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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Muerte vegetariana

La UE aumenta la alerta por el E.Coli mientras se descarta que viajara desde España con los pepinos
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 31 de mayo de 2011, 06:52 h (CET)
Corría el año 2004 cuando una pareja alemana fue condenada a penas de cárcel por la muerte de su hijo debido a la malnutrición: eran vegetarianos radicales. Estos casos, en España, aunque sin condenas penales, son bien conocidos de la clase médica, como es sobradamente conocida por este gremio la Ortorexia, la preocupación excesiva por la salud que a no pocos les conduce al radicalismo vegetariano.

La excesiva la información es tan mala como la escasa, y vivimos tiempos en el que demasiados supuestos dietistas new-age tienen un excesivo afán de notoriedad para enriquecerse, habiendo en el mercado cientos, miles, millones de dietas y recomendaciones alimentarias que en muy buena medida son un excelente menú para que cualquier ciudadano se suicide o dé muerte a sus niños. Algo sin control alguno, porque, como la existencia de Dios, no es algo que pueda demostrase a priori si es letal o no, pues que no sugieren la ingesta de venenos, si bien queda claro que son métodos contrarios a la naturaleza humana. En definitiva, es como si hubiéramos escalado a la cumbre de la pirámide alimentaria para convertirnos en rumiantes, y, renunciando a nuestra condición de omnívoros, nos convirtiéramos en herbívoros.

El debate sobre el vegetarianismo ha vuelto a los titulares como consecuencia, más que de la muerte de unos cuantos alemanes que comían productos hortofrutícolas españoles, de las lesiones económicas que eso supone para nuestras maltrechas arcas. El dinero, ya se sabe, es más importante que la salud o la vida, al menos para los Estados. Las autoridades española están que rabian, y no dejan de argüir que la bacteria E.Coli que ha producido estas muertes también ha sido encontrada en otros productos que no son españoles, reacción tan genuinamente española como el “y tú más” tan característico de nuestra clase política. Sin embargo, nada absolutamente se ha hecho por investigarlo.

No hace falta ser un excelente microbiólogo o una eminencia sanitaria para saber que consumir algunos productos, en el mejor de los casos, es alimentación aventura en el que está en riesgo la propia vida. Cuando uno comprueba qué tipo de plaguicidas extremadamente venenosos se utilizan para preservar la vida de los productos hortofrutícolas, qué clase de venenos extremadamente letales se utilizan para fertilizarlos y con qué clase de aguas residuales son regados, no puede uno sino alegrarse de no tomar más vegetal que el trigo transgénico que conforma su pan, y eso porque no queda más remedio. Porque esa es otra: los productos transgénicos. Hoy, los productores están en manos de compañías predadoras que han modificado genéticamente las semillas para que los productos tengan más sabor, más color o una apariencia más saludable, sin considerar siquiera si eso facilita que determinadas bacterias protozoarias tengan allanadas así sus asentamientos en este tipo de alimentos.

Sin embargo, y siquiera sea por la conmoción visual y olfativa que representa para quien visite alguna vez este tipo de cultivos, lo que más repugnancia produce es el agua con que son regadas las huertas y los campos, que no es sino procedente de cloacas. El insoportable hedor de las plantaciones y la visión de piscinas de aguas negras en que se convierten éstas cuando son regadas, fuerzan a que el mayor aficionado a la fruta o a las hortalizas sienta visceral rechazo por ellas. No queda claro si Sanidad no prohíbe estas prácticas porque sus responsables están cómodamente instalados en asépticos y lujosos despachos con ambientadores de flores, pero no es necesario ser un erudito para comprender que regar las huertas con aguas fecales sólo puede traer enfermedades.

Después de todo, los vegetales, a diferencia de los animales, no tienen hígado, ni riñones ni víscera alguna que depure lo que se les ofrece como alimento, y todo ello lo incorporan a su naturaleza sin más incluidas las bacterias letales que puedan acompañar a esas aguas negras. Viajar por alguna de nuestras provincias más productoras, es todo un reto para el estómago del visitante, porque realmente lo revuelve.

Ya imagino que el público consumidor no tiene por qué estar al tanto de los peligros de las frutas y hortalizas, pero conviene que se sepa que “los protozoarios como el Cryptosporidium Parvum, la Giardia Lamblia y la Cyclospora Cayetanesis producen quistes que son los responsables de la transmisión del microorganismo; que el C. Parvum y el G. Lamblia, producen, además, gastroenteritis severas, las cuales pueden producir en pacientes inmunodeficientes una mortalidad superior al 50%; que muchas de estas bacterias parásitas proliferan en aguas superficiales (riego); que los parásitos protozoarios no se multiplican en el ambiente, pero que pueden sobrevivir el tiempo suficiente como para causar enfermedades; que además de las bacterias protozoarias, en las aguas contaminadas usadas para el riego se pueden encontrar virus entéricos como el de la hepatitis A, enterovirus (polio, eco y Norwalk), adenovirus, rotavirus y astrovirus, entre otros; y que estos virus entéricos pueden sobrevivir de forma viable para producir enfermedades por más de cinco de semanas en condiciones ambientales, y aún sobrevivir a las técnicas de refrigeración para almacenamiento por entre 1 y 4 meses. Estos enterovirus pueden originar desde infecciones respiratorias leves hasta meningitis, parálisis o la muerte. Entre las bacterias patógenas que han sido asociadas con el consumo de hortalizas frescas, se pueden encontrar el E.Coli enterotoxigénico, E. Coli enterohemorrágico, especies de Shigella, Salmonella, Listeria, Campilobacter, Clostridium y Estafilocosos, entre otras.” (“Inocuidad de Frutas y Hortalizas Frescas”, de Cristóbal Chaidez Quiroz, Ph. Dr.)

Queda claro que más que desmentidos que no se acompañan con una visión higiénica de los campos de cultivo y un exhaustivo control sanitario de las frutas y hortalizas, no son sino palabras lanzadas al viento. Más y mejor harían las autoridades sanitarias vigilando porque se cumplan las medidas de salubridad imprescindibles y de control sanitario exigibles, en vez de predicar en el desierto. A la vista de todo lo dicho, los vegetarianos, más que hacerse súbditos de la ortorexia o vivir más sanos, están jugando con su alimentación y la de los suyos a la ruleta rusa. ¡Y es que donde esté un buen filete...!

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