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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La nueva toma de la Bastilla

Indignados: El futuro, ayer
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 23 de mayo de 2011, 06:58 h (CET)
Es ciertamente un tanto decepcionante que el en principio alentador movimiento de los Indignados busque el futuro en el pasado, o que la Spanish-revolution esté siendo secuestrada por grupúsculos que nada tienen que ver con sus reivindicaciones, salvo, claro está, que estén mecidos por oscuras manos en su ingenua cuna. No; no hay una Bastilla que tomar, sencillamente porque fue demolida en 1792, ni un futuro en esa dirección, sino el pasado más sangriento, ni siquiera la III República sería un germen de paz, sino justamente de lo contrario. Eso lo sabemos ya, no tenemos por qué experimentarlo de nuevo, y si el olvido o la ignorancia fueran capaces de suplantar a la capacidad no tendremos otra que pagar un muy alto precio por ello.

Los Indignados que se han reunido en buena parte de las plazas de las principales ciudades de España elaboran sospechosas hojas de ruta que se desvían profundamente del objetivo por el que se echaron a las calles. Las últimas propuestas dimanadas de sus asambleas y corrillos más tienen que ver con la profunda desorientación que tuvieron los supuestamente revolucionarios parisinos que se levantaron contra monarquía de Luís XVI, alentados por “cogito, ergo sum” de Renè Descartes, pero quienes fueron usados como herramienta por los masones jacobinos para apropiarse del Estado y emprender una sangrienta depuración de todos los adversarios mediante el procedimiento de afeitado en seco que procuraba la guillotina aquélla a la que fueron condenados quienes no pensaban como ellos... o ser un peligro para sus intereses.

Desde esta humilde columna quisiera afearles su error: el camino que están emprendiendo con el grueso de sus demandas no conduce al futuro, sino al pasado. Y esto me sorprende en un movimiento básicamente juvenil y mucho más formado académicamente que ninguna otra generación de españoles. Uno, esperaría de ellos una imaginación que abriera las puertas del porvenir y no que excavara en las fosas de un pretérito que sabemos atiborradas de cadáveres e injusticias; y esperaría de ellos cierta capacidad de análisis capaz de mirar un poco más allá de la Historia ya escrita, novedades que nos proyectaran a un orden más justo y no a un desequilibrio mayor.

Cuando leo los distintos manifiestos que los Indignados hacen públicos, no puedo sino sentir que garabatean confundidos, acaso secuestrados por unos pocos que tienen las ideas muy claras desde los albores del movimiento, o quién sabe si por grupos que los movilizaron o que les han secuestrado después de su movilización, sirviéndose de ellos. Tal vez un próximo artículo desglose estos pareceres punto por punto, pero será cuando los distintos manifiestos de las diferentes asambleas comiencen a unificarse; entretanto me satisfaré con criticar a vuelapluma sus enormes carencias intelectuales y filosóficas. No se trata sólo de que si hacen las mismas cosas de ayer tendremos las mismas consecuencias, sino que se echan a faltar en sus aspiraciones y demandas cuestiones de mucha sustancia, como el derecho a la vida y el propósito de la vida misma según ellos la entiendan, porque, según sus propias manifestaciones hechas públicas todo parece reducirse a un nihilista quiero más de todo sin hacer ningún esfuerzo. Todo ello, como se ve, muy en consonancia con esta generación que, poco acostumbrada a pensar y acaso por estar hecha a aprobar a golpe de memoria sin asimilación, ha huido como si estuvieran apestados de los compromisos, entregándose entretanto a la diversión, la pérdida del tiempo, el botellón y el sexo libre, cual si la criatura humana sea un bicho que nace, fornica y muere, y colorín, colorado.

La revolución que han emprendido estos chicos más tiene que ver con Pokémon o con videojuegos de mucho matar gratuitamente por diversión que con la responsabilidad social. Debieran saber que sin firme compromiso, esfuerzo y mucho sufrimiento no hay gloria. Algunas cosillas hay que podrían salvarse, sin duda, pero se echa de menos la base sólida desde la que lanzarse a la conquista de un futuro posible: la defensa de la vida, el rearme moral, el reconocimiento de la dicotomía humana que ya admite incluso la Ciencia, la armonización del hombre con el medio en que se desarrolla, el sentido de las experiencias en la evolución vital, la estructura social y el modo de selección de los individuos más honestos y cualificados, etc. Sin embargo, sus aspiraciones manifestadas más tienen con ver con una vida de regalo (pisos gratis, necesidades cubiertas porque sí, seguros de que van a estar siempre tan ricamente, etc.) o con ciertas actitudes políticas de principiantes sin formación alguna que con soluciones a la compleja encrucijada en que el hombre del siglo XXI se encuentra. Y esto, desde luego, no se soluciona con revoluciones a la francesa de hace tres siglos, ni con fórmulas de ayer, ni siquiera con invocaciones a ciertos puntos populistas de chicos caprichosos que quieren que se lo den todo hecho, y que, si no, arman una pataleta de mil diablos y queman contenedores o se enfrentan a los antidisturbios. Para hacer una revolución, primero que nada, deben creer en ella con firmeza y tener ideales tan nobles y tan altos que incluso el pagar por ellos con la propia vida sea una bagatela.

La Bastilla, ya digo, la derribaron hace mucho, y esta generación que se sirve de tecnologías punteras debieran saber que al futuro no se va por esa dirección, sino que eso nos catapulta varios siglos hacia atrás. Debieran haber prestado atención en sus días de escuela a que esa fórmula ya fracasó, como la misma democracia está demostrando hoy no ser capaz de resolver nuestros problemas actuales y como se está evidenciando que el mismo Sistema en que nos basamos está tocado bajo la línea de flotación y se hunde sin remedio. El futuro se busca en el mañana, no en el ayer: nuevos tiempos, nuevas fórmulas.

La decepción, en fin, comienza a hacer mella en mí. Esperaba más de ellos, y no sólo más independencia de criterios y dejarse manejar menos por grupúsculos de una izquierda ya anacrónica y sin sentido (lo mismo que la derecha), sino también un mucho más de imaginación y de capacidad. Creo que se está haciendo evidente que hemos sobreprotegido en exceso a esta generación, que les hemos limitado en exceso y que les hemos ofrecido demasiada televisión-basura y les hemos dado a meterse en el alma demasiados frikis-basura, demasiada peli-basura, excesiva literatura-basura, música-basura en demasía… Forzosamente deben poder más, deben ver más, deben esperar más de la sociedad y de sí mismos. Les ofrezco, a modo de ejercicio, mi proyecto Deontocrático, el cual pueden encontrar en mi web. Aunque no soy ya un chaval, mi juventud interior e imaginación parece que puede ir mucho más lejos que la suya, siquiera sea aportando utópicas soluciones al fracaso de nuestra sociedad actual como conjunto, sin caer por ello en tener que regresar a un ayer que ya tuvo su oportunidad y no tuvo éxito alguno, sino todo lo contrario. Es sólo una idea. Debieran renunciar a su actual lema: El futuro, ayer. Para seguir en lo mismo de hoy o de ayer, ¿de qué nos vale una revolución?...

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