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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

¿Menos paro? Más precariedad

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
viernes, 4 de marzo de 2005, 23:32 h (CET)
El Ministerio de Trabajo nos dice que cada día tenemos menos desempleados. Lo fundamenta en el registro de las oficinas del INEM. Hace números y análisis. Da la sensación que, en España, resulta fácil conseguir un puesto de trabajo. Omite formas y circunstancias. Por ejemplo, el masivo papeleo burocrático que nos piden para inscribirnos. Por cualquier despiste, te borran de la lista. Tampoco nada se comenta de la riada de contratos temporales que se hacen, contratos basura, y que acrecientan en falso el empleo. Eso es pan para hoy y hambre para mañana. Ni del abuso a trabajadores con temporalidades sucesivas, cesiones ilegales mediante contratas - subcontratas y demás improperios deleznables.

La autocomplacencia de gobiernos y la pasividad de las fuerzas sociales, hace pensar que el mercado de trabajo es boyante. Sin embargo, la realidad es bien contraria, a lo que se nos pinta. Hay una total desprotección en ciertos trabajos de economía sumergida a los que no se les presta atención alguna y que afecta, sobre todo, a jóvenes, mujeres e inmigrantes. Cuesta entender que los sindicatos estén callados, no se manifiesten, hablen claro y defiendan a la clase obrera, marginada hasta la saciedad, puesto que el deterioro de las condiciones de trabajo es bien palpable.

Detrás del aluvión de los contratos basura, que alguien debiera hacer algo porque se cumplan unos límites básicos, están los bajos salarios, más ínfimos no pueden ser, hipotecados hasta el tuétano para poder pagar una vivienda medio digna. Todo este cúmulo de despropósitos, hace que las familias no vivan, sino malvivan, y fruto de una permanente inseguridad, tengan depresiones a montón. Las diferencias salariales son cada vez mayores, de vergüenza. El pobre cada vez es más pobre y ha de depender más de los bancos si quiere sobrevivir, mientras el rico cada vez es un mucho más rico. Los horarios laborales se imponen en función de la productividad. Cada día son más los empresarios que no admiten propuestas, les importa un pimiento el trabajador. Una consecuencia de este deterioro de pérdida de derechos por parte de la clase obrera, con los consabidos nerviosismos, es la alarmante siniestralidad laboral que estamos viviendo en los últimos tiempos. Han de morir obreros para que algunos empresarios vayan a la cárcel.

El bochornoso sistema actual capitalista es una losa que nos aplasta. Todavía hoy sigue ejerciendo una gran influencia dominante. Todo lo puede, hasta el punto de robar valores propios de la cultura obrera, que nunca deben perderse, como es la solidaridad con el compañero, la justicia equitativa, la igualdad entre trabajadores, lo que genera que nadie confíe en nadie. Añadido a lo anterior, la familia obrera, tiene menos prestaciones sociales en servicios públicos básicos, hecho motivado por las continuas privatizaciones, por la reducción de presupuestos aunque aumenten las ventanillas con apellido social. Están ahogadas. No tienen presupuesto para tantas necesidades. Que se lo digan a Cáritas, acorralada de peticiones en busca de ayuda. Hemos puesto lo productivo por encima de la persona humana, y a la persona la hemos desterrado sino produce. A los parados le damos migajas: o las tomas o las dejas. El trabajo como derecho y deber está muy bien, pero habría que poner mayo tino en su defensa y en la promoción de la vida en el trabajo, porque a juzgar por la cantidad de obreros que tienen que tomar pastillas para tranquilizarse y poder acudir a trabajar, se podría decir que mediante el trabajo el ser humano en vez de hacerse más humano, se hace más inhumano, por las borracheras de brutalidad que soporta y aguanta.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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