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Tags: Opinión · Columna de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Adivinos y otros vivales


El adivino o brujo que falle en un predicción, en Rumanía, puede ser reo de multa o de cárcel


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 6 de julio de 2011, 08:53
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Da un poquitín de pánico ver la parrilla televisiva a partir de ciertas horas. En muchos canales, especialmente en los de TDT, hay un sinfín de vivos, vivales y cantamañanas que lo mismo te adivinan el porvenir, te hacen un ula-ula para que consigas trabajo o te juran por Zoroastro que de ésta no sólo ligas como un donjuán, sino que te casas como que hay Dios. Y no es una amenaza, no, que lo dicen bien en serio.

Digo la televisión y digo la prensa, e incluso esos programas de desinformación que pasan a altas horas de la noche en televisiones visionarias de misterios a cara de lelo y dimensiones fetén. Cada dos días, un fin del mundo. Tengo un poquitín más de medio siglo, y ya he perdido la cuenta de los fines del mundo que he vivido. Vamos, que ni siquiera sé cómo es posible que estemos todavía aquí. Y es que cuando fue la alineación planetaria la que iba a producir el tan anhelado Apocalipsis, era el Skylab el que se caía sobre París y armaba la de Dios es Cristo como consecuencia de la cuarteta pirulí-pin-pín del tal Nostradamus ése, quién vaya juego que les ha dado a todos estos vivales de rostro hormigonado. Y si no, las profecías mayas, y, si no, el meteorito de turno, y, si no, los marcianos que vienen tras del asteroide Elenin…, no se lo pierdan que va en serio, los cuales se van a comer entre pan a todos los terrícolas que no fumen y que no tengan el colesterol alto, porque ésos no les gustan por no ser sanos. Como lo oyen. Palabrita de Niño Jesús. Vean Internet y pásmense. Ya digo, cada dos días una nueva pepla para tener el ombligo encogido, y eso cuando no son conspiranoias como páginas del calado de Sorcha Faal y tremebundeces por el estilo, que publicitan un orden en el que ciertos poderes malos, muy malos, nos van a comer a todos crudos..., si es que antes no nos dejan embarazados de trillizos. ¡Uf!

Y luego están los diarios, las consultas de los magos, gurúes, brujos, hechiceros, tocados por la mano divina, horoscoperos, sacerdotisos de mucha túnica hortera, cantañamañanas iluminados, mangantes y toda una caterva de vivales a cual más caradura y sacacuartos, que lo mismo recurren al pis para sanar el cáncer que le venden a uno la moto averiada de que juegue al 7, que de ésta se hace millonario. El territorio natural del hombre es la incertidumbre, y no todo el mundo tiene estómago suficiente para aguantarla, lo mismo que sus miedos reales o imaginarios. Siempre hay y habrá un motivo de preocupación, sea por el trabajo, por la crisis, por el niño o por los eternamente complicados senderos del corazón, y, ante la necesidad autoimpuesta de querer disponer de alguna clase de certidumbre que mitigue la angustia, ¡zas!, a recurrir al adivino, al brujo, al tarotista o al pillo de turno. Si acierta y la cosa resulta ser como la predice el santón –cuestión nada complicada, habida cuenta de que sólo usa ciertas motas de inteligencia social, a lo vivo, eso sí-, pues un dinerito bien empleado; y si no, es ya se lo decía el corazón al timado, que la cosita estaba fatal y, claro, a perro flaco todo se le vuelven pulgas.

Ignora el débil moral, quien recurre por desesperación a esta clase de vivales, que sus males son causados por su propia negatividad, y que lo que le diga el pillo ése y los ula-ula que eche, tanto le dan a la realidad. Es la propia superstición del débil moral el que le somete al suplicio. Debiera comprender que va a suceder lo que es posible que suceda, esto es, algo bueno, regular o malo, ni más ni menos, y que de ello tendrá más posibilidades de suceder aquello a lo que se permita que suceda. Ya conocen la Ley de Murphy: Si algo puede salir mal, saldrá mal. Por eso, lo que hay que hacer para tener buena suerte, es trabajársela impidiendo que sea mala, y la mejor manera de tener dinero, evitando dárselo a esa panda de golfos que ni siquiera están dados de alta como autónomos, no pagan impuestos, no facilitan facturas y no tienen responsabilidad alguna sobre los bárbaros daños que producen a los ignorantes o los desesperados que acuden a ellos por incompetencia moral o mental.

Mal está que el ciudadano requiera los servicios de estos vivales que como los parásitos se nutren de las desgracias o las angustias ajenas; pero que lo consienta el Estado es algo que no se entiende. Esta actividad debería estar reglamentada, como todas las demás, y, acaso, hacer un poco como aquellas sociedades que tanto respeto tenían a los hechiceros, a quienes les hacían correr la misma suerte de sus pacientes: si acertaban y se verificaba la salud y lo acertado de la profecía, premio; pero si el paciente moría o la profecía era falsa, a palmarla. No digo que se les fumigue a todos estos pillos ni nada de eso, pero sí que se les obligue por ley a darse de alta como trabajadores, a emitir facturas, pagar impuestos y dar certificados de sus predicciones por los oráculos emitidos, de modo que el consumidor pueda reclamar en el caso de que le hayan cobrado un servicio no prestado o que el oráculo y el oraculero hayan resultado ser el timo de la estampita.

Miren ustedes, cuando veo en la televisión el por lo común feísimo careto de hormigón de esos adivinos o adivinas, o cuando leo los asníficos reclamos con que desde algunas revistas invitan a los desesperados a acercarse a soltarles la pasta por cuatro sandeces mal dichas, y aún cuando en esos programas de desinformación contemplo cómo el pretendido moderador del… “misterio” pone cara de póquer cuando escucha la sandez que sabía de sobra que iba a escuchar porque estaba en el guión, es que me sube una sangre a la cabeza que para qué cuento. ¿Es que el promedio intelectual de mi país es tan chato que no da para más?... ¿Es que no se dan cuanta las autoridades de que esta panda de vivales está estafando en crudo a la ciudadanía en general, y especialmente a los más débiles o a los más jóvenes, quienes aún no tienen una idea exacta de qué clase de alimañas conforman lo que ellos creen el género humano?...

Así las cosas, no parece de recibo que el Ministerio de Trabajo se inhiba de participar en la reglamentación de este infame sector de vivales, los cuales parece ser que pueden arrugar el ombligo del personal sólo para vender más libros, tener más audiencia o hacer un llamado a los imbéciles sin capacidad de discriminación. No, no parece de recibo. Es más, tampoco parece de recibo que se inhiba el Ministerio de Justicia de modo que toda esta pandilla de vivales pueda vivir del cuento a costa de engañar y atemorizar a los demás, especialmente a los más débiles. ¿Qué quieren profetizar?..., estupendo, pero pagando y siendo verdad, y siempre con el debido recibo tanto de lo pronosticado como de lo cobrado; y si no, a galeras por timador. Verían cómo en el momento en que se hiciera la ley, la divinidad dejaría de desayunar con toda esta panda de vivales.

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