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Tags: Opinión · Momento de reflexión · Octavi Pereña
Vejez esperanzada


“A las ilusiones de la juventud le siguen las desilusiones de la madurez, esperemos que la herencia de la vejez no sea la desesperación”, dijo Benjamín Disraeli


Octavi Pereña Octavi Pereña
miércoles, 8 de junio de 2011, 08:47
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Desgraciadamente para muchos la desesperación es la herencia de la vejez. Un aspecto de esta herencia es la soledad. Llegar a la vejez acostumbra a ser duro no solamente por motivos de salud, sino también por la tendencia existente de clasificar socialmente a la gente por edades puede resultar en una discriminación. Todo el énfasis recae en la juventud, que representa el futuro de la familia, del país.

Cuando se llega a la madurez que es cuando la gente alcanza un bagaje cultural y de experiencia muy valioso, se le discrimina a favor de la juventud. No hace falta decir que cuando alguien llega a la ancianidad se le arrincona a pesar del valor añadido que ha ido acumulando a lo largo de los años. Como muy bien dice un tal Bosch: “Cuanto más tiempo vivimos/ Más sabemos/ La vejez es el tiempo de mostrar sabiduría/ Quién sabe el bien que puede hacer una palabra que podamos decir/ Que puede hacer para los líderes del futuro”.

El salmista describe la tristeza de la vejez cuando clamando a Dios dice. “No me deseches en el tiempo de la vejez, cuando mi fuerza se acabe, no me desampares. Porque mis enemigos hablan de mí, y los que acechan mi alma consultan juntamente, diciendo: Dios lo ha desamparado, perseguidle, tomadle, porque no hay quien lo libre” (Salmo 71:9-11). Los enemigos, que pueden ser los mismos familiares que lo arrinconan en la buhardilla al considerarlo un trasto inútil, las lacras que sufre que le roban movilidad, las facultades mentales que le aíslan de los suyos de quienes espera recibir el socorro oportuno, le hacen pensar que Dios lo ha abandonado.

En la lucidez que le queda levanta los ojos hacia el Dios que ha sido su escudo protector durante la juventud y le dice: “No me deseches en el tiempo de la vejez, cuando mi fuerza se acabe”. Aceptando la decrepitud que le acerca más a la meta, confía en la promesa de su Señor: “No te desampararé ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Confiando en el Todopoderoso que le sostiene, el tiempo puede arrugarle la piel, pero ni las preocupaciones, las dudas, la desconfianza en las instituciones, ni el menosprecio de sus allegados, no le pueden agrietar el alma. Sabe en quien ha creído. La confianza en el Dios verdadero, además de haber añadido años en la vida le ha puesto vida en los años.

La pregunta que se le hizo a J. Roberston McQuilkin es la que nos hacemos nosotros: “¿Por qué permite Dios que nos hagamos viejos y débiles?” La respuesta que da sólo puede darla quien tiene la certeza de que cree en el Dios vivo y eterno: “Creo que Dios ha planificado que la fortaleza y la belleza de la juventud sean físicas, pero la fuerza y la belleza de la vejez son espirituales. Lentamente perdemos la fuerza y la belleza que son temporales, así aseguramos concentrarnos en la fuerza y la belleza que duran siempre. Así desearemos abandonar la parte temporal en nosotros que se malmete para sentir una auténtica nostalgia de nuestra casa eterna. Si siempre fuésemos jóvenes, fuertes y guapos, no desearíamos marchar nunca”.

Al hombre de nuestro tiempo que considera que Dios ha muerto, el único futuro que le aguarda es la muerte y convertirse en polvo. Por esto, mientras tenga el aliento que mantiene vivo a su cuerpo organiza una fiesta continua que no le proporciona la satisfacción que busca desesperadamente. No hay paz ni gozo fuera de Dios.

El salmista le pide a Dios que le enseñe a contar sus días para que pueda conseguir la sabiduría del corazón (Salmo 90:2). Quienes en la vejez han adquirido esta sabiduría que proviene de Dios, perfectamente se les pueden aplicar las palabras de Clemente XIV: “Los ancianos se parecen a ciertos libritos viejos, arrugados y mal encuadernados que contienen cosas excelentes”.

La fe en el Dios único del anciano le capacita a pasárselo mejor en la pérdida de las relaciones sociales que aquellas que se sienten solas y carentes de soporte.

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