No hace todavía un mes que los ciudadanos de Mónaco, un país de opereta fundado por una saga de piratas, se lanzaron a las calles llenos de júbilo para festejar que su príncipe por fin se había decidido a pasar por el altar acallando así las dudas que desde todos los rincones se venían lanzado sobre su opción sexual. Se abrieron las puertas del armario y, para tan celebrado día,
Alberto sacó del fondo del mismo un traje también de opereta para dar el si que tranquilizaría a sus súbditos.
Pero la boda estuvo a punto de no celebrarse ya que días antes del evento
Charlene, la feliz agraciada por la suerte, dio la
“espantá” tomando las de Villadiego ante lo que se le venía encima, menos mal que en el aeropuerto fue interceptada, convencida seguramente mejorando el contrato mercantil que para el bodorrio había firmado y abortada la fuga. Alberto no se iba a quedar compuesto y si novia.
La ceremonia tuvo de todo menos amor, la frialdad de la rubia novia se mezclaba con las indiferentes miradas del que en aquellos momentos estaba convirtiéndose en su marido ante las miradas de los monagescos y las del resto del mundo ante las cámaras de la televisión y los objetivos de los paparazzi. Por encima de las cabezas de los contrayentes sobrevolaban las sombras de la duda, Alberto, convertido en un
“picha brava” había ido sembrando principescos bastardos por el mundo, se le conocían dos antes de la boda y de repente horas antes del enlace aparecían otros dos. Me cabe la duda de si en realidad de trata de hijos de atrezzo pero ante tanto salto albertiano de cama en cama sin el oportuno condón quién podía poner en duda su gusto por las hembras de la especie humana.
Tocaron las campanas de todas las iglesias de Mónaco, en el Casino, propiedad de los
Grimaldi como casi todo en el Principado, resonaron las fichas sobre los tapetes verdes mientras los croupiers entonaban con alegría el “no va más” ante las mesas de la ruleta y la novia, en un rasgo de humanidad, derramó alguna lágrima, como toda novia que se precie, al dejar su ramo ante
Santa Devota patrona del zarzuelero país.
Y la pareja se marchó de luna de miel, por el módico precio de 3.000 euros la noche tenían reservada una suite en el Oyster Box, pero seguramente los calores del verano no le sientan bien a Alberto y ha puesto tierra por medio con su estrenada esposa marchándose a dormir al Hilton a quince kilómetros de distancia de la habitación de su esposa que se ha quedado sola en su habitación de 1.000 euros, no en la suite reservada inicialmente, escuchando a Gloria Lasso cantando aquello de
“Nunca sabré como vino esta noche/nunca sabré como vino esta luna de miel”.
La luna de miel de los Grimaldi se ha reconvertido en una luna de hiel y tal vez a partir de ahora la moda en los viajes de novio consista en ofrecer a los esposos la posibilidad de pasarla en hoteles diferentes bajo el lema de que la distancia aumenta el amor.