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Sobre el debate del estado de la nación
Los parlamentarios dan la impresión de que se encuentran encerrados en el palacio de San Jerónimo enzarzados en un diálogo de sordos
A fecha de hoy, celebrar un debate sobre el estado de la nación es como hablar al aire libre de la lluvia en medio del más copioso aguacero. Es malo. Tanto el estado de la nación como su debate, así como exponerse a la lluvia a cuerpo gentil. Casi mejor no hablar de ello. No es recomendable mentar a la bicha. Los parlamentarios dan la impresión de que se encuentran encerrados en el palacio de San Jerónimo enzarzados en un diálogo de sordos.
Uno pretendiendo convencerse a sí mismo de la bondad de sus políticas y el otro intentando hacerse a la idea de que alguna vez será presidente, y lo reclama por anticipado, como el bebé la teta a su madre; pero sólo la madre sabe cuándo ha de darle la teta a su hijo, y no caerá jamás en la tentación de ceder al chantaje emocional de los llantos insensatos de un mocoso al que aún no le han salido los dientes, que ya se sabe que una claudicación es la primera de la serie.
La escena de nuestros ya demasiado vistos dirigentes enzarzados en ese estéril intercambio de lindezas, encerrados con el solo juguete de nuestra secuestrada soberanía, también me recuerda a la película Cayo Largo. Qué espesa se hacía la atmósfera en aquel hotel húmedo, habitado únicamente por la banda de malhechores comandados por el villano Edward G. Robinson y el solitario héroe Humphrey Bogart que, abrazado a la misma encarnación del deseo (Lauren Bacall), buscaba febril el momento de deshacerse de aquella indeseable compañía de matones.
Qué poco tiene que ver Mariano Rajoy con Edward G. Robinson, qué poco Zapatero con Humphrey Bogart... Y con quién podríamos comparar a Lauren Bacall. Por primera vez me doy cuenta de hasta qué punto la Cámara Baja hace honor a su nombre. Casi mejor, hablemos de la lluvia (que no viene nada mal en estas tórridas fechas).
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