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Extraños cambios

José Jiménez
Redacción
jueves, 24 de febrero de 2005, 23:09 h (CET)
LO verdaderamente llamativo no es que el mundo en el que vivimos, pese a disponer de tantas posibilidades materiales o técnicas, haya hecho, en realidad, tan pocas cosas sólidas y hermosas, y tantas como para un día, y tan horribles. Pero aún hay algo mucho más extraño.

La chapuza, o los no bien logrados resultados de lo que se hace, siempre tuvieron lugar en el mundo, como es lógico. El «tente mientras cobro», como dice el refrán, las diversas clases de construcciones aparatosas sin cimientos, los zapatos que no ajustan aunque sean de pieles sublimes, y un largo etcétera son cosas tan viejas como el hilo negro. Y tiempos de «¿Viva Cartagena!» y todo vale, o de meter la propia cuchara en cualquier olla para presumir de ser un entendido o para convencerse uno a sí mismo de ello, o de afiliarse y tomar partido o cofradía, por lo que sea y con tal de estar entretenido y no tener que pensar por cuenta propia, tampoco son cosa de ayer por la mañana. Y esto desde los tiempos de Bizancio hasta los del Real Madrid o el Barcelona, y canovistas o sagastinos, para no andar señalando más cerca en estos asuntos de la política, ni tampoco en otros de los que no se entiende ni media palabra, porque requieren una alta calificación y saber; pero sobre los que los diversos medios pueden preguntarnos en cualquier momento nuestra decisiva y, por lo visto, respetable opinión.

Así llevan ya siendo mucho tiempo las cosas, y cada uno lo sobrelleva a su manera, y como puede. Pero lo que parece que ya sobrepasa la raya de lo prudentemente esperable es que, pese a todas esas casi inevitables inclinaciones de la especie, a la vez, se admita tranquilamente cualquier cosa, sobre todo si es la contraria de lo que se ha hecho hasta el momento; así se trate de hacer pasar la más horrible fealdad o la más reluciente vulgaridad o brutalidad por una maravilla, y las mendacidades más obvias, como relucientes verdades e informaciones privilegiadas. Con tal de que lleven la estampilla de un cierto color o la divisa de una cierta ganadería, o un simple eslogan como el ahora triunfante de la modernidad que, para la inmensa mayoría de las gentes, es la pura actualidad del calendario, ya se está ante una denominación de origen de toda confianza. Y, frente a la mera mención de esa señora, se actúa como los viejos inditos a quienes, cuando se les mentaban unas cuantas gargantillas de cristal, soltaban el oro que hiciera falta para adquirirlas; aunque no había ningún misterio en ello, como no lo hay tampoco ahora en estos otros trueques, porque lo nunca visto y el mundo al revés son gargantillas de colores que trastornan siempre, y valen todo el oro del mundo y que echemos la casa por la ventana.

Preciosas sillerías de castaño o roble con asiento de anea se han cambiado por muebles de formica y pasta de madera, y preciosas iglesitas han sido convertidas en garajes o cosa parecida. El éxito de lo nuevo, y sobre todo si es exactamente lo contrario o totalmente diverso que lo que venía siendo, no tiene por qué ser racional, le basta y le sobra el prestigio de su novedad. Y no cabe argumento, ni hecho, que muestre que eso que se tiene por nuevo se ha repetido ya hartas veces en el mundo, que los hombres somos los hombres, y que no hay más registros que los que hay, que se van representando sucesivamente. Lo que hay de verdaderamente nuevo en ese mundo nuestro es demasiado atroz: una técnica y una burocracia más perfectas, y la decisión de liquidar la 'fábula antropológica' -todo otro concepto del hombre que no sea estrictamente biológico sería esa fábula-, y la introducción de la muerte racionalizada en la idea de progreso, que viene del pensamiento científico perfectamente autónomo, y se convirtió en la práctica política del Estado-Granja y en el ideal del Holocausto, y están en la misma longitud de onda cultural que nuestra cultura de ahora mismo.

Y ya sé que no debe nombrarse todo esto, que es la 'bicha'. En sociedades tan llenas de lirismos y optimismos como la nuestra, no se debe mentar lo que hay debajo, pero es que está ahí, e incluso ya a la vista, y lo único que podemos hacer, si no queremos verlo, es lo que los camaradas chinos hicieron cuando arreglaron los termómetros públicos para que nunca pasaran de los treinta grados, y así cumplir la ley de protección de los trabajadores que quedaban eximidos de presentarse al tajo en cuanto se superaban esas temperaturas. Es decir, engañarnos. Pero lo que pasma, de todos modos, es que haya tantas gentes tan vaciadas de las que parecían convicciones profundas, y tan dispuestas a ponerse encima cualquier cosa. Se mire por donde se mire, resulta verdaderamente extraño, para cualquier observador, estar como asistiendo a una ópera bufa en la que todo sucede como si los personajes, nosotros los españoles en este caso, no 'fuéramos' algo, sino que, simplemente 'estuviésemos' esto o lo otro, según los aires, y según voluntarismos, y aun delirios. Y esto hasta en la vida pública.

Hubo una especie de soterrado manantial o pequeño Guadiana de concordia y armonía que afloró hace unos años -raro asunto entre españoles-, y a algunos pareció que ya íbamos a ir todos por la senda lírica de la transición o trashumancia hacia benévolas y racionales praderas. Pero espejismo parece ahora, y más seguro es que sólo fueron aprensiones, y que seguimos en la modernidad del pasado más oscuro, con gola de gargantillas de colores simplemente.

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