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Keiko Fujimori y el soporte de Vargas Llosa al amigo de Hugo Chávez

Ningún escritor genial que metió las narices en política sacó barata la osadía
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
martes, 31 de mayo de 2011, 06:59 h (CET)
Ni Emile Zolá cuando defendió a Dreyfus, o Víctor Hugo con sus poemas urticantes que desquiciaron a Napoleón III, ni Roa Bastos cuando encendió la furia de Stroessner. Hoy es el momento de Vargas Llosa.

Un tiempo atrás advertí que en el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, habían sido omitidos varios especímenes de la especie que enriquecen la biodiversidad de la idiotez en el subcontinente, y entre ellos, a los sectores de la izquierda latinoamericana que se tragaron la fábula del marxista y bolivariano “obispo de los pobres”, Fernando Lugo.

Los analistas que se mantuvieron despiertos y atentos a los acontecimientos, como Alvaro Vargas Llosa, notaron que en realidad poco después de ganar las elecciones paraguayas de abril del 2008 se produjo una ruptura entre Lugo y el modelo bolivariano de Hugo Chávez.
Lugo pronto empezó a coquetear con la embajada norteamericana de Asunción, y con el modelo del Plan Colombia impuesto por Alvaro Uribe. Abundaron las visitas de asesores norteamericanos y colombianos que colaboraron en el empeño luguista de deshacerse de sus ex aliados políticos, aglutinados en una columna guerrillera marxista denominada Ejército Popular Paraguayo.

Para hacer olvidar a los paraguayos de que en realidad los neo guerrilleros eran en su mayoría miembros de un grupo radicalizado que el mismo Lugo había formado en sus seminarios teológicos, se apeló a la computadora de Raúl Reyes y otras versiones fabuladas de los hechos. La relación FARC-EPP era, lógicamente, mucho más conveniente que la de Lugo-EPP.

Los planes privatistas y represivos, casi al mismo tiempo, afloraron dentro de la contradictoria administración del cura Lugo, quien no movió un dedo para modificar la asfixiante dependencia que encadena a la misma burocracia estatal paraguaya con los agentes del imperio norteamericano, a través de USAID. Al contrario, la influencia de las agencias de penetración del gobierno de Estados Unidos en el ejército, la policía paraguaya, el poder judicial y los agentes anti-narcóticos se incrementaron vertiginosamente.

La contradicción entre el discurso pre-electoral de Lugo, falsamente ideologizado por publicistas bien conocidos por sus vínculos con los intereses de la ultraderecha, y los signos reaccionarios de su gobierno, pronto se hizo objetiva.

Tal vez este giro luguista, al cual Vargas Llosa se mantuvo atento, explique el porqué no hace mella en su ánimo la propaganda que muestra a Ollanta Humala como un probable nuevo aliado de Hugo Chávez y su revolución bolivariana en la región.

El temor de un giro hacia la izquierda en Perú es tan infundado como lo fue cuando un montaje de los medios lo anunciaba en Paraguay, tres años atrás, y Vargas Llosa lo sabe. Aunque decirlo en voz alta le haya costado que muchos le aconsejen volver a sus novelas, lo cierto es que su lectura política del momento presente tiene mucho más que ver con la realidad que con la ficción.

Las adjetivaciones injustas siempre han sido parte de la rutina de las mentes brillantes que se inmiscuyen en las políticas pequeñas de hombres pequeños. Ningún escritor genial que emitió opiniones urticantes en materia de política sacó barata la osadía. Ni Emile Zolá cuando defendió a Dreyfus, o Víctor Hugo con sus poemas urticantes que desquiciaron a Napoleón III, ni Roa Bastos cuando encendió la furia de Stroessner. Hoy es el momento de Vargas Llosa.

Pronto la nueva estrella en la constelación bolivariana dará su giro anunciado hacia la derecha, para seguir la senda entreguista de Fernando Lugo. Eso si el triunfo corresponde a Ollanta Humala, quien no tardará en apaciguar los ánimos de la ultraderecha con indicadoras medidas de estilo arzobispal.

Ahí descubrirán los peruanos lo mucho que fueron injustos con su Premio Nóbel.

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