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Muerte de un ciclista

Ángel Esteban
Redacción
jueves, 3 de marzo de 2005, 12:59 h (CET)
Guillermo Cabrera Infante era un ciclista, de los que hacen piruetas en la cuerda floja abriendo los brazos. Hace poco vi por la calle a un ciclista que mientras pedaleaba 'nel bel mezzo de la strada' iba leyendo una revista. Y lo curioso es que no sólo no perdía el equilibrio, sino que atendía perfectamente a los pasos de cebra y los semáforos. Guillermo Cabrera Infante hacía lo mismo con las palabras. Montaba su bicicleta y sorteaba todos los obstáculos para conseguir el equilibrio perfecto. Un lenguaje humorístico, típicamente cubano, henchido de dobles sentidos. En sus novelas, lo de menos era el argumento. En cada línea tenías la sensación de estar ante uno de los mejores ingenios del lenguaje de nuestro siglo, con una capacidad desorbitada y exagerada para expandir las posibilidades de la lengua y hacer de ella un territorio libre, pleno de sentido común y sentido del humor.

Sin embargo, su fisonomía literaria contrastaba con la física. Las fotografías del cubano siempre nos lo muestran como un hombre grave, serio, con cara de cárcel y un puro en la boca. La primera vez que estuve en su casa londinense, en Glocester Road, después de entrevistarle durante tres horas le pedí que se hiciera una fotografía conmigo, y me contestó a bocajarro: «Pídeme lo que quieras menos que sonría». Para mí, era muy evidente que el gesto rectilíneo con que me lo decía nada tenía que ver con la situación desenfadada, cómplice y hasta amable que se había creado desde que su esposa, Miriam, me abriera la puerta del apartamento.

Los títulos de sus obras definen toda su poética. 'Tres tristes tigres', su novela más famosa, nada tiene que ver con el número tres, ni aparece ningún tigre ni hay discurso alguno sobre la tristeza. Se trata simplemente de un trabalenguas, que simboliza lo que va a ocurrir en toda la narración: un derroche de energía verbal, de gracia cubana, de vitalismo caribeño abierto a las posibilidades jocosas de nuestro idioma, y a las situaciones más inverosímiles en la vida cotidiana de las clases populares habaneras. Habana para un infante difunto juega con el título de la famosa Pavana y el nombre de la ciudad perdida por causa del exilio, en la que el niño, doblemente infante, se presenta como un difunto, es decir, el muchacho que ha perdido su pasado, ligado a La Habana, desde una Europa que se le queda muy lejos, y en la que rememora inútilmente los años felices. Infante y difunto vienen a ser la misma realidad, de ahí el parecido en la pronunciación.

De sus últimas obras destaco tres, que se identifican con sus constantes obsesiones: 'Puro humo', que en inglés se tradujo como Holy Smoke, con lo cual perdía toda la carga de significación -el doble sentido- que tiene la palabra 'puro' en español. Cabrera Infante era un consumado fumador, y un entendido en materia de puros, habanos por supuesto. La segunda de las obras es 'Cine o sardina', relacionada con el interés del cubano por el séptimo arte. Desde muy pequeño solía asistir a todas las sesiones que podía, en la Cuba interior de los cuarenta, y su madre, dada la extrema pobreza de la familia, daba a elegir a los hijos entre ir al cine o cenar. Es evidente que Guillermo se iba a la cama muchas noches sin haber probado bocado. En los últimos años, según me comentaba, veía hasta tres películas diarias, por la noche, y se acostaba hacia las seis de la mañana. Una de las últimas obras que realizó fue un guión para una película que va a protagonizar Andy García, algo de lo que ya hablaba hace unos años.

La tercera obra, de más calado, es 'Mea Cuba'. En este ensayo, Guillermo vomitaba todas las reflexiones acerca de su isla, todos los sentimientos de impotencia frente a la obra mefistofélica del gran artífice de la ignominia: Fidel Castro. Mea culpa entona el cristiano, arrepentido de sus pecados. El cubano entona el Mea Cuba, porque el único sentido que le inspira la dictadura castrista es el de mearse en su propio país. Es una pena que los intelectuales que luchan por la libertad tengan que llegar a esos extremos. Cabrera Infante, que tanto quiso a su patria, tuvo que morir lejos de ella, en un hospital de un continente que cada vez era más suyo, pero no por voluntad propia. De nada sirvieron sus quejas. Al menos para él. Nosotros, desde nuestra cómoda posición de supervivientes, podemos decir que todo el inmenso material escrito por el cubano en pro de la democracia y la libertad de Cuba, tiene un enorme sentido, y que dará su fruto el algún momento. Él, sin embrago, desde su fría mortaja europea, ya no podrá luchar más. Si la muerte de un gran amigo me apena porque no está con nosotros, más me apena porque no ha podido, finalmente, cumplir su sueño: volver a Cuba. Y lo peor de todo, con diferencia, no es tanto esa muerte y esa pena, sino la constatación de que, todavía hoy, ese señor que gobierna la isla sigue siendo dueño, en parte, de la vida y de la muerte de sus habitantes, y de los que no lo son, porque han optado por el camino más difícil, y que a nadie le deseo: el del exilio.

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