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Etiquetas:   Internacional / Siria   -   Sección:   Internacional

Damasco, peso pesado en Oriente Medio

El peso específico que tiene Siria en la región explica que la comunidad internacional haya reaccionado de otra manera ante los abusos cometidos por Damasco
Javier Arrieta Ferraz
miércoles, 18 de mayo de 2011, 07:04 h (CET)


Hay que hacer un obligado repaso a las relaciones que Damasco mantiene tanto con sus vecinos como con EEUU para comprender del todo la importancia que Siria tiene en el mundo actual. Los pilares de la política exterior siria podrían resumirse en dos: aumentar su influencia sobre sus vecinos árabes, y conseguir un acuerdo de paz duradero regional en línea con sus intereses, incluyendo recuperar el territorio ocupado por Israel desde 1967.

Para muchos analistas la trascendencia regional de Damasco se resume en tres claves sobre las que ostenta una influencia decisiva en asuntos regionales de primer orden: Hezbolá, Hamás y la insurgencia iraquí.

Las relaciones con Israel son centrales en los acontecimientos regionales

Siria fue actor beligerante en la guerra árabe-israelí de 1967, resultado de la cual el Estado judío ocupó los Altos del Golán, una ocupación que se acrecentó tras una nueva guerra en octubre de 1973. Gracias a la implicación del entonces Secretario de Estado estadounidense Henri Kissinger, Siria recuperó lo perdido en 1973 y parte de los Altos sólo un año después. Sin embargo, las partes no han conseguido llegar a ningún acuerdo sobre lo demandado por Siria de forma innegociable: volver a la situación territorial del 4 de junio de 1967.

Reflejo de las tensiones entre Damasco e Israel, en octubre de 2003 y tras un atentado terrorista que dejó 20 muertos en Haifa, las Fuerzas Armadas israelíes atacaron un supuesto campo de entrenamiento terrorista palestino a tan sólo a 15 kilómetros de la capital siria. Igualmente en 2007 cazas israelíes atacaron una instalación nuclear siria, y la investigación llevada a cabo por el OIEA, que aún continúa a día de hoy sin demasiada colaboración por parte de las autoridades sirias, encontró efectivamente algunas partículas de uranio enriquecido.

Aún con todo, no sería fácil de asumir que Israel quisiera acabar con un régimen como el sirio, con quien no tiene guerra directa abierta pero que instrumenta desde la sombra un anti israelismo con el que Tel Aviv puede justificar su resistencia a hacer la paz y volver a las fronteras con que fue creado en 1948.

Ha habido numerosas rondas de acercamiento, todas fracasadas, incluso con la mediación de países terceros como Turquía, otro importante actor por la gran frontera común y por los 15 millones de kurdos con que cuenta, una numerosísima minoría cuya respuesta ante más inestabilidad es imprevisible para los dos países. La inestabilidad regional, y la siria en particular no agrada nada a Ankara, y por eso ha promovido los contactos regionales, pero sin frutos significativos por el momento.

Mención especial merecen las relaciones con el vecino Líbano. La historia, economía, tamaño y poder explican el importante papel jugado por Damasco en los asuntos de Beirut. Líbano formó parte de la Siria post otomana hasta 1926. La guerra civil en Líbano fue aprovechada por Siria para aumentar su influencia política y militar, y los servicios secretos sirios ostentan una posición crucial en el devenir de su vecino. Pese a tener firmado desde mayo de 1991 un acuerdo de cooperación, coordinación y hermandad, factores como la ocupación israelí de Líbano hasta 2000, los fracasados intentos de negociación entre Damasco y Tel Aviv y el aumento de las tensiones regionales han entorpecido la implementación de este acuerdo.

Tras el asesinato del Primer Ministro Rafiq Hariri en 2005, un informe de la ONU implicó a Siria y a oficiales libaneses pro Siria. La movilización social y la presión internacional desencadenaron la salida de las 17.000 tropas sirias del país que se encontraban allí desde 1976.

