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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las elecciones, ¿nos fiamos de los políticos?

Descartemos la solución providencial. La de un hombre que surge y lo arregla todo
Miguel Massanet
lunes, 16 de mayo de 2011, 07:25 h (CET)
Uno de los más preclaros poetas catalanes, ganador de l’Englantina en los Juegos Florales de Barcelona del año 1.894, Juan Maragall i Gorina, hombre influido por la corriente novecentista y periodista independiente publicó, en 1902, en el Diario de Barcelona, un artículo titulado “La patria nueva” que originó una importante polémica que le costó ser procesado. En él dejaba reflejado el siguiente pensamiento: “Descartemos la solución providencial. La de un hombre que surge y lo arregla todo; esta solución cabe esperarla siempre, a condición de no contar nunca con ella”. Y, cuando nos encontramos en el Ecuador de esta aburrida, inacabable y previsible campaña electoral, previa a las elecciones del próximo día 22 de mayo, no podemos menos de intentar reflexionar sobre las palabras del eximio Maragall e intentar encontrarles el sentido, a la vista de lo que les escuchamos decir a los distintos candidatos a tenor de sus esfuerzos por promocionarse, ofrecerse o, si se quiere, venderse a los electores, intentando demostrar que él y, no los otros de la competencia política, es el que, de verdad, posee la alquimia necesaria, el vellocino de oro, que le permite tener más méritos para satisfacer las demandas de los conciudadanos.

Deberíamos empezar por dejar constancia de un hecho: es imposible de todo grado satisfacer a todos. Las necesidades del pueblo son tan abundantes, variopintas y están influidas por tantos factores diversos, que sería una hazaña para cualquier gobernante encontrar la cuadratura del círculo que le permitiera satisfacer a todos a la vez. Partiendo de esta premisa que, obviamente, conoce todo aquel que se ha metido en política, podremos observar que son escasos aquellos candidatos que entran en la problemática ciudadana y enumerar los temas que va a procurar resolver si es que consigue la confianza de los votantes. Se limitan a hablar de conceptos generales, de proyectos globales, generalizando y sin exponerse a adoptar demasiados compromisos, buscando los temas que sabe que serán bien recibidos por el auditorio y, en todo caso, buscando su complicidad, prometiendo que, lo primero que van a hacer, será preocuparse por conseguir mejoras para los pobres ( hospitales, servicios, parques, residencias geriátricas etc.), encargándose de insistir en su plena dedicación a servir al pueblo, en su reconocida honradez y en su lucha decidida y constante en dar al pobre arrancándoselo al rico. Una lección que repiten como cacatúas siempre que pueden.

Si ustedes se toman la molestia de ir comparando los programas electorales de las distintas formaciones políticas, empezando por la extrema derecha y acabando por la extrema izquierda, podrán comprobar que están, con pequeñas variantes y utilizando distintos enfoques para expresarse, cortados por el mismo patrón ¡promesas, promesas y promesas de eficiencia, entrega, preocupación por los desheredados de la fortuna, buena administración de los impuestos, rebajas de las tasas, mejora de la asistencia sanitaria y todo un reguero inacabable de proyectos! Proyectos que todos saben que será imposible llevar a cabo y que, cuando ocupen sus puestos en los distintos lugares en los que puedan ejercer su parcela de poder, no tendrán más remedio que adaptarse a las imposiciones de la realidad que es, en definitiva, quien marca los límites.
Creo, señores, que si yo tuviera la locura de presentarme para un cargo público; si me cogiera la insania de aspirar, por ejemplo, a una alcaldía; no me ofrecería, como decía el señor Maragall en su mentado artículo, como el hombre “que surge y lo arregla todo”, ni como el que tiene la “solución providencial”, para arreglar todo lo que, sus predecesores en el cargo, fueron incapaces de solucionar durante su mandato. Es obvio que, el actual desprestigio de la clase política, en general, proviene del cansancio, del agotamiento de la confianza, del resentimiento por los sucesivos incumplimientos de las promesas que nos hicieron los políticos y que, el tiempo, se ha encargado de demostrar que no eran más que señuelos, engaños y artificios, para conseguir nuestro apoyo electoral. Huelgan todos los mítines; sobra toda la parafernalia de espectáculos mediáticos, donde los fanáticos de turno arropan, con griterío y banderolas, a los candidatos de sus respectivos partidos. El hecho de que, cada vez que hay que votar (demasiadas veces cuando la economía requeriría que, de una vez, se designaran: al presidente de la nación, a los parlamentarios y senadores –con la mitad serían suficientes – y a los gobiernos de las CC.AA, a los alcaldes y ediles de los ayuntamientos; de modo que, de una tacada y sin tantas alharacas ni despilfarros, el ciudadano votase a todos aquellos que, en las distintas empleos, le debieran representar.

Creo que mi oferta sería muy escueta, mi mensaje carente de abalorios y lentejuelas y mis promesas, solo una: “ Señores voy a hacer lo que me sea posible; no puedo prometerles nada más que pondré mi empeño en hacerlo lo mejor que sepa y, eso sí, procuraré rodearme de personas que sepan más que yo en sus respectivas ramas, para que me aconsejen en mis decisiones” Puede que no consiguiera convencerles y que, al no alargarme en la serie de promesas habituales, consideraran que no era un buen político y no me votara nadie; sin embargo, les puedo asegurar que, a mí, si se me presenta un candidato a pedirme el voto y me dice algo semejante, seguramente que le daré mi confianza; porque, señores, los ciudadanos ya estamos hartos de que nos engañen, de que nos prometan el oro y el moro y luego resulte que todo se va en salvas y engaños; de tal manera que, lo que deberían ser dos millones de empleos más se convierta en tres millones de empleos menos; lo que debería ser una consolidación y unas mejoras de los beneficios sociales, acabe siendo un recorte de salarios y una congelación de las pensiones; que aquellas leyes que deberían contribuir a la solidaridad entre todos los españoles, acaben siendo motivo de distanciamiento y enfrentamiento; que la igualdad de trato para las distintas autonomías se convierta en preferencia para las gobernadas por los del mismo partido del Gobierno y en desprecio y discriminación para el resto; que el respeto a los derechos individuales, que la Constitución garantiza a los españoles, sean vulnerados por leyes impuestas a la fuerza y sin tener en cuenta la sensibilidad y los derechos de la ciudadanía.

España necesita, después de estos años de degradación, penuria económica, derrumbe de nuestra economía y desarme moral; un revulsivo, que empiece por una repaso a la Constitución, una revisión a fondo del tema de las autonomías, para meter en cintura a sus gobiernos y reducir sus traspasos; el estudio de una nueva Ley Electoral que evite que partidos minoritarios, con un número de votantes limitado, puedan imponer sus exigencias a los partidos mayoritarios, que han merecido la confianza de la mayoría de los votantes ¡Abajo la ley D’Ont! Es preciso que se imponga la cordura por encima de exigencias absurdas de los Sindicatos, a los que, por cierto, se les debería obligar a que se financiasen de sus afiliados y no a costa de los impuestos ciudadanos ¡así se ocuparían de lo que les corresponde y para lo que fueron creados, en lugar de ir enriqueciéndose a base de subvenciones estatales! En fin, señores, que ya es hora de que nos rebelemos contra esta clase de los políticos, para enseñarles que, en política, lo que importa no es enriquecerse, sino, trabajar en beneficio de los ciudadanos; algo que, a la vista está, no parece que les importe demasiado. O esto es, señores, lo que yo opino.

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