personas. ¡Pena!: ¡con lo a gusto íbamos a quedarnos! ¡Y lo que ahorraríamos!

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