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Alegría

Matar la alegría es muy sencillo, todos la hemos fusilado más de una y más de mil veces, mutilándonos emocionalmente sin motivos
Borja Costa
@costaborjablank
lunes, 16 de mayo de 2011, 08:19 h (CET)
La alegría es uno de los sentimientos más sencillos, más llanos. Es casi como una de esas personas que, aún albergando grandes claves en el interior de su mente y corazón, posee siempre un cierto aire idiota que le hace parecer algo de segunda fila a nuestros ojos soberbios. No es, por supuesto, un gran pensamiento compuesto de múltiples formantes, y, quizás a pesar de ello o muy probablemente por esto mismo, no es accesible a todos los mortales en la misma medida que lo puedan ser el miedo o el odio, mucho más elaborados y frecuentes: es tan solo una alegría desprovista de motivos, de causas, de objetos. Yo no me he llevado nunca demasiado bien con esta alegría, todo hay que decirlo, a pesar de ser la etiqueta con la que designamos una de mis plantas favoritas o el único palo del flamenco que escucho con sencilla y verdadera satisfacción, aunque la cosa parece que va cambiando desde hace un tiempo. No lo del flamenco, que sigo manifestando hacia él sentimientos contradictorios, ni en lo tocante a las plantas, a pesar de que los pensamientos en flor y ese curioso semi-árbol del tomillo compitan en atraer mi atención botánica, si no en lo que respecta únicamente a esa elemental emoción humana cada vez más frecuente en mí.

Como parte de lo más básico del hombre, una de sus características es que el que la siente puede reconocerla, definirla y experimentarla sin necesidad de identificación previa, y, como todas las demás, puede ser alimentada o aniquilada mediante el proceso intelectual que guíe a cada uno de nosotros en cada momento. Matar la alegría es muy sencillo, todos la hemos fusilado más de una y más de mil veces, mutilándonos emocionalmente sin motivos (porque no existe ningún motivo coherente que nos lleve a no querer vivir con una sonrisa), pero más fácil aún resulta potenciarla y agrandarla. La cosa es bien sencilla, y un buen paisaje, una buena comida, una buena mano, nosotros mismos sabemos siempre cuales, nos ayudan a hacer ese camino.

De entre todos los placeres que utilizamos para acrecentar nuestras emociones, sin duda la música juega un papel importantísimo en un alto porcentaje de la población. Hay algo en ella que la hace diferente a estos efectos, tal vez relacionado con su inmaterialidad, que afecta directamente a nuestro centro emocional, si bien no toda ataca por igual a nuestro yo. Disciplinas médicas que trabajan a un nivel sónico han establecido ciertas pautas de referencia, donde resulta evidente que esa mal llamada “clásica” afectará más a un nivel espiritual, de pensamiento más desarrollado, mientras que otros lenguajes más sencillos como el rock o el pop harán su trabajo a un nivel emocional más básico y superficial, no intelectual, y quizás sea por eso que si los gustos en el primer grupo suelen forjarse a lo largo de los años, de manera reflexiva, con un conocimiento adquirido siempre acumulable, los segundos suelen ser más viscerales, caprichosos, espontáneos. Atendiendo a esto, creo que hay en mí una canción única para cada época de alegría, quizás dos, tres, un número muy reducido en todo caso, escogida casi siempre en función de que dispare mi estado de ánimo hacia arriba, y si entre los nombres habituales suelen estar los grandes clásicos del rock, en esta ocasión me ha dado por escuchar obsesivamente a los Antònia Font, formación que vuelve a estar hoy en boca de todos como parte de este pequeño movimiento que está haciendo brillar nuevamente la música en catalán, alejando al público aunque sea brevemente de los aburridos, absurdos y malsanos prejuicios lingüísticos.

Alegría.

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