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Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

'Clamor latente'

F.L. Chivite
Redacción
domingo, 6 de marzo de 2005, 23:59 h (CET)
Cuando yo era joven, la palabra poder sonaba mal. El poder era por definición hermético y terrible. Lejano al ciudadano. Algo complicado e invisible que se situaba por encima y ejercía su control desde arriba. Invisibilidad, intriga y control eran las palabras que se asociaban al poder. Incluso en los países llamados democráticos. A mediados de los sesenta surge un espíritu de reacción contra el poder y se extiende una actitud de rebeldía y protesta muy necesaria. Muchos de los que por aquel entonces empezábamos a abrir los ojos y a coger aire hemos heredado una muy saludable desconfianza sistemática hacia todo tipo de poder. Y en consecuencia, también hacia quienes lo ostentan. Sobre todo cuando se instalan a sus anchas.

Cuando se perpetúan y acaban convenciéndose de que el poder les pertenece y no van a perderlo. Porque (así sigo creyéndolo, perdónenme), el poder se acomoda, se malea, se enrosca, penetra en zonas oscuras, establece vínculos secretos, anhela su propio beneficio y tiene vocación de eternizarse. ¿Quizá exagero? El poder ha de estar siempre en cuestión. Y quienes lo ostentan no deberían sentirse del todo cómodos en él. La demasiada relajación en los puestos públicos (y más, cuanto más próximos se hallen a las obras públicas) se acaba notando. Además, es hasta cierto punto habitual que en el aire enrarecido de las altas esferas se produzcan trastornos perceptivos: pérdida de visión de los límites y alucinaciones por exceso de entusiasmo. Hay, ¿cómo diría?, una especie de tenue sospecha generalizada (que suele evolucionar hacia un vago consentimiento) de que eso sea así. Es decir, que nos acostumbramos a aceptar que el poder se engolfe y se enfangue, como si eso fuera lo normal. Como si tendiera inevitablemente a corromperse. Por su propia naturaleza. Pero desde luego también por su cercanía a los grandes negocios. Una cercanía que tiene que resultar muy turbadora porque, como todo el mundo sabe, el dinero exhala un olor que marea. El olor del dinero es la tentación del poderoso. Y a veces su perdición. Ejemplos nunca faltan. El hecho de que una y otra vez se caiga en lo mismo, en la intriga, en la trama, denota que éste es un virus difícil de erradicar. Por supuesto que existe ese 'clamor latente' al que se refería Maragall. Esa sospecha. Existe en todas las comunidades, aunque en algunas permanece más latente que en otras. Pero el hecho de que habitualmente no se pase de ahí, del mero rumor más o menos susurrado, hace pensar en la existencia de una connivencia muy perniciosa entre los políticos profesionales, que hacen como que saben sin querer ser claros, y hacen como que no están seguros para que no pase nada.

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