Desde 2008 las relaciones han mejorado, fruto del reconocimiento por parte de Damasco de la soberanía de Beirut. En noviembre de 2009, el Primer Ministro Saad Hariri, hijo del asesinado Rafiq, y Bashar al-Asad acordaron delimitar la frontera entre ambos países, aunque aún a día de hoy está sin demarcar.

En enero de este año Hezbolá y sus aliados parlamentarios instrumentaron la caída del gobierno de Hariri, y su sucesor Najib Mikati tiene fuertes conexiones con el régimen sirio.

Con EEUU las relaciones son algo ambiguas

Pese a que Siria ha estado en la lista de los Estados sponsor del terrorismo desde la creación de ésta en 1979 por apoyar y proteger a organizaciones terroristas, antes del 11 de septiembre de 2001 hubo cierta cooperación en materia antiterrorista.

Sin embargo, las relaciones entre Washington y Damasco han decaído. Contrario a la intervención en su vecino Irak, el régimen sirio ha sido sometido a sanciones desde 2004. El país es punto de tránsito primordial para los combatientes que entran a Irak, ha rechazado deportar a algunos elementos del régimen de Sadam que apoyan a la insurgencia y no ha cumplido con sus obligaciones en el marco de la ONU para ayudar a estabilizar y reconstruir el país. Irak sigue reclamando mayor compromiso y acción en lo relativo a todos los elementos que a través de Siria contribuyen financiera, política y militarmente a la insurgencia y una implementación mayor del importante acuerdo que firmaron en 2006 en materia de seguridad fronteriza y terrorismo. Su continua injerencia en los asuntos libaneses, la protección que ofrece a ciertos líderes de grupos palestinos, la situación de los derechos humanos, o su búsqueda de armas de destrucción masiva también son factores añadidos en la imposición de sanciones comerciales y económicas. Unas sanciones que estos días se están viendo acrecentadas.

Siria cuenta con entre un millón y millón y medio de refugiados iraquíes y medio millón de palestinos, es destino y tránsito de tráfico de mujeres y niños, así como de droga y armas. Esto le convierte en un país esencial en estas batallas que se libran en la región, y por tanto en receptor de grandes presiones externas para combatirlas.

En septiembre de 2006, la embajada de EEUU en Damasco fue atacada, y aunque las fuerzas de seguridad sirias consiguieron controlar el asalto y matar a los cuatro asaltantes, el gobierno norteamericano no ha recibido ningún informe oficial de Damasco. Tanto el presidente al-Asad como el embajador sirio en EEUU acusaron a la política estadounidense en la región de causar el incidente.

Desde 2009 Obama ha enviado diplomáticos y ha restaurado a su embajador en Damasco porque sabe de la trascendencia de Siria y su papel clave para un mejor porvenir en la región y ha buscado encontrar puntos de mutuo interés para reducir la tensión y promover la paz.

Aún así, tras el asesinato del Primer Ministro libanés, Siria perdió legitimidad como interlocutor, ganándose el desprecio y recelo de muchos países. Un aislamiento que explica en parte el acercamiento a Irán y a Palestina, su papel pan-árabe y la expansión de sus relaciones diplomáticas con otros interlocutores como Latinoamérica o China.

Irán y la revolución islámica

La historia de amistad entre Siria e Irán se remonta a 1979, año en el que la Revolución Islámica que acabó con el Sha de Persia se unió al reconocimiento de Israel por parte de El Cairo para reposicionar a los jugadores en la partida que se juega en Oriente Medio.

Irán no puede permitirse perder a su único aliado regional. Además de ser el único país árabe que le ayudó en la larga guerra con Irak en los años ochenta, Damasco representa para Irán el epicentro de su política exterior para la región. Si Siria se debilita, Teherán perderá influencia en Líbano y Palestina. La rama alauí dominante en Siria está muy cerca del chiísmo, una razón más para explicar la influencia iraní en Damasco y su denunciada intervención durante la represión que se lleva a cabo desde hace semanas en todo el país árabe.

