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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · Robert J. Samuelson
La América a la defensiva frente a las dificultades


Harán falta muchos años para recuperar algo comparable a la prosperidad pre-crisis


Robert J. Samuelson Robert J. Samuelson
sábado, 11 de junio de 2011, 17:36
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WASHINGTON - Es un cliché - pero un cliché correcto - que un enorme obstáculo a la recuperación económica más firme es la ausencia de confianza en una recuperación económica firme. Si consumidores y empresas se sintieran más seguros, consumirían, contratarían y se prestaría más relajadamente. Hasta una ligerísima relajación surtiría milagros sobre la naturaleza mediocre de la dilatación, subrayada por la escasa mejora del dato del empleo de mayo en 54.000 puestos de trabajo. En lugar de eso, nos inundan las informaciones que sugieren que, al ser tan acusada la recesión, harán falta muchos años para recuperar algo comparable a la prosperidad pre-crisis.

Justo la semana pasada, por ejemplo, el Instituto Global McKinsey, brazo académico de la consultora, difundía un estudio que calcula que al país le harán falta 21 millones de puestos de trabajo más antes de 2020 para bajar la tasa de paro al 5%. El estudio era escéptico con que fuera a suceder esto. ¡Bah! El pesimismo y el crecimiento lento se convierten en un círculo vicioso.

La maltratada confianza plasma de la forma más evidente la ferocidad y la sorpresa del colapso económico y la consiguiente recesión, incluyendo el devastador desplome inmobiliario. Pero existe otra causa menos valorada: el desengaño con la economía moderna.

Sin darse cuenta probablemente, la mayoría de los estadounidenses habían aceptado las promesas fundamentales de la teoría económica contemporánea. Éstas eran: en primer lugar, sabemos lo suficiente para impedir otra Gran Depresión; en segundo lugar, aunque no podemos impedir todas las recesiones, sabemos lo suficiente para garantizar las recuperaciones sostenidas en el tiempo y, en general, las recuperaciones fuertes. Estos postulados, suscritos por la mayor parte de los economistas, se habían convertido sin ayuda ni nadie en el criterio cognitivo de la sociedad.

Suscribirlos no excluye las decepciones económicas, los reveses, los temores o los riesgos. Pero para la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, sí excluyen la catástrofe económica. La población se sentía protegida. Si se deja de creer en ellos, entonces se actúa de forma distinta. Se empieza protegiéndose, lo mejor que se puede, de las circunstancias y los peligros que no se pueden prever pero que se teme que aguarden ahí fuera.

Uno se vuelve más cauto. Se duda antes de asumir un compromiso importante -- adquirir una casa o un vehículo, si usted es consumidor; ampliar la plantilla, si usted es empresario; abrir un negocio nuevo, si es un emprendedor; o extender préstamos si es banquero. Casi todo el mundo está a la defensiva en algún sentido.

Los modelos económicos, basados en antiguas relaciones y valoraciones, no plasman el cambio, que encarna creencias y premisas nuevas. Por supuesto, la mayoría de los estadounidenses no ha rechazado tajantemente las promesas de la teoría económica moderna. Tampoco las suscribían conscientemente antes. Los juicios se apoyaban en la intuición. La gente cotejaba simplemente las promesas con las pruebas. Desde la década de los 80, las recesiones venían siendo breves y benignas; la teoría económica moderna venía garantizando la estabilidad ordinaria. Ahora eso ha dejado de ser válido.

Posturas y comportamientos cambian. Un dato preocupante salido del informe de la consultora McKinsey es el siguiente: la cifra de empresas creadas, fuente tradicional de puestos de trabajo, descendió un 23% en 2010 con respecto a 2007; el nivel es el más bajo desde 1983, cuando América tenía alrededor de 75 millones de habitantes menos. Las grandes multinacionales son estiradas. Disponen de alrededor de 2 billones de liquidez y valores en sus balances, que se podrían utilizar para ampliar plantillas e invertir en productos nuevos. En tanto, la Encuesta del Consumidor más reciente de la Universidad de Michigan recoge que "cifras récord... consideran que sus sueldos perderán con respecto a la inflación durante los próximos cinco años". Observe: no esperan una inflación elevada tanto como un lento crecimiento de la renta.

No es que la economía no lograra nada. Las medidas de urgencia implantadas a toda prisa ante la crisis en muchos países -- tipos excepcionalmente bajos, baterías "de estímulo" de gasto público extraordinario y bajadas tributarias -- probablemente evitaran otra Depresión. Pero también es cierto que no hay ya consenso entre los economistas a efectos de cómo fortalecer la recuperación. Los hay, como el columnista del New York Times Paul Krugman de Princeton por ejemplo, partidarios de baterías agresivas de estímulo. Otros, Martin Feldstein de Harvard en el Wall Street Journal la semana pasada por ejemplo, quieren reducir el déficit presupuestario a largo plazo siguiendo la teoría de que hacerlo mejorará la confianza.

Los economistas sufren lo que uno de ellos (Ricardo Caballero, del Instituto Tecnológico de Massachusetts) llama "el síndrome de la apariencia de saber lo que dices". Actúan como si entendieran más de lo que entienden y dan por sentado que sus políticas, sean de izquierdas o de derechas, acarrean beneficios más seguros de los que verdaderamente conllevan. Vale la pena recordar que la presente desaceleración de la recuperación está teniendo lugar a pesar de las medidas adoptadas para acelerarla: el recorte de dos enteros porcentuales en las retenciones de las nóminas; y la segunda oleada del programa de flexibilización cuantitativa QE2 de la Reserva Federal (es decir, la compra de 600.000 millones de dólares en deuda soberana).

De manera que los economistas modernos han visto una caída en su cotización y ahora la opinión pública desconfía. El desencanto alimenta una confianza obstinadamente baja. Al ser la psicología tan importante, la buena noticia es que si la economía sorprende al alza, el impulso a la confianza podría acelerar la recuperación. La mala noticia es que si la recuperación sigue decepcionando, la liquidación del pensamiento económico convencional se generalizará. El vacío intelectual resultante hará surgir formalmente nuevas ideas. Las habrá buenas, pero otras -- aunque atractivas superficialmente -- serán descabelladas o extremas.

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