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El mundo en guerra
Cuando las armas hablan, las leyes callan: Cicerón
Las urgencias de la actualidad a veces ocultan que vivimos en un mundo en guerra permanente. Ahora mismo, mientras el día a día nos empuja a poner en nuestros titulares lo que sucede en este partido político o en aquella transacción comercial que afecta a la economía del momento, decenas de países se desangran en conflictos bélicos que, por reiterados o enquistados, no nos suscitan ni la más mínima compasión, por más que en ellos se den cada día miles de enormes tragedias personales.
Afganistán, Argelia, Libia, Chad, Birmania, Colombia, Etiopía, Somalia, Filipinas, India, Iraq, Israel, Paquistán, Sudán, varias repúblicas africanas, Rusia, Tailandia, Turquía, Yemen, Siria y una enorme cantidad de países más tienen el presente y el futuro comprometido en una carnicería que hace cada vez más ricas a las multinacionales armamentísticas y cada vez más pobres y desdichados a esos pueblos. Y nombro sólo estos países por no meter en el mismo saco, aunque lo estén, a otros cuyas sociedades viven encerradas en sus casas debido a la enorme cantidad de víctimas causadas por la violencia ordinaria (EEUU, Venezuela o México, por ejemplo) o por fenómenos de terrorismo dirigido o controlado por esas mismas multinacionales. El mundo, país por país, se podría considerar que viven en guerra permanente; pero no por eso deberíamos alegrarnos de que en nuestras calles no haya hombres armados o estén bombardeando nuestros hogares, porque también aquellas guerras olvidadas son nuestra guerra.
“Incluso los malos sirven al Plan Divino”, dice nuestra Biblia. Y es verdad. A menudo tendemos a pensar que el hombre es un animal que ocasionalmente tiene experiencias espirituales, pero en realidad el hombre es un espíritu que tiene unas limitadas experiencias animales. Desde que el hombre tomó conciencia de sí mismo, siempre ha tenido una necesidad espiritual de trascenderse, no importa en qué cultura, continente o religión fuera.
Es, de alguna manera, como si a través de la experiencia física pudiera evolucionar la sustancia espiritual de una forma más eficaz o rápida o, quizás, de una manera más definitiva. Las emociones, los sentimientos, la toma de decisiones trascendentes, someten al espíritu a calores y fríos que mucho tienen que ver con el crisol de los alquimistas para obtener la piedra filosofal. Nadie ya es capaz de negar que el hombre, para serlo, precisa de esta dualidad cuerpo-alma, ni siquiera la Ciencia, e incluso muchos agnósticos o ateos, curiosamente, tratan de evolucionar o trascenderse con pseudorreligiones como la Masonería, si es que no con técnicas de meditación trascendental como el yoga u otras semejantes.
“Cuando hablan las armas callan las leyes”, decía Cicerón, y al hacerlo es cuando el hombre, en una pureza extrema de compasión o de crueldad se conduce libre de prejuicios y falsos supuestos, comportándose como lo que verdaderamente es.
En tales circunstancias, nadie le aplaudirá o premiará por su generosidad o piedad con los enemigos, y nadie le condenará por su inhumanidad con ellos, por más que haya figurones Tribunales de La Haya o de Nuremberg concebidos para condenar a unos o para hacer la vista gorda con otros. Así, dentro de la tragedia humana, los malos sirven al Plan Divino. Una aparente contradicción que, sin embargo, no lo es, por cuanto la sustancia corporal del hombre es mortal y perecedera, pero no así su alma, la cual se condena o se premia a sí misma no por un periodo más o menos largo, sino indefinidamente a una evolución o involución que lo llevará a ascender o descender de forma severa e irreversible en la cadena trascendente.
Nuestra función, visto desde una perspectiva muy amplia, es la evolución mediante la experimentación, la prueba de nuestra sustancia inmaterial a través del suceso material, a fin de saber a qué naturaleza genuina responde. Por esta razón, es bueno que la vida sea conflictiva, y tan en conflicto viven las ciudadanías de todos esos países en guerra como quienes lo hacemos desde la supuesta paz, pues que con nuestra acción o inacción multiplicamos sus daños. En cierta ocasión, no sé bien en cual de mis novelas, decía que Dios es un excelente jugador de billar que es capaz de, empujando una sola bola, hacer miles de millones de carambolas.
Si nuestro Infierno son los demás, como decía Sartre, también son nuestro Paraíso. O, como dicen los indúes, “Tú eres los demás.” Somos, pues, el resultado de nuestros actos, y, más que eso, de nuestros deseos. Un Principio que ya es aceptado taz a taz por la Física Cuántica. No debiéramos pues, alegrarnos o mostrarnos siquiera indiferentes con el sufrimiento y el dolor de los otros, sino remediar en ellos nuestros daños, porque ellos y nosotros somos exactamente lo mismo, aunque no nos lo parezca. Hoy, por suerte, parece que el paradigma está cambiando, y, por alguna razón tal vez de origen cósmico, comenzamos a comprender que todas nuestras suertes, la de toda la especie humana, está estrechamente vinculada y que los gozos y sufrimientos de los demás, son nuestro gozo y sufrimiento personal.
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