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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Sideways' ('Entre copas'), de Alexander Payne

Almudena Muñoz Pérez
Redacción
lunes, 21 de marzo de 2005, 04:01 h (CET)
Las denominadas road movie o encandilan o cansan. Agotan o seducen sus diálogos constantes mientras el espectador se ve tan atrapado como si viajara en el asiento de atrás con el cinturón de seguridad bien puesto. Entre copas no es, ni mucho menos, una road movie. Ni tampoco una película que canse. Pero la huida que emprenden esos dos amigos de universidad a bordo de un desvencijado automóvil es tan rítmica y sugerente que cualquier autoestopista cinéfilo abordaría, aun acérrimo enemigo del género.

El cariño que uno siente por esta historia se agradece a la delicadeza de Payne por hacernos ver las mismas anécdotas mil veces contadas, los mismos encuentros, desencuentros, amores y desamores, con cámara certera y un guión de amable sinceridad. Sentir simpatía por una historia que es la historia de todos, de todos los días, es sentirse mejor con uno mismo y con sus propias historias. Aunque sólo sea por un rato. Payne habla de fracasos con humor cuando la sociedad del éxito arrastra a muchos al suicidio emocional; entre nuevos desconocidos, locuras pre-matrimonio, Chardonnay y carreteras secundarias la película se folla, literalmente, al convencionalismo envasado que envía la globalización de conductas, cuyo máximo exponente es sin duda alguna el señor Bush.

Esa falta de miedos y de prejuicios es la que convierte a Entre copas en la cinta especial que podría no haber sido por sus similitudes con tantos y tantos bodrios de autopista y perdedores. Y, con o sin coincidencia, protagonizada por excelentes actores de la olvidada segunda fila. La conversión de tema, género, intérpretes y enfoque secundarios en producto de primera calidad propicia la sonrisa cómplice, el gesto amargo y el brindis que cada momento requiere. Sin precisos conocimientos vinícolas, cualquiera es capaz de apreciar el dorado trasfondo de este caldo, su estriada textura, su aroma a clásico, sus notas de queso de bola con nueces, su sabor impagable.

Tal vez no sea la gran ganadora de los premios más prestigiosos por el brillo de sus competidoras, hechas para fulminar a obras pequeñas como ésta y desbancar la posibilidad de triunfo de los fracasados (o casi) en la sociedad del éxito. Por suerte al público no lo desbanca nadie y podrá permanecer sentado en su butaca, atento a las divertidas curvas de este viaje en coche, tan cómodo que se olvidará de la presión del cinturón de seguridad. Y es ahí, en ese instante de sonrisa fugaz y chispa en la mirada, cuando se aprecia el sorbo de cine y realidad, cuando se alza la copa y se brinda por la película, por los problemas y por uno mismo.

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