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Etiquetas:   El Consueta   -   Sección:   Opinión

Los niños pobres de aquí

Félix Población
Redacción
viernes, 4 de marzo de 2005, 23:32 h (CET)
Me ha parecido coherente con su línea de pensamiento el discurso de Zapatero en París. Frente al atlantismo del que hizo gala y patria Aznar para ganarse una medalla en USA ante una audiencia de claque, don José Luis ha resaltado ante la Asamblea francesa los valores europeistas de la Revolución de 1789. El mensaje, a tono con sus ideas, satisfizo sin duda el resabio chauvinista de sus distinguidos oyentes.

Presentó Zapatero en la dulce Francia a una nación diversa en su unidad, por más que se le reprochen blanduras o concesiones con las ínfulas más o menos soberanistas de la periferia tripartita. También se reafirmó en la modernidad de un país próspero comprometido con la paz como basamento de su conducta cívica. Más que nada porque por esto último, sobre todo, estaba allí como presidente del gobierno de España.

Esa prosperidad y equiparación con la Europa avanzada tiene sin embargo sus sombras de duda y el señor Zapatero también está donde está para despejarlas en lo posible. Ayer mismo las dejaron asomar las estadísticas con ese millón y pico de niños que viven en nuestro país en situación de pobreza relativa, calificativo que se sustituye por el de severa entre más de doscientos mil menores según datos de Cruz Roja. Frente a naciones como Dinamarca o Finlandia, que no llegan al 3 por ciento en el primer indicador, el de España supera el 13.

Lo más grave del informe no radica en ese solo guarismo, sino en el que refleja el incremento en un 2,7 por ciento del mismo durante la década de los noventa. Para explicarlo no hay más razón que la roñosa política social aplicada al gasto público en ese tipo de prestaciones, incluidas las que se deben a las familias más desfavorecidas.

Al actual gobierno socialista lo acosan en la vigente legislatura serios y delicados asuntos territoriales. Tan es así que, como ha ocurrido con el barrio del Carmel en Barcelona, la alta política estatutaria llega a suplir en preeminencia las necesidades y derechos de un vecindario contra el que se ha cometido una auténtica tropelía.

Sería deplorable que lo mucho por subsanar en política social, tras esa década infecunda que el incremento de la pobreza infantil denuncia por sí sola, quedara a expensas de la mayor o menor condescendencia con los nacionalistas de uno u otro signo. Sobre todo porque la configuración de la unidad de España en su diversidad autonómica sólo admite reformas, no rupturas. Mucho menos si éstas se derivan del fraude, el chantaje o la coacción.

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