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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Entre el lujo y la miseria


Ningún árbol da un fruto distinto del que le impone la Naturaleza


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 7 de junio de 2011, 08:59
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Ni ningún Sistema social puede generar un orden ajeno al de su esencia: un Sistema absurdo e injusto, sólo produce ciudadanos absurdos e injustos. Es el Sistema el que impone a los individuos las reglas de conducta, no pudiendo éstos sino elegir entre las opciones que le son ofrecidas.

Nuestro Sistema, éste que se empeñan en modificar los Indignados del 15M, se basa en la competencia salvaje, en el acopio de recursos contra los demás semejantes, en alcanzar el objetivo sin reparar en el método de alcanzarlo y en la individualidad frente a la sociedad. Por esta razón lo que prima y lo que se valora como éxito social es lo que se acumula, el resultado, y no el cómo se obtiene. Unos, lo hacen con cierta honestidad legal, trabajando, y otros, mediante truculencias, trampas, corruptelas o simplemente crimen; pero en ambos casos quienes triunfan son igualmente aceptados por la sociedad y sus méritos reconocidos: si tiene mucho, merece admiración.

No es, pues, sorprendente que incluso atroces crisis (inventadas) como las que sufrimos en estos tiempos produzcan mucho desempleo y sufrimiento social, pero muchos más ricos y gozos sociales en el otro extremo. En esta debacle económica que nos concierne, pongo por caso, se han producido cinco millones de desempleados y siete millones y medio de ricos. Ahí tenemos, por ejemplo, cómo en España, en estos días, se promueven asociaciones y guías del lujo, del derroche o del gasto absurdamente suntuario, entretanto más de media sociedad languidece en la necesidad o simplemente lucha con denuedo por la supervivencia en comedores de auxilio social, o cómo mientras una gran parte de la población rebusca en los desechos de los supermercados con qué llenar el estómago, en la televisión no dejan de emitirse programas de alta cocina donde la estupidez suple a precios astronómicos a la simple alimentación. La Sociedad, en fin, se ha partido entre quienes tienen y quienes no, y unos tratan de diferenciarse como pueden de los otros, renegando que pertenezcan siquiera a la misma especie. Los ejemplos son tantos y tan variados, que lo mejor es que cada lector ponga en su mente aquéllos que considere más apropiados.

Ricos y pobres extremos son el mismo resultado de las sucesivas crisis económicas que ha producido la Historia, y ambos han salido del mismo espacio, las clases medias, a imagen como la cultura o la ciencia ha dividido a la especie humana entre quienes están más próximos al reino animal y quienes lo están a los descendientes de Prometeo. El neolítico y la sociedad galáctica conviven en un flujo laminar, sin tocarse siquiera o de espaldas entre sí, con la misma aberrante naturalidad que la miseria más extrema y el lujo más exacerbado. Sin embargo, desde una prudencial distancia se puede aseverar que no son los individuos los que consienten en esto, sino que es el Sistema el que impone sus valores y el ofrece un elenco de posibilidades entre las que optan éstos. Un Sistema perverso sólo puede generar perversidad, un Sistema corrupto sólo puede generar corrupción y un Sistema amoral sólo puede generar tramposos.

La delincuencia y la violencia son generadas por el Sistema y las ponen en práctica física los individuos. Todo, en un Sistema como el tenemos, no es sino una opción para llegar a la meta de destacar acopiando más, y para este fin lo mismo vale especular con alimentos en un planeta donde cuatro mil millones de almas pasan hambre, traficar con seres humanos como si fueran ganado o instaurar la corrupción como método de vida. La sociedad, el Sistema, premia igual los que triunfan: es la ley del más capaz, la ley de la selección natural. En tiempos en que la supervivencia se basaba en la agresividad, era el más fuerte el primado; en tiempos en que la supervivencia se basaba en la calidad, era el que más talento tenía; y ahora que vivimos tiempos en que la supervivencia se basa en el más tramposo, el que se lleva el gato al agua es el más corrupto, el más genocida o quien menos escrúpulos tiene. No es el individuo, sino el Sistema, el que marca las reglas del juego. Éste, halló su método en la delincuencia común, aquél en la delincuencia de guante blanco y el de más allá en la violencia masiva. Los demás, no cuentan, son el rebaño, la masa, el objeto sobre el que destacar.

En vano es, en consecuencia, intentar reparar un Sistema perverso, porque sólo perversidad seguirá produciendo. Ninguna crisis económica, por enorme que fuera, ha restado ingentes recursos para la guerra, por ejemplo. El problema de nuestra sociedad, en consecuencia, no se encuentra en una reforma del Sistema, sino en la implantación de otro distinto con una escala de valores diferentes, si es que queremos obtener distintos frutos. De no ser así y mantenernos en lo mismo, más de lo mismo obtendremos y nadie estará legitimado para quejarse de la corrupción, la especulación salvaje, la injusticia, la sociedad espectáculo y la violencia, no importa qué se legisle o cuántos policías se pongan. No puede generar el Sistema frutos diferentes de su esencia: el todo y la parte, ya se sabe. En el holograma social cada ciudadano es una síntesis completa del Sistema que lo contiene, y, en la misma medida, igual de culpable o en la misma medida inocente.

No se trata, bien se ve, de que haya uno u otro gobierno o que esté debidamente reglada esta cuestión o aquélla, porque el perverso siempre hallará la manera de hacer la trampa. Hemos tenido todos los gobiernos imaginables y miles de años de legislación, pero lo que hoy vemos a nuestro alrededor es lo mismo que hemos vistos siempre, no hay más que revisar las páginas de la Historia: abusos de los poderosos de turno, corrupción a manos llenas, injusticias, incapaces (frikis) gobernando o en puestos de predominancia, brutalidad para conseguir recursos y genocidios arbitrarios. Poco importa si todo ello fue llevado a cabo con guantes de hierro o de algodón, porque los miserables siempre fueron el campo que araron los poderosos para obtener el beneficio que les encumbraba en el lujo. Hoy, ese gremio de amigos del lujo, se organiza en asociaciones y clubes, al modo e imagen como lo hicieron y hacen todos los grupos poderosos para instituirse en pastores y discriminarse del rebaño. No es el individuo el que falla, sino el Sistema, y, mientras siga así la cosa, seguiremos descuartizándonos como sociedad entre el lujo y la miseria.

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