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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Alguien calculó mal los efectos de la revolución en África

Aquellas revueltas que fueron bendecidas y celebradas desde las izquierdas
Miguel Massanet
viernes, 13 de mayo de 2011, 22:50 h (CET)
Aunque sea salirme de la ortodoxia (algo que me importa un pito) y haga referencia a uno de mis artículos, publicado en diario Siglo XXI, el 1/2/2011, titulado “El Islam en llamas”; me van ustedes a perdonar que reproduzca algunos pasajes por estimar que, los hechos que se están produciendo, en la actualidad, en los países donde se inició la revuelta popular en el norte de África, especialmente en Egipto, estaban ya anticipados en aquel pequeño análisis de la situación creada por aquellas primeras revueltas que, con tanto ardor, fueron bendecidas y celebradas desde las izquierdas de nuestro país y, en especial, desde el gobierno del señor Zapatero y su Ejecutivo, que alabaron la valiente iniciativa de aquellos jóvenes que alguien, algún iluso sin duda, pensó que se había producido por generación espontánea, sin preparación alguna y sin que, detrás de aquellos “salvadores de la patria” no estuviera escondida la larga zarpa de algún grupo interesado en fomentar la inestabilidad de países como Túnez, Egipto, Yemen, Marruecos, Siria o la misma Libia del señor Gadafi.

“Es fácil que los mensajes revolucionarios y de odio hacia los presuntos responsables de su penuria cuajen, con facilidad, en estas poblaciones incultas, fanáticas y sometidas a las intemperancias de climas adversos, que se ven obligados a luchar cada día para poder sobrevivir”, escribía, en un intento de justificar el inicio de aquel levantamiento. En otro lugar añadíamos: “…bajo sus alfombras de Persia, se estaban encendiendo los fuegos del descontento y las raíces de la revolución, sin duda atizados por hábiles activistas y por los largos brazos de los fanáticos islamistas que han ido encendiendo el odio, el rencor y el integrismo para que las masas, este fenómeno que tiene sus propias reglas y que nunca se sabe en lo que acabará, se pusieran en marcha e iniciaran la revuelta de Túnez”. Más tarde comentábamos nuestra impresión sobre lo que era el entusiasmo de las izquierdas en nuestro país: “Las izquierdas, y entre ellas las de nuestro país, están encantadas con estas revueltas para superar la opresión; para que el pueblo recobre sus derechos; para erradicar la pobreza y expulsar a los dictadores que se enriquecen a costa del pueblo y lo tienen sometido a la miseria. Basta ver nuestra TV pública, escuchar los comentarios de los locutores/as, encendidos de entusiasmo por las rebeliones de las masas; atender a la corresponsal de la TV1, la señora Rosa Molló, darnos cada día una conferencia sobre lo buenos que son los revoltosos y lo malos, malísimos que son sus gobernantes”

En efecto, señores, todos estos “profetas” pensaban que, en el norte de África, se instalaría el progresismo comunista y que, con ello, se afianzaría en España la posición del gobierno socialista, del que “tantos beneficios” conseguían en forma de enchufes, subvenciones, regalías y demás bicocas propias de un régimen totalitario que domina los resortes de la propaganda y los medios de comunicación. Por esto nos preguntábamos: “¿Hay alguien, medianamente sensato, que se crea que las consignas que se dan, desde Internet, incitando al levantamiento de los islamistas (o del pueblo que, para el caso, tratándose de musulmanes viene a ser lo mismo) ha sido fruto de la coincidencia?” y reflexionábamos: “¿Estará prevista la llegada de un oportuno El Mahdi, que aúne a los islamistas revolucionarios y los conduzca a la yihad, la guerra santa contra los infieles de occidente?”.

Pues bien, estos días podemos comprobar como ha ido evolucionando aquel levantamiento popular, aquella revolución de progresistas entusiastas; de universitarios que querían que se les diera el poder y de ciudadanos engañados y convencidos de que su futuro se estaba jugando en aquella revuelta, en la que los ricos se convertirían en pobres y ellos, los pobres, los miserables, serían encumbrados a una vida muelle. Si, en Libia, se está desgastando la credibilidad de la OTAN para acabar con el señor Gadafi, si lo que se estimaba que duraría una semana se está prolongando más de lo debido, con un alto coste de sostenimiento de la maquinaria bélica utilizada para doblegar al dictador y, los progresos, no parece que todavía se vean por ninguna parte y, por otra parte, da la sensación de que se ha empezado una guerra sucia en la que se ofrecerá recompensa por la captura de Gadafi lo que equivaldría a desobedecer al mandato de la ONU que no permitía ningún raid de efectivos o comando terrestres sobre el