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Crucifijo, cacerolada y violencia policial
Llovieron porras
Las plazas de diversas ciudades españolas llevaban semanas tomadas por los denominados “indignados” mientras los indignos se preparaban para volver a asentar sus posaderas en las poltronas municipales y autonómicas. Jóvenes y menos jóvenes, señoras que aprovechaban la visita al mercado para acudir a mostrar su solidaridad con los acampados, gentes con corbata y también descorbatados, cabezas que acababan de pasar por la peluquería y testas coronadas por rastas, estudiantes y obreros en paro, jubilados y representantes de esa llamada generación perdida que anda buscando con pocas esperanzas su primer trabajo, personas de toda clase y pelaje decidieron antes de las elecciones que había que dar un metafórico puñetazo encima de todas las mesas del poder y mostrar de una vez por todas el grito y la protesta de tantos como están, estamos, hartos de muchos de los actuales políticos.
El espacio urbano se convirtió en ágora ciudadana en la que cada cual con total libertad podía expresar su opinión, y en las asambleas se escuchaban propuestas que nadie podía tildar de descabelladas y mucho menos de bolcheviques como las han motejado desde los medios de comunicación de la Brunete mediática desde donde durante estas semanas han dedicado todos sus esfuerzos a descalificar ante la opinión pública a aquellos que de manera pacifica han estado mostrando su disconformidad con una determinada manera de hacer política. Desde “perro flautas” hasta “piojosos” una larga serie de calificativos han sido utilizados por la derechona de siempre para motejar a quienes se reunían en las plazas públicas para debatir los problemas que diariamente a todos nos atañen. Jabón y porras era el lema de comunicadores y tertulianos de los programas más extremistas de la carcunda que todavía anida entre nosotros.
Pero la autoridad competente hacía caso omiso a los cantos de sirena que la derecha le lanzaba un día si y otro también y los guardias de la porra se limitaban a mirar hasta que Felip Puig, Conseller d’Interior de la Generalitat de Catalunya, decidió que había que aplicar la política de jabón y porras a los que llevaban días acampados en la Plaza de Catalunya y mandó a los mossos d’esquadra para que se preocuparan de la salubridad y limpieza de la principal ágora barcelonesa. El jabón se lo dejaron en los furgones policiales pero las porras pronto salieron a relucir y la batalla campal pronto se instaló en el centro de Barcelona. Más de un centenar de heridos fue el resultado de intentar limpiar una plaza que nunca había estado más cuidada.
Y como Valencia siempre ha tenido una sana envidia de todo lo que ocurre en Catalunya y debido a que desde la derecha siempre se ha dicho que los catalanes nos quieren quitar desde la paella al Virgo de Visanteta los mandamases de Valencia decidieron que los valencianos no íbamos a ser menos que los catalanes y decidieron que, aunque no tenemos policía autonómica, también tenían que sacar a pasear las porras policiales. Y eligieron para hacerlo el día en que Francisco Camps, a la cabeza de una decena de imputados, tomaba posesión de la Presidencia de las Corts valencianas. Con una nimia excusa, según lo visto en los vídeos, una pareja de “azules”, antes “grises”, cargaron expeditivamente contra una señora que nada tenía que ver con los que protestaban ante tanto presunto delincuente sentado en el hemiciclo. Y se lió otra batalla campal, nada ya teníamos que envidiar a los catalanes, nosotros también tenemos guardias que sacan a pasear sus defensas, así es como se llaman esas porras que dejan moratones en brazos y espalda y abren brechas en las cabezas.
Mientras en la calle los ciudadanos eran apaleados, y algunos detenidos, en el interior del hemiciclo tenía lugar un sainete propio de Arniches con Cotino, nuevo President de las Corts, como principal protagonista. En esto ganamos a los catalanes, ellos tienen en su Govern un ala democristiana representada por Unió pero nosotros tenemos al propio Opus Dei metido hasta las cachas en la manera de hacer política de los gobernantes valencianos, Cotino, supongo que encomendándose a Dios y no a Satán se sacó de la manga un crucifijo y lo puso sobre la mesa presidencial para que los diputados juraran o prometieran su cargo bajo la atenta mirada del Crucificado y recordaran siempre ese apocalíptico “timete Deum et date illia honorem” que desde una filacteria aureola la imagen de San Vicente Ferrer, milagrero santo muy venerado en tierras valencianas.
Si no recuerdo mal vivimos en un Estado no confesional y la verdad es que no se que puñetas pinta un crucifijo en el hemiciclo, debe ser una fijación infantil de Cotino que el día menos pensado nos puede sorprender colocando al lado de la cruz las fotos de Franco y José Antonio que adornaban las aulas de su época escolar y a los que debe añorar. Con su proceder el President de las Corts ofendió a diversos diputados que no comulgan, y nunca mejor dicho lo de no comulgar, con sus ideales cristianos. Se supone que representa a todos los valencianos y no sólo a aquellos que han votado a su partido, por tanto que se deje el crucifijo en casa o en su despacho, como parece que ya ha hecho, y sea más respetuoso con el pensamiento de los demás.
Las cacerolas sonaban en la calle, han seguido sonando también en la toma de posesión de Rita Barberá y seguirán sonando aunque las plazas se vacíen poco a poco pero el espíritu de revuelta de todos los que las llenaron seguirá vivo con la esperanza de que la manera de hacer política cambie a mejor. Al personal ya no le basta con votar cada cierto tiempo también quiere que se le consulte y que, con su voto, aquellos a quienes confió el negociado público no tomen decisiones que vayan contra el interés general.
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