No parece que Bachar el-Asad piense reformar en esencia el régimen que heredó de su padre, pese a vender un mensaje de cambio, lento pero reformista. Y lo que es más grave, tras más de mes y medio de protestas, no desiste de la opción represiva, encabezada por violencia indiscriminada incluso con armas pesadas, acompañada de detenciones masivas, para calmar a un pueblo que cada vez es menos el suyo. Y este camino parece sin sentido siquiera para la propia clase dominante siria, pues si el miedo causado en la población pretendía disuadir, la enésima demostración de represión parece haber demostrado que muchos sirios quieren llevar la revuelta hasta el final. Sin embargo, ni EE UU, ni la UE, ni Turquía, ni Israel, ni Irán, ni los vecinos se atreven a querer un vuelco del régimen.

Pese a ello, la UE ha anunciado un embargo a la venta de armas y material antidisturbios y la paralización del proceso de establecimiento de un Acuerdo de Asociación con Siria. A esto se añade la lista negra que veta la entrada en la UE y confisca los bienes en territorio comunitario de algunos afines al régimen, incluido el hermano del presidente, hombres fuertes de la Guardia Republicana, el espionaje y la inteligencia militar, y un magnate sirio con intereses en sectores clave. No se descarta ampliar esta lista contra los instigadores de la violencia, incluso llegando hasta el propio presidente.

Así mismo, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha condenado a Damasco y va a investigar las muertes masivas en el país. Sin embargo esta decisión no gozó de la unanimidad deseada por EEUU y Europa, y países del peso de China o Rusia se opusieron a la resolución adoptada.

Aunque EEUU ha impuesto sanciones centradas en personas influyentes del régimen, Obama no ha pedido públicamente la salida de al-Asad, mucho menos una intervención militar. Los cálculos de la Administración norteamericana son muy distintos que en otros casos, en especial Libia. El dirigente sirio no está tan aislado internacionalmente, su mejor capacitado ejército le es más fiel y la caída de su régimen traería consigo una incertidumbre que dejaría más cerca del abismo al equilibrio regional, con demasiados actores potencialmente incendiarios. El intento de aproximar a Damasco y Tel Aviv para formalizar un acuerdo histórico y alejar a Siria de Teherán merece también demasiado la pena. Israel tampoco quiere un gobierno suní, ni un descontrol en la región. Irán no puede perder su mayor aliado, Turquía no desea una frontera en ebullición, y ni siquiera Arabia Saudí ve con agrado más inestabilidad. Además la UE debe presionar al régimen, pero su caída añadiría una cuestión de máxima urgencia y preocupación a la ya recargada y convulsa agenda comunitaria.

La caída del régimen de al-Asad es potencialmente peligrosa. Su salida provocaría grandes interrogantes sobre la reacción de Hezbolá y Hamás. La primera, surgida de una escisión del partido chií libanés Amal, y respaldada por Damasco y Teherán, antiisraelí y antioccidental, es hoy un poderoso partido miliciano que ya demostró su poder de acción en 2006 contra Israel.

Hamás, nacida del rechazo de muchos palestinos hacia la corrupta y “pacifista” OLP es un elemento de enorme influencia en el conflicto árabe-israelí.

Su derrocamiento crearía una chispa religiosa que pondría en juego a las milicias chiíes de Irak, a Irán e incluso la suní Arabia Saudí, sin mencionar la reacción étnica de la amplia minoría kurda, ávida de crear su propio Estado.

Existe demasiada incertidumbre y pone en jaque demasiados núcleos de tensión como para derrumbarse. Quizá esto pueda explicar por qué la represión está siendo tan tibiamente contestada por la comunidad internacional. Los expertos señalan que un cambio en Siria tendría un impacto mucho mayor que las revueltas y cambios acontecidos hasta ahora en el mundo árabe.

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