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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
Imposturas históricas


Las logias republicanas se movilizan contra el Diccionario Biográfico de la RAH


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 3 de junio de 2011, 08:52
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El Diccionario Biográfico que recientemente ha editado la Real Academia de la Historia ha suscitado enormes críticas en algunos sectores a causa de las biografías de algunos personajes trascendentes de nuestra Historia reciente o inmediatamente pasada.

No es para menos ni se esperaba otra cosa, precisamente en este país que se empeña en convertir la impostura en postura oficial y el que se ha demostrado absolutamente incapaz de enterrar a sus muertos, causa y motivo por el que el periplo histórico de los pueblos de España es una larga y sangrienta contienda civil con escasos descansos. Lo raro, lo extraordinariamente raro hubiera sido, precisamente, lo contrario.

Parece ser que algunas de las biografías que más han disgustado a los nostálgicos republicanos han sido las de Franco y algunos de sus pares, pertenecientes a personas vinculadas a la eternamente inacabada Guerra Civil. Lo que se dice en ese Diccionario acerca de El Cid, Alfonso X o Leovigildo parece carecer de importancia o de interés, concitándose todo el disgusto y enojo en el parecer de los historiadores sobre los personajes de esa omnipresente y falsamente endiosada II República y la Guerra Civil que su desmadre produjo.

No está superada esa sangrienta etapa, ni mucho menos (ya se habla de la III República), y los sectores revisionistas han sido tan incapaces de ser críticos con aquel despropósito de nuestra Historia como de aceptar que sean los historiadores quienes pongan las cosas en el justo lugar que les corresponde, pues que es únicamente a ellos a quienes les debiera corresponder. "La Historia la escriben los vencedores", suele decirse con desdén; pero cuando en una situación dada como la presente, un historiador osa dar una visión contraria al sentir de quienes controlan políticamente el momento, los anacrónicos resentidos de siempre tienen que dar la nota, exigiendo que las historias oficiales se ajusten como un guante a sus mentiras preconcebidas o falsamente instituidas.

Los críticos con la versión publicada por autores incontestablemente eruditos, de reconocido prestigio y bien formados, han puesto el grito en el cielo porque no se ha tildado a Franco, por ejemplo, como un sanguinario dictador –debe entenderse que sólo con sus enemigos, supongo-, aunque no han dicho ni pío acerca de que lo fuera o no Recaredo, pongo por caso. A éstos, lo único que les interesa, es que se escriba la Historia a su medida, que la impostura sea postura como ellos quieren, desatendiendo cualquier otra versión por documentada o cabal que sea, y ya no hablemos si es de un parecer contrario.

La postura oficial debe ajustarse a lo que estos nostálgicos republicanos quieren, a su impostura. Y, claro, eso nos lleva a lo de siempre: "quien ignora su propia Historia está condenado a repetirla." Y la repetiremos, seguro, porque apenas sea posible –mucho antes de lo que imaginamos- no sólo se va a desmembrar España, sino que la III República va a ser proclamada. En menos de uno o dos años, la respuesta definitiva, ya lo verán. Todo está atado y bien atado.

Es particularmente difícil avanzar con los pies atascados en el denso lodo del pasado. Los hay que todavía sueñan con una revancha, y nada en su discurso, ni siquiera sus pretendidas demandas de ecuanimidad, es capaz de ocultar que quieren ganar hoy una guerra que debiera haber concluido hace ya setenta años.

Sus falsedades acerca de las realidades fabricadas sobre la siniestra década de los años treinta del pasado siglo, han sido difundidas como verdades en buena parte de la sociedad, y en buena medida han calado en el sentir popular, por más que eso no sea sino un símil de cómo ha calado el pecado: algo deplorable. Nada han dicho estos falaces puristas de poca o ninguna chicha acerca de las Historias inventadas que se difunden en Euskadi o Cataluña desde que llegara la democracia y esta aberración de las Autonomías, que no son sino un germen de independencia a plazo fijo, tal y como estaba preconcebido.

Mentiras oficiales que hoy son verdades sobreentendidas para generaciones enteras de vascos y catalanes, por más que no haya, en la mayoría de los episodios de sus Historias ad hoc, ni un solo dato verificable, ni un solo documento que respalde sus aseveraciones o ni un solo testimonio fiable o con el crédito suficiente como para que se dé por buena la enorme cantidad de imposturas que se imparten en las clases o libros de Historia de esas regiones. Nada han tenido que decir, porque esas imposturas son las posturas oficiales que les convienen, y, desde el arribo de la democracia, el objetivo siempre ha sido el rompimiento de la unidad nacional y el restablecimiento de la república.

Aunque he estado casi siempre en las finales de los más prestigiosos premios literarios del país, nunca me llevé el galardón a causa mis ideas, e incluso sé con absoluta certeza que me fueron negados en alguna ocasión por mi supuesta filiación cristiana –que no me ofende, sino que me considero indigno de tal honor-, simplemente porque la Cultura y la inmensa mayoría de los sellos editoriales tienen subsumido el derecho de opinión de aquella parte de la cuerda y no cuenta para ellas la calidad literaria o algo por el estilo, sino la pertenencia al rebaño oficial republicano y democrático, a la impostura que vende este grupúsculo, dando la imagen de que es el sentir de la sociedad.

Nadie, si lee cualquiera de mis obras, puede considerar, ni de lejos siquiera, alguno de esos desvaríos, sino que sólo puede constatar independencia y, en todo caso, una calidad literaria independiente que en nada envidia a ninguno de nuestros más afamados prohombres de las letras de cualquier etapa histórica; pero igual me marginan porque eso no gusta ni interesa a las logias, sino la defensa y promoción de la impostura oficial. Es lo que tiene el ser independiente: que se es rojo para los azules y azul para los rojos, cuando ninguno de los dos colores o credos me interesa en lo más mínimo más que como espectador o sufridor.

Pero si esto sucedió y sucede conmigo, que no soy nadie, qué no sucederá cuando es una Institución como la Real Academia de la Historia la que da por histórica una verdad distinta de la que les interesa a estos grupos organizados de presión: pues lo aberrantemente absurdo que vemos y leemos en estos días, ni más ni menos, y verán qué prontito le llega la prejubilación a quienes han escrito lo que tanto les ha disgustado a las logias. La verdad, para estos ciudadanos de mucho compás tricolor, sólo lo es su verdad, y la Cultura que es difusible, sólo lo es su cultura. Fin. Verán ustedes cómo en poco tiempo esas entradas del Diccionario que disgustan a las logias son modificadas según sus intereses, ¡al tiempo!

No es malo que se ponga en negro sobre blanco, sin embargo, que la verdad no tiene filiación ni partido, y que la verdadera libertad no acepta ninguna clase de cadenas, ni siquiera las ideológicas. A los historiadores les corresponde valorar y escribir la Historia, no a las logias ni a los radicales revanchistas. Por ahí, no vamos nada más que al desastre.

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