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Opinión
Etiquetas:   El Consueta  

La vergüenza del Carmel

Félix Población
Redacción
miércoles, 2 de marzo de 2005, 00:58 h (CET)
Lo ha dicho Pilar Rahola en un excelente artículo publicado el domingo en El Periódico: El gran agujero del Carmel se puede convertir en un gran socavón en el centro mismo de nuestra vergüenza colectiva. El bache afectaría a 22 años de gobierno nacionalista, puesto bajo sospecha de corrupción tras las graves imputaciones de Maragall a cuenta del 3 por ciento, y al porvenir del nuevo Estatut de Cataluña, tal como Artur Mas le recordó a don Pascual con cicatero talante de mercader.

El barrio damnificado no estaba para semejantes alardes de turbio politiqueo. Un millar de vecinos aguardaban respuesta a su zozobra y se encontraron con el nada edificante espectáculo de comprobar que lo suyo quedaba al margen. Lo que anotó la actualidad al día siguiente del debate en el Parlament no fue la justa y necesaria búsqueda de responsabilidades, saldadas con un par de ceses de poca enjundia. Los titulares más bien glosaron un gran salpicón de mierda.

La actitud de los políticos en circunstancias como la que se comenta no sólo prueba su distanciamiento de la realidad, sino su apegamiento y dependencia del poder por encima de graves y trascendentales irregularidades o ineptitudes. Los que lo ocuparon no admiten débitos de esa monta y los que lo ocupan se niegan a asumir los que les toca. Quizá por eso una buena salpicadura de lodo que todo lo confunda pueda ser lo más conveniente para que unos y otros se salgan de rositas.

Es muy posible que así venga el nuevo Estatut y todos confraternicen a la postre con el espíritu más o menos nacionalista de incrementado autogobierno que a la mayoría sacia. Pero de lo que quedará constancia, si al millar de vecinos del Carmel no se les presentan culpables de su desdicha y justa reparación por el atentado cometido contra sus más elementales derechos, es de la vergüenza colectiva que para Cataluña representan unas instituciones incapaces de depurar sus culpas.

A la vergüenza se le debe añadir el riesgo de paréntesis que para las instituciones democráticas supone su cuestionamiento por parte de la ciudadanía.

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