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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Vinculaciones caprichosas


La situación de los docentes es preocupante por el incremento de las agresiones sufridas


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
sábado, 11 de junio de 2011, 17:22
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La numerosa generación de organizaciones para cada sector de la sociedad, con sus particularidades específicas muy cuidadas, contribuye a la difuminación de las características personales como de un sujeto concreto. Como si la persona estuviera compuesta por la suma de trozos; los fragmentos procedentes de aquellas estructuras organizadas, se suman para la definición del sujeto en cuestión. Sería portador simultáneo de, una porción de partido político, determinada religiosidad, familia, lugar de residencia, ligazón laboral, prácticas de ocio, etc. El abuso de esta tendencia tiene dos repercusiones sobre los individuos, les desconcierta y los anula; con una deriva peligrosa, no se sienten implicados en las consecuencias de sus labores, no van con ellos. Se provoca así la ABDICACIÓN, en lo referente a cualquier grado de responsabilidad por los actos ejecutados. La reclamación se dirimirá entre las diferentes estructuras sociales, el sujeto quedó al margen. Los sectores sociales serán los únicos entes significativos.

La situación de los docentes es preocupante en los diferentes países, no ya por las dificultades inherentes a su labor pedagógica, sino por el incremento de las agresiones sufridas; van desde la desconsideración al maltrato físico por parte de alumnos y padres. Dicha conflictividad también se extiende entre los propios alumnos, con una precocidad que asusta y con una crueldad imprevista. ¿Son mero reflejo de la crispación social en general? Se trata de una tendencia contrastada, de alcances peligrosos. Escuchamos a diario noticias tristes en este sentido. A su vez, en los medios de comunicación se airean opiniones encontradas, denuncias y panorámicas de la VIOLENCIA ESCOLAR. Me sorprende la alusión repetitiva a la modificación de las leyes, titulación del profesorado o encrespadas discusiones; sobre todo, porque reflejan aquella abdicación que comentaba al principio con respecto a la implicación personal exigible. La consejería correspondiente, los psicólogos, la policía; en definitiva, los representantes institucionales como responsables, las quejas dirigidas a la organización. Del agresor y su entorno se habla poco, la responsabilidad personal no puede ser el último eslabón de la consideración. Se difuminaron los agresores y sus padres en el conjunto de la deliberación. La abdicación de dichos sujetos añade una segunda parte menospreciada, el cultivo previo de los valores sociales; predomina el libertinaje prepotente. Con esas actitudes no será posible esperar mejoras sustanciales.

La crisis socio-política actual no se limita a los derroteros económicos, las diversas corruptelas se encargaron del desprestigio de los funcionamientos estructurales. Por diversos panoramas, apuntan los comportamientos frustrantes, de viejo y nuevo cuño. Suelen comportar un factor común a todos ellos, el desdén con que tratan al ciudadano medio, se sirven de él ignominiosamente. Si sumamos la crisis a estas actitudes desaprensivas, el resultado aboca a la insatisfacción progresiva. Las manifestaciones de los INDIGNADOS expresan con mucha vehemencia el sentimiento íntimo de protesta, con sobrada justificación, porque son muchos los desenfoques en la gestión. Sin embargo, también con estos grupos recuperamos el concepto de abdicación mencionado. El maná pertenece a la antigüedad, aunque no lo parezca si observamos a ciertos políticos muy encumbrados y a la vista de todos, banqueros grandilocuentes o capitostes de otras áreas. Ahora bien, el esfuerzo es de todos, para lograr una justicia mejor estamos todos implicados. Los actuales logros científicos, democráticos o personales, suponen un esfuerzo previo en lo personal y en lo colectivo. Por eso sorprende la aquiescencia previa hacia unos sindicatos apegados a la poltrona, el pasotismo a la hora de un debate constructivo o la fijación del voto a una ideología estratificada; en suma, la ausencia de una intensa crítica previa. Incluso hubo actitudes complacientes con los malos gestores. El inconformismo activo en la elaboración previa, brilla por su inexistencia. La orientación de los esfuerzos es una exigencia para todos.

“Quizá no ha habido en la historia fantasía más desatada, sueño más loco, que el de un mundo regido por los principios de la razón” fueron palabras de Manuel Cruz, que reflejan esa otra vinculación caprichosa, por inexacta, ceñida en exclusiva a la razón. ¿Y a sus monstruos? Se proclama el reinado de los hechos positivos, los que capten los sentidos, los que se verifican cuantitativamente. Por contraste, se prescinde de los misterios, percepciones subjetivas de cada persona o de cualidades al estilo del amor o la amistad. En definitiva, son posturas limitadas, excluyentes, que nos retrotraen al FETICHISMO sumiso a las creaciones de algún mandamás; acaparaciones, dominios, situaciones tendenciosas prefabricadas, con el seguidismo pertinente a los nuevos oráculos. El pluralismo vivificador se ahoga en la persecución de quién sabe qué razonamientos. El desmantelamiento de semejantes estructuras no vendría derivado de una simple solicitud bien intencionada. La supresión de las actuaciones caprichosas requiere de mayores compromisos. Aunque así mismo, se ha escrito mucho sobre el “miedo a la libertad”, quizá debido a las exigencias que implica. Las trazas apuntan a un componente acomodaticio intenso. Aquí se impone una enmienda a las disposiciones sectoriales excluyentes, en busca de una diversidad participativa. ¿Estaremos dispuestos a asumirla? ¿Disminuirá la credulidad?

Sería conveniente un replanteamiento general, pero no por decretos superiores, sino desde los núcleos personales. En los tiempos de magníficas comunicaciones, resulta incongruente el alejamiento creciente del ciudadano con respecto a los centros de gestión. No obstante, esa relación fluida no servirá de nada si se limita a la mera presencia física; se precisaría una disposición franca con los mejores criterios y cualidades. ¿Dónde se adquieren? ¿Se puede disponer de ellas sin el menor esfuerzo? Cuando la opción elegida es el VACÍO CUALITATIVO, se descuidan y se reducen a su mínima expresión los conceptos importantes, básicos para la convivencia. La honradez, la sinceridad, el respeto debido a cada ciudadano; pero también la investigación de los mejores criterios, se desplazan fuera de la primera línea de acción. La frivolidad cultural desemboca en ese vacío. Con posterioridad no resulta fácil la recuperación de buenos contenidos. Por lo tanto, los vínculos deben ejercitarse con las mejores propuestas. El compromiso es su requerimiento primordial. De no ser así, se incrementa el vacío y se allana el camino para cualquier desaprensivo.

Cedemos los papeles propios con escesiva prontitud. En el momento de los registros históricos, nunca podrá ser homogénea la historia, nunca existió esa igualdad de formas y actuaciones. El simple intento de presentarla como una traducción uniforme es totalitaria, provenga de donde sea el impulso igualador. Mientras lo lógico sería una presentación de las variables históricas de cada época por parte de los profesionales; topamos en cada rincón con la pretensión de tenernos a todos HISTORIADOS de antemano, para que no nos molestemos entre interpretaciones y asumamos la impuesta por el cariz totalitario que nos venga encima. La verdadera ciencia histórica ya no permite esas manipulaciones, aunque son evidentes las intentonas desde ideologías y partidos políticos. Si cuelan o no, si pasan a considerarse como la doctrina imperante, dependerá del grado de vacío personal y de la credulidad de los receptores de ese mensaje. Los caprichos ajenos se lanzan impetuosos. ¿Con qué filtro personal los recibimos?

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