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Etiquetas:   El Consueta   -   Sección:   Opinión

La campanada de Madrid

Félix Población
Redacción
domingo, 6 de marzo de 2005, 23:59 h (CET)
Ya está ahí la programación conmemorativa del 11-M, con las asociaciones de víctimas en disenso y el Partido Popular esquinado ante los acuerdos de la mayoría. La fecha se las trae y no debería ser motivo de suspicacias políticas ni sectarismos ideológicos, pero a la parroquia ibérica le van las divergencias hasta en los asuntos más gordos y de más sensible recordación. El espejo retrospectivo de la Historia lo ilustra a destajo y sin presunciones de enmienda.

A los afectados por el 11-M les ha parecido muy mal que el gobierno de la Comunidad de Madrid haya decidido tocar las campanas a la misma hora de la masacre. Se supone que el tañido acordado desde las torres de las 650 iglesias de la región es reprobable por su confesional pertinencia, ajena a un cierto número de las víctimas fallecidas. Lo confirman más de doce siglos dando voz a los cultos de la iglesia de Roma.

Sobre las campanas existe una copiosa y brillante literatura no exenta de sugestivo arraigo en la memoria popular. Con las campanas crecieron en altura y vigor las torres de las catedrales a medida que el eco de sus badajos ganó credencial de fe y horizontes en la órbita cristiana. Llamadas trompetas de Dios, su sentido y su son representaban para los creyentes, en el verbo entusiasta de sus apologistas, una convocatoria al pie de los altares para romper fuego contra el demonio.

Con campanas o sin ellas, por mucho que se incida desde las instancias oficiales en rememorar la fecha de la tragedia, mal ejemplo de avenimiento se está dando, en evitación del satánico terrorismo que la propició, si los políticos abusan de los muertos para sus estrategias partidistas y los familiares y amigos de los ausentes se dejan.

Por eso quizá sea lo más coherente que las víctimas decidan faltar a las ceremonias conmemorativas de la fecha vaciándolas de su sentido presencial, el más necesario. Lo avala su sentimiento, al que todo biennacido debe acompañar. Lo demás acaso se quede sólo en espectáculo, mediático o político.

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