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Comulgar con pepinos
Debilidad en la respuesta oficial española ante la incompetencia de las autoridades alemanas
En esta misma columna he venido comentando, desde hace mucho tiempo, el diferente concepto que se tiene de Alemania según se viva en ella, se la conozca de paso o, simplemente, se hable de ella de oídas. Creo que los que vivimos o hemos vivido en el país, hace mucho tiempo que la desmitificamos. No voy a cansar al lector asiduo de esta página con repeticiones; así que si quiere refrescar alguna de mis reflexiones, puede empezar, por ejemplo, con “Locomotora de Europa”, publicado hace más de un año. Sólo quiero a este respecto recordar que la metáfora “locomotora de Europa” resulta casi tragicómica pues es precisamente la Deutsche Bahn –los ferrocarriles alemanes con sus desvencijadas máquinas- un ejemplo de lo que peor funciona en el país de Angela Merkel.
Un amigo, al que comentaba ayer el tema de este artículo, me advirtió del peligro de generalizar, de hacer tabla rasa afirmando que los chinos, los franceses, los estadounidenses, los alemanes o los argentinos son “así o asao”. Tenía razón; y, sin embargo, es muy difícil no caer en esa generalización y, si la hacemos, es preciso que esta incumba tanto a lo malo como a lo bueno. Podremos así decir que los españoles solemos ser hospitalarios y solidarios (sobre todo con los de fuera) y que tenemos una tendencia a tirar papeles, colillas, plástico y botes de refresco más o menos donde se nos antoja. De análoga manera puedo –y quiero- afirmar que los alemanes suelen ser gente de sentimientos profundos, reflexivos, pero con una arrogancia y una tendencia a sobrevalorarse –posiblemente producto de un sentimiento de inferioridad en la base- que los desborda.
Cualquiera que haya sido un “Ausländer” (extranjero) en Alemania lo sabe y lo habrá padecido en mayor o menor medida. Me refiero al habitual aire paternalista con que se considera a “los del sur”. Y en eso da igual que seas periodista, albañil, camarero o ministro de Agricultura.
Creo que esta puntualización es muy necesaria para entender la actitud casi chulesca de una gris senadora hamburguesa, que se ha permitido, no sólo perjudicar seriamente a la industria hortofrutícola española sino, directamente, ningunearnos como Reino de España… y todo con el evidente beneplácito de la canciller federal.
Es posible que con un gobierno diferente y una mayor presencia española en los foros y organismos europeos, el desarrollo de este incidente habría sido otro. No creo que una ministra como la añorada Loyola de Palacio hubiera permitido que la incompetencia germana destrozara un sector que vive fundamentalmente de la exportaciones y que, a decir de los expertos, tardará años en recuperarse. Pero es que Rosa Aguilar no es ni una débil sombra de Loyola.
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