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¿Y qué culpa tiene el pueblo soberano?
Nos estamos preguntado últimamente qué es lo que se nos avecina
Observamos los movimientos de nuestros políticos como el que ve avanzar la tormenta por el horizonte. El viento es distinto, el aire se electriza y huele a humedad. En estos casos, si no llevas el paraguas o el chubasquero encima, lo normal es que salgas corriendo a casa o a una tienda de chinos para proveerte de él. Nosotros, pueblo soberano, hemos corrido a refugiarnos bajo el paraguas del que sólo lo abre cuando luce el sol y no se atisba rastro alguno de cúmulo o nimbo; ni tan siquiera el delicado cirro que se dibuja amablemente en el cielo como una llaga de mármol.
Como ciudadanía, no somos mejores que nuestra clase política. Sin embargo, aún no se ha oído a nadie plantear esta autocrítica, tan rara como necesaria. La ciudadanía ha dejado hacer durante tiempos de bonanza, mirándose con codicia el ombligo. Sin ingenuidad, sino con la más cínica anuencia; con una falta absoluta de civismo. Y, ahora -claro-, la culpa es de los políticos, banqueros, y nosotros somos unas pobres víctimas de los desmanes ajenos. Vaya toalla.
Yo no voy a defender ni a los políticos ni a los banqueros; son malos, sin duda, y pienso que muchos de ellos deberían estar en la cárcel. Pero sí quiero poner en valor la imperiosa necesidad de juzgarnos a nosotros mismos como pueblo soberano. Necesitamos a alguien que nos eche un duro y merecidísimo rapapolvos ¿Qué hemos hecho cada uno de nosotros por mejorar las cosas, aparte de renovar nuestra colección particular de juguetes? Creo que deberíamos cambiar radicalmente de chip y empezar a participar en los asuntos que nos conciernen como país, como comunidad, como municipio y responsabilizarnos, en primera persona, de las deudas que hayamos contraído durante estos años pasados. ¿Y cómo hacerlo? Pues muy fácil. Más allá de las asambleas de barrio y las discusiones sobre teoría política -que tampoco están de más-, podíamos empezar asumiendo la deuda del Estado, de nuestra Comunidad Autónoma y de nuestro Ayuntamiento. ¿Cómo? Muy sencillo. Calculando la deuda per cápita -ajustándola de manera proporcional a las rentas de cada cual-, prorrateándola y liquidándola mensualmente. En el mismo instante en que cada ciudadano constate el significado de la deuda en la merma de su nómina, se nos habrá encendido el chip de la participación, de la democracia real ya; además, miraremos con lupa la acción de nuestros gobernantes, no permitiremos un solo gasto sin justificar y no nos equivocaremos a la hora de votar. En definitiva, sabremos de verdad lo que cuesta un peine.
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