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Tags: Opinión · Disyuntiva · Rafael Pérez Ortolá
Escépticos


Los desencantos constituyen un alimento diario, abundan los derrumbamientos de las apariencias rimbombantes y sobreviene la decepción de manera reiterativa


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
domingo, 10 de julio de 2011, 00:00
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Llegadas las novedades, nos implantan a la fuerza la duda inevitable. ¿En qué acabará esto? Técnicas, candidatos o reformas, nos hacen dudar. Un paso más allá, aparece la actitud de los ESCÉPTICOS. En ellos, la duda se convirtió en negación, no aceptan las pretendidas nociones novedosas, puesto que consideran imposible su elaboración con fundamento. De hecho, se oye con frecuencia la expresión ufana, soy escéptico. Sin embargo, resulta dificultoso eso de ser un buen escéptico. Como en todo, los hay de diversas clases, desde aquellos en que la negación es virtuosa, a los que ejercen desde la necedad. La duda o una cierta incredulidad no son lo mismo que la negación radicalizada, por sistema.

Hölderlin tomaba en serio estos posicionamientos enfocados a la negación. Centrados en su comentario, el escéptico sólo sería coherente en esa hora de percibir las carencias, si previamente hubiera conocido la máxima armonía. Una vez conocida la plenitud es cuando tendría el conocimiento adecuado para captar las deficiencias de cualquier entidad o concepto. Con semejantes EXIGENCIAS tan estrictas habría pocos en el gremio , la plenitud no parece experiencia mundana, no lo fue nunca. Cuando aflojemos en dichas exigencias, si nos conformamos con las experiencias medianejas; entonces sí, se incrementará el número de quienes se vean capaces de negarlo todo. ¿Hablaba alguién de negaciones fundamentadas? La ligereza impera también en estos territorios.

En algunos casos, quizá más de los que sospecharamos, ese afán de cruda incredulidad, lo manifiestan por su simple PASIVIDAD, una insuperable pereza que no acude al fondo de la discusión. Por detrás de su oposición no guardan argumentos de peso. La falta del esfuerzo discursivo es su verdadera negación. Viene a ser una burda defensa de la mediocridad propia, encubierta por esa apariencia contraria a las posiciones defendidas por otra gente. Una auténtica expresión de pasotismo, encerrado en la actitud negativista; que en realidad no aporta nada sustancioso. Mala postura es esa, si pensamos en una preparación constructiva de la vida aceptable de las agrupaciones humanas. A veces son vociferantes, pero no nos engañemos.

La falta de aceptación de determinadas ideas o datos con cierta complejidad, puede originarse a consecuencia de la estupidez del receptor. Dicho de manera suave, derivada de una IGNORANCIA en relación a los acontecimientos. Y esa escasez de conocimientos dependerá de unas causas a considerar. La mala información desde los expertos hacia cada individuo, adquiere en ocasiones rango de ocultación delictiva, suele perderse por resquicios malévolos. El propio sujeto queda implicado de lleno si la ignorancia, por así decirlo, fuera por su culpa, por su desidia o ausencia de las disposiciones adecuadas. Todo un reto que habrá tratado o no de subsanar.

Los matices del escepticismo dependerán también de actitudes menos negativas, muy relacionadas incluso con la excelencia; como en tantas otras cuestiones, la exageración desvirtúa la bondad inicial enfocada a las labores bien hechas. Su inconveniente proviene de las metas demasiado elevadas; dudan y con razón del posible alcance de las mismas por la mayoría de participantes. El PERFECCIONISTA cae en su propia trampa, el objetivo excelente está en unos niveles prácticamente inalcanzables. Así orientados hacia lo mejor, transmiten una marginación frustrante por exceso en las aspiraciones, que puede ser perjudicial como la que más. Al fin, distancia a sus protagonistas de los núcleos de colaboración. Desequilibran la armonía necesaria, aunque los rasgos iniciales prometían.

Los gestos suelen ser atrayentes, captan miradas. Su sencillez impulsa a su práctica. Son bien perceptibles. Como ocurre con las imágenes, llaman la atención con prontitud, destacan entre el acompañamiento. Suele interesarnos menos lo que circule por detrás de la aparente impresión. En evitación de complicaciones, el gesto representa un escudo fácil y encubridor de posibles carencias. Así lo entiende el sujeto que se limita a la adopción de una POSE escéptica, a él no le vengan con afirmaciones sesudas, como presuponiendo su mejor información; de ahí no pasa, se queda en eso el envite. Un pequeño rascado de la superficie demostrará su contenido irrelevante; sólo estábamos ante un gesto, habíamos caído bajo su embrujo. Hasta resulta humorístico descubrirlos, permanecen sus caricaturas.

Los engaños reiterados, las medias verdades y la presentación como datos ciertos de lo que no pasa de experimento o ensayo; es lógico que nos escarmienten. ¡Caramba!, que uno no está en la inopia. También se vuelve uno escéptico por necesidad, en un acto de sana rebeldía. Entre otros desafíos, sule ocurrirnos con las ESTADÍSTICAS. ¿Sus afirmaciones qué nos comunican? ¿Nos esconden o deforman realidades? Hablan de los predominios, pero marginan los pequeños porcentajes. Si le ubican a usted en el 1 %, va aviado. Los rangos mayoritarios no describen el conjunto; pero el resultado es presentado como global. Conviene no fiarse de semejantes afirmaciones, son evidentes sus limitaciones si no profundizan en el resto de los detalles. ¿Convendrá o no ser escéptico?

A medida que disfrutamos de las libertades, con frecuencia, la incomodidad presenta sus credenciales bajo aspectos variados. Chocan entre sí las libertades de diferentes personas. Si no espabilamos, quedamos excluídos en la libre persecución de resultados. Sobre todo, es casi natural que se disparen los anhelos, sin parar mientes en los sacrificios necesarios. A poco que no vengan bien dadas, la frustración será notable, y en momentos de crisis, a carretadas, en un lamento continuado. Las carencias transforman el escepticismo en una INDIGNACIÓN progresiva. Deviene en una rebeldía, inicialmente de carácter positivo. Aunque su acostumbrada tendencia negadora, se transforma en una obsesión cegata; en la cual las aportaciones y la colaboración tienden a estar ausentes. No basta con la indignación y la esperanza descalabrada. Hace falta una implicación esforzada, una buena crítica a tiempo; mientras que la pasividad del escéptico tiende a quedarse sin estos requerimientos.

La incidencia escéptica abunda en los entornos habituales. ¿Cuánto de todo esto lo detectamos en los compañeros de fatigas desparramados por los variados sectores de la sociedad? ¿En qué medida participamos de dichas actitudes? Se trata de personas distanciadas de las mejores decisiones, porque se centran en el RECHAZO de ciertos conceptos, sin aportes alternativos. Gente que rechaza las vacunaciones desoyendo razones de solidaridad y los avances obtenidos con ellas, políticos que no aceptan las medidas adecuadas, docentes ambiguos limitados a una repetición desvaída, profesionales en actitud de repudio a los nuevos avances, padres indecisos o votantes abstencionistas; puesto que, unos, otros y nuevos ejemplos, practican una serie de escepticismos derivados de las variantes comentadas. Somos muy incrédulos a destiempo y abundan las creencias sin fundamente. Estamos ante un verdadero equilibrio inestable.

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