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Samuel Wanriju se arrojó por el balcón de su casa de Kenia.
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En la madrugada del domingo al lunes Samuel Wanjiru decidió arrojarse por el balcón de su casa de Kenia. Unos meses antes fue acusado de amenazar a su mujer con un Kalashnikov ruso, el fusil de combate diseñado por la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Era el actual campeón olímpico de maratón y uno de los candidatos a batir la plusmarca mundial vigente en la distancia. Algo falló para que en su lugar, decidiera acabar con su vida.
El deporte de elite esconde algo que se escapa del entendimiento de la gente normal. Se cuentan por docenas los deportistas que han elegido el suicidio en lugar de la lucha contra lo que sea que oprimía sus ganas de vivir. El caso de Wanjiru es más sangrante si cabe, ya que decidió marcharse con tan solo 24 años de edad y en la cresta de la elite. Su caso, sumado al de otros tantos, rompe el mito de la trilogía de la felicidad: fama, dinero y poder.
|  Kokichi Tsuburaya
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El nueve de enero de 1968
Kokichi Tsuburaya, maratoniano japonés, no acude a desayunar. Sus compañeros suben a su cuarto y le encuentran tendido sobre la cama y con una medalla olímpica en la mano. La noche anterior se seccionó la carótida con una navaja de afeitar. Su orgullo llevaba herido cuatro años, desde que un atleta británico le arrebató la plata olímpica a pocos metros del final mancillando el honor de su país. Jamás llegó a superarlo.
|  Luis Ocaña
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Luis Ocaña (segundo español en lograr un Tour de Francia) se suicidó entre la depresión y la hepatitis, al igual que Robert Enke, portero de fútbol alemán que se arrojó a las vías del tren poniendo así punto y final a la depresión que sufrió tras la muerte de su única hija. Jesús Rollán, portero de la selección española de waterpolo, no pudo superar su adicción a las drogas y también eligió el camino más fácil, como el recientemente fallecido Alberto León, señalado con el dedo índice en la Operación Galgo.
En muchas ocasiones los ciudadanos anónimos pensamos que la fama sólo viene acompañada de privilegios: dinero, imagen, trabajo, ego... Pero en la trastienda del deporte de elite hay algo que no conocemos, algo que impulsó a dieciséis ciclistas holandeses a perder la vida entre 1987 y 1990. No es oro todo lo que reluce. Ni siquiera las medallas olímpicas.