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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Con la pereza en el alma

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 6 de marzo de 2005, 23:59 h (CET)
Llevo unos cuantos días queriendo escribir sobre la pereza, uno de los siete pecados capitales que ya Santo Tomás dejó escritos para los cristianos. Quizás la culpa sea de la proximidad de unas fiestas que por mi tierra vamos a ir empalmando semana tras semana. Primero ha sido La Magdalena castellonera, después vendrán las fallas, sus ninots y sus tracas y petardos a toda hora para pasar a continuación al recogimiento de la Semana Santa. Ante este panorama uno no puede hacer nada más que pensar en la pereza. Al fin y al cabo es uno de los pecados capitales menos dañino para uno mismo y para quienes le rodean. La soberbia si no se consigue el puesto más alto deviene en depresión, la avaricia, ya se sabe, rompe el saco, la gula nos produce ardor de estomago, la lujuria pasados los treinta ya es tan sólo una ilusión, la envidia nos corroe el alma y la ira nos altera el ánimo. Así que quedémonos con la pereza, palabra derivada del latín pigritia y que según una de las definiciones del diccionario significa “Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”.

Ya Paul Lafargue, yerno de D. Carlos Marx, escribió hacia 1880 una de sus obras más conocidas, “El derecho a la pereza”, un panfleto, en el sentido de que nunca se le ha tomado como manual de marxismo, irónico y desenfadado donde habla de la consecución de la sociedad del tiempo libre y de la exaltación del placer. Los padres de la Iglesia en sus textos nos han venido enseñando que cada pecado capital tiene en su contra una virtud. Contra pereza diligencia decíamos cual loros en las clases de catecismo del colegio. Pero es hora ya de reivindicar el derecho a la pereza, que no deja de ser un derecho a la libertad e ir olvidando un poco la diligencia.

Cada día vivimos más estresados, con más prisas y sin apenas tiempo para disfrutar de los pequeños placeres que la vida tiene a bien otorgarnos de tarde en tarde. Es por ello interesante la aparición de libros como el escrito por Corinne Maier, una psicóloga francesa, titulado “Buenos días, pereza”. Ya desde el mismo título el libro es una burla del mundo empresarial donde según esta psicóloga nada vamos a sacar de provecho y en el que, para vivir bien, hemos de pasar lo más desapercibidos posible. El libro ha sido un éxito en ventas tanto en Francia como en los Estados Unidos. El arte del escaqueo o cómo no dar golpe en el trabajo podría haber sido el subtitulo de este libro que al estilo de esos manuales de autoayuda que hay en la sección de librería de los grandes almacenes pretende que seamos los mejores en todo. Para Corinne se trata de ser los mejores a la hora de trabajar sólo por lo que te pagan. De dejar sin plusvalías al capitalista empleador. Cosa harto difícil. Al final de libro aparecen diez consejos para intentar conseguirlo.

Reivindiquemos el derecho a la pereza, el derecho a disfrutar de nuestro tiempo libre y a que nadie nos engañe con señuelos. A la sociedad de mercado en la que vivimos le interesa tener consumidores. Los ciudadanos no le valen, hay que consumir cada día más y para ello nada mejor que enaltecer nuestro ego. Desde hace mucho tiempo muchas empresas llaman a sus trabajadores con el nombre de “colaboradores”, les reúnen con sus esposas en divertidas convenciones donde a ellas les hacen creer que sus esposos son importantes en la marcha de la empresa y en el PIB de la nación y así, de esta manera se aseguran fieles trabajadores, para el tiempo que a la empresa le interese, atados a una doble hipoteca: la del adosado con jardín y la de los bienes innecesarios que la sociedad de consumo va creando en las personas. Trabajemos, pero reinvidiquemos que, ahora que ya no se pare con dolor, “el sudor de la frente” para ganar el pan sea el mínimo.

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