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Mi gozo en un pozo

Antonio Valencia
Antonio Valencia
jueves, 24 de febrero de 2005, 01:34 h (CET)
Por tercera vez en el plazo aproximado de un mes se ha vuelto a producir una gran remontada en la Primera División de la Liga Española. Hemos llegado a un punto en el que lo sorprendente no es que se produzca esta situación, sino que el implicado no haya sido el Athletic Club, aunque en este caso haya sido un familiar suyo, el Atlético de Madrid, y además como víctima, algo que entronca con la tradición del peculiar club madrileño.

Por tercera vez en el plazo aproximado de un mes se ha vuelto a producir una gran remontada en la Primera División de la Liga Española. Hemos llegado a un punto en el que lo sorprendente no es que se produzca esta situación, sino que el implicado no haya sido el Athletic Club, aunque en este caso haya sido un familiar suyo, el Atlético de Madrid, y además como víctima, algo que entronca con la tradición del peculiar club madrileño.

Y es que, como dijo el clásico, "el fútbol es un estado de ánimo", en el que la cabeza es tan importante o más que los pies. Aunque parezca una barbaridad, un 0-2 puede resultar un resultado mucho más fácil de igualar que un 0-1, sólo por el diferente enfoque psicológico de ambos resultados.

Esto es así porque cuando un equipo va ganando por un gol de diferencia, siempre tiende a estar más pendiente de todo lo que sucede que si la diferencia es superior, porque sabe que cualquier mínimo despiste en una jugada aislada le haría perder su ventaja.

En cambio, con ventajas superiores, y particularmente con dos goles de diferencia, se crea una falsa sensación de seguridad e incluso muchos periodistas, cuando un equipo adquiere esta ventaja, hablan de "partido sentenciado" y tópicos similares. De este modo, ignoran (o, al menos, aparentan hacerlo) lo que un gol supone en las cabezas de los jugadores de ambos equipos.

En este caso, cuando la diferencia se reduce a un gol, se suelen producir dos reacciones contrapuestas: el equipo que marca el gol aumenta exponencialmente su autoestima y se ve en condiciones de, al menos, igualar el partido; en otras palabras, ve la luz al final del túnel. En cambio, el que recibe el gol despierta de un sueño de tranquilidad y descubre con horror que su ventaja ha quedado reducida a la mínima expresión, con lo que empiezan a aflorar los fantasmas del miedo.

Y benditos fantasmas, porque sin ellos nunca se producirían estas remontadas, que forman parte de la denominada "salsa del fútbol", que es lo que hace que tanta y tanta gente se aficione a este deporte. ¿O debería decir espectáculo?

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