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Escribir para matar al padre

Cualquier lector puede identificarse con Karl Ove Knausgard, que habla como hijo frustrado, padre frustrado, esposo frustrado, escritor frustrado. Pero mantiene una ventana a la esperanza, siempre hay una luz que se cuela por una rendija
Carlos Miguélez Monroy
viernes, 28 de abril de 2017, 00:02 h (CET)
La muerte del padre abre la puerta al mundo del escritor noruego Karl Ove Knausgard, pero el lector puede encontrar la entrada a su propio mundo por la riqueza con la que relata un terreno común a todos los seres humanos. Leerlo es adentrarse en el terreno de la infancia y de la adolescencia.

Se trata del primer tomo de Min Kamp (Mi lucha), la obra autobiográfica que le ha valido todo tipo de críticas, problemas familiares e incluso amenazas tras desnudar su infancia, su adolescencia y su vida como escritor, pero también a todo su entorno familiar.

Al hablar de sí mismo da voz a una generación de jóvenes noruegos y de muchas partes del mundo occidental, identificados con la música, el fútbol y otras manifestaciones de cultura pop. Cualquier lector puede conectar con el mundo de su propio niño o adolescente al leer descripciones de paisajes noruegos que nunca ha pisado o de situaciones personales ajenas. Knausgard las cuenta de una forma íntima que pertenece al terreno mágico de los recuerdos. Escribe como adulto pero con la mirada del niño y del adolescente que aún miran con asombro un mundo que parece tener posibilidades infinitas.

La muerte del padre ya deja ver la orfandad que puede suponer tener un padre con el que cuesta trabajo entablar una conversación y al que se le tiene pavor, aunque profundiza en este terror en La isla de la infancia, el tercer tomo de su obra, seguido de Bailando en la oscuridad, sobre los comienzos de su vocación literaria y su vida adolescente, y por otros tomos aún no traducidos al español.

La muerte del padre trata en realidad de otra desintegración, la del propio padre, omnipresente en su infancia con una personalidad arrolladora que los amedrentaba a él y a su hermano Yngve, alcohólico perdido hacia el final de sus días en casa de su anciana madre, alcohólica también, durmiendo en sus propios desechos. Aunque apenas se relacionara con el padre en los últimos años, se produce un desgarro interno cuando Karl Ove se entera de su muerte y tiene que encargarse, junto con su hermano, del funeral. Se produce el mismo desgarro que le provocaban los ataques de ira del hombre o sus constantes manifestaciones de decepción durante toda su infancia cuando se convierte en certeza su desaparición del mundo físico.

La preparación de ese funeral sumerge a la familia en los infiernos del padre cuando Karl Ove se impone a su hermano en la decisión de celebrarlo en la casa de la abuela, donde ha pasado los últimos años de su vida. Le obsesiona reparar el desastre de su padre.

Esto los obliga a pasarse días limpiando la casa en presencia de la abuela, que repite el mismo chiste una y otra vez, que tiene la mirada oscurecida y perdida, que mira el vacío, que de pronto “desconoce a las personas” y, al siguiente instante, se comporta como toda la vida.

Al igual que en los otros tomos, Knausgard plasma en su literatura un flujo de conciencia como el que empleaba Virginia Woolf. Los lugares, olores y sensaciones que describe se relacionan con estados de ánimo en distintos momentos de su vida. Son constantes los saltos temporales que llevan de una idea a otra. Ese flujo de conciencia tan descriptivo está lleno de recuerdos felices y de pensamientos transgresores no sólo por su contenido, sino por el atrevimiento de exponerlos en contra de opiniones corrientes y de lo “políticamente correcto”.

Habla como hijo, padre, esposo y escritor frustrado. Pero mantiene una ventana a la esperanza, siempre hay una luz que se cuela por una rendija. Desde niño, Knausgard se fabricó un mundo para escapar del que le imponía su padre, que una vez habló del suicidio. ¿Quizá proféticamente?

Una muerte lenta que se alimenta del alcohol puede interpretarse como una forma de dejarse matar. Quizá fuera esto lo que a Knausgard le produjera el desgarro de tantos llantos incontrolables días después de la muerte de su padre.
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