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Etiquetas:   A cara descubierta   -   Sección:   Opinión

Trabajo y dignidad

Diego Taboada
Redacción
viernes, 25 de febrero de 2005, 23:58 h (CET)
A un socialista sin partido, a un creyente sin iglesia, sólo le queda la vida cotidiana como espacio vital. Hoy, hasta el más lúcido abogado acaba confundiendo el ejercicio de la "justicia" con la acumulación de casos "vencidos" en su curriculum profesional; allí donde la justicia no es posible sino a cuentagotas, siempre quedará la redención personal a través de la "profesión", la vanidosa e hipócrita ética del profesional.

Esta vanidad del "profesional" supone siempre un desgaste de energía nerviosa escesivo, al estar concentrada en una sola dimensión de nuestra personalidad, termina obturando todas las demás; no es de extrañar, pues, que a un flamante nobeol de economía hoy se le aplauda por su destreza mental y su densa bibliografía, como si la genialidad -divorciada del sentido de la justicia- fuesen las únicas virtudes dignas de público reconocimiento.

Pero toda nuestra actividad; pública, privada o profesional, acaba convertiéndose en una molesta convención si no va acompañada de una aspiración vital que supera, en belleza y en sentido, al mero afán de "llegar alto" como profesional. En nuestra cada vez más burocratizada, especializada e informatizada sociedad, el individuo no parece sino estar al servicio de sagrados principios rectores : la rapidez, la eficiencia, la utilidad, el pragmatismo económico...

El trabajo ya no es la expresión de una relación íntima entre el hombre y su objeto, en el trabajo artesanal estaba la expresión de una actividad personal, cuidada y elaborada con mimo; actividad que, además, estaba llena de liberadora humildad : no dependía de ninguna exigencia de producción determinada, ni de un factor tiempo marcado y pre-programado por algún patrono-máquina. En la actividad del artesano está la máxima expresión de lo que, con medios suficientes para ello, todavía no hemos logrado: la autonomía del hombre con respecto al objeto, la liberación de las cadenas del tiempo, el sagrado derecho a marcar nuestro ritmo de vida.

En las cadenas de montaje de la industria urbana, la relación hombre-objeto es inversa : el tiempo, el objeto y la actividad del obrero... es el tiempo, el objeto y la actividad de la máquina. No deja de ser una broma de mal gusto el que el individuo libre de estos factores, el potencialmente capaz de modificar tales condiciones de trabajo, sea precisamente el que las legitime. A diferencia del artesano rural, que no utilizaba a ningún hombre como medio para sus fines, y sólo aspiraba a ser dueño del , tiempo y la actividad que lo sustentaba, el "artesano industrial" puede comprar el tiempo, diseñar el producto, comprar la maquinaria y exigirle al mismísimo tiempo que se amolde a sus necesidades de producción.

A esta forma de entender y planificar el trabajo, en todos los parlamentos actuales y desde todas las iglesias, lo llaman "progreso" y "ganarse humildemente el pan" respèctivamente, por eso soy un socialista sin partido, y un cristiano sin iglesia : ese es el trabajo que nos tienen preparado en la unión Europea.

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