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Etiquetas:   Con la mano en el corazón   -   Sección:   Opinión

El aparato

F.L. Chivite
Redacción
domingo, 27 de febrero de 2005, 01:03 h (CET)
Nos sentíamos anonadados. Al principio, pensábamos que no íbamos a poder soportarlo. Nunca habíamos tenido que pasar por nada parecido y hasta cierto punto era muy comprensible que tuviéramos miedo. Además, ni siquiera éramos capaces de explicar con claridad lo que había ocurrido. Empezó con un pitido, eso sí. Pero luego el pitido se transformó en un ruido insidioso que, a su vez, dio paso a una especie de pequeño estallido zumbón que provocó una nubecilla de humo gris y acto seguido un fuerte olor a chamusquina. Y ahí acabó todo. Era estúpido seguir dándole más vueltas. Nos había tocado a nosotros y no quedaba otro remedio que aceptarlo con entereza: la televisión se había estropeado. Y la avería parecía importante. En el mejor de los casos, tendríamos que pasar cuatro o cinco días sin ella. Eso sin contar el fin de semana.

Era necesario, pues, afrontar la situación sin histerismos e idear estrategias inteligentes para lograr que el vacío no resultara demasiado angustioso. Ni pusiera en peligro nuestra convivencia. Lo peor, desde luego, fueron los dos primeros días. Notábamos que nos faltaba algo. Nos mirábamos a los ojos y callábamos. Eludíamos, en la medida de lo posible, mencionar el asunto. Pero a partir del tercer día la cosa cambió. Empezamos a observar que nuestro malestar se esfumaba. Y que nos sentíamos extrañamente bien. Nos costaba creerlo pero era cierto. Pasó una semana y después otra. Ahora, después de más de un mes sin televisión, estoy en condiciones de hablar con pleno conocimiento de causa. Así pues, preste atención a lo que voy a aconsejarle: déle un martillazo a su aparato, amigo. Se lo digo en serio. Es mucho más fácil que dejar el tabaco. Sólo hay que aguantar un par de días, créame. A partir del tercero, todo mejora ostensiblemente. ¿No ha tenido alguna vez la sospecha de que algo muy pernicioso emanaba de la televisión, una especie de sustancia nociva que penetraba en su cerebro causándole un verdadero deterioro mental? Hágame caso. Descubrirá que tiene tiempo para dedicarlo a actividades con las que antes ni siquiera se hubiera atrevido a soñar. Leer un libro, por ejemplo, curiosa experiencia. O muchas otras cosas. No quiero extenderme en este delicado apartado, pero todo el mundo tiene sus pequeñas fantasías privadas más o menos inconfesables. Aproveche para hacerlas realidad. Soy consciente de que lo que digo suena subversivo. Y desestabilizador para el orden establecido. Sobre todo ahora que las cadenas de televisión, las públicas y las privadas, andan excitadas con su calidad y su competencia. Déle un martillazo al aparato. Y hágalo cuanto antes. Sin vacilaciones, con elegancia. Ya verá cómo no se arrepiente.

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