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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Alguna dignidad, por fin

Miles de jóvenes en extrema precariedad laboral se echan a las calles de toda España reclamando democracia real
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 16 de mayo de 2011, 08:28 h (CET)
Ante una sociedad y unos gobiernos que ni saben ni quieren castigar a los verdaderos delincuentes que son todos los especuladores que han producido la falsa crisis que nos concierne, la cual ha producido millones de pérdidas de puestos de trabajo y de estabilidad social al todo el país y ha dejado varados en el infraempleo o la precariedad a otros muchos millones de almas, los jóvenes decidieron, por fin, en un arranque de dignidad que muchos esperábamos desde hace años, echarse a las calles y hacerse oír. También había algunos no tan jóvenes, hombres y mujeres dignos que creen no sólo en una democracia real inexistente en España, sino en políticas sociales reales, ésas que no tienen nada que ver con quienes tanto cacarean de ellas: los hacedores de este desmadre que nos ha conducido de la potencia a la mendicidad y de la inmigración a la emigración, como lo es el PSOE por vía directa y el PP por consentimiento.

Los daños perpetrados por los especuladores financieros, con la necesaria corresponsabilidad de quienes destruyeron el tejido industrial de España desde los años ochenta hacia acá, han sido tan enormes que no hay nadie con dos dedos de frente que comprenda por qué no se han perseguido tales delitos y no están las cárceles atiborradas de estos delincuentes de guante blanco. Y, sin embargo, la clase política, en vez de dedicarse a perseguir a estos pillos, endeuda al país con ellos hasta límites intolerables, multiplican las Administraciones, atiborran el Estado de parásitos y ellos mismos, en sus listas, acuden impunemente a pedir el voto, infestados como están de corruptos potenciales y reales, y en la mayoría de los casos sin haber movido un dedo por aclarar los gravísimos delitos que se les imputan.

Con un paro de casi el 50% de los jóvenes menores de 25 años –la generación perdida-, con promociones y promociones de titulados universitarios sin más horizonte que el infraempleo eventual o la emigración, y con una sociedad en abierta descomposición por cuanto los mismos que produjeron esta debacle son los únicos que han recibido ayudas del Gobierno, unos cuantos jóvenes, no muchos pero muy representativos del un colectivo que de aquí en más parece que dispuesto a tomar las riendas de su porvenir, llenaron las calles de muchas ciudades españolas de un festivo arranque de dignidad que nos eleva a todos, especialmente en estos días de borreguismo radical en que los acomodados sólo quieren oír hablar de que va a ganar su partido por corrupto que esté, de anacrónicas derechas o izquierdas que ignoran la realidad, o democracias que ignoran la democracia real.

Y como demostración de que realmente estaban allí los excluidos de la sociedad, los despreciados de los poderes, los jóvenes de cuerpo y de alma, sólo tuvieron ante sí la ignorancia de los gobernantes y la violencia policial de los antidisturbios, evidenciando que para ellos, los que protestan contra este sistema de sisa sistemática de derechos y oportunidades, sí que hay represión a manos llenas, mientras los domesticados e indignos sindicatos o los rebaños de cada partido, gozan de, en vez de los antidistubios, los auxilios de Protección Ciudadana o de las ambulancias de la Cruz Roja. ¿Cabe pensar que en un Estado de Derecho o en una democracia real un policía, pongo por caso, pueda apalear impunemente a un ciudadano que ejercita sus derechos en la calle?... La respuesta, claro, es que no, bajo ninguna excusa, sino que está perpetrando un delito. Si la intervención fuera debida a que un o unos ciudadanos han delinquido en alguna forma, lo que deberían haber hecho es detenerlos a ésos y respetar a todos los demás; pero la prueba, como siempre sucede con quienes son críticos con el sistema, es que para reprimirlos valen todas las artimañas, incluidas las ilegales. Hubo, pues, violencia en algunos casos, aunque poca, porque en algunas de las ciudades españolas hubo más policías que manifestantes. Lástima que en las manifestaciones proetarras, por ejemplo, no suceda algo parecido y se les vea siquiera a los antidisturbios. Pero no es lo mismo, ni mucho menos.

En fin, que para el sistema fue un día insoportable que algunos jóvenes elevaran sus gritos contra el bipartidismo que representa los dos brazos de la misma bestia, contra el voto inútil de más de lo mismo, contra la ausencia de derechos y oportunidades de los jóvenes y los subtitulados, contra el infraempleo de que se valen las grandes empresas para pagar menos y despedir más, haciendo negocio adicional en el río resuelto de la falsa crisis, y contra una sociedad y un Gobierno que, además de ignorarlos, les invita con propaganda telediaria a marcharse lejos, a otro país, diciéndoles por pasiva que en España no caben, que aquí no les quieren, que aquí están de más y que aquí sólo les queda espacio para la desesperación y para que los antidisturbios los apalicen si se desmandan.

Triste, triste del país que exilia a sus jóvenes y a sus mentes más brillantes, y triste de los ciudadanos que con sus meros actos de ir a votar aplauden eso. Sin embargo, a la vista está de que es eso exactamente lo que desean los principales partidos en teatrera lucha, naturalmente con el aplauso generalizado de sus adeptos y de quienes el día 22 se levantarán de su aburrimiento para el dar el sí a esta política indigna con su voto. Como es lógico, a partir del día 23, tendremos cuatro años de más de lo mismo…, si llegamos. Adempero, tuvimos un día de luz entre tanta tiniebla, una día en que se gritaron muchas verdades en las calles mientras en los mitines se mentía…, ¿cómo era?..., ¡ah, sí!: como bellacos. Algo es algo.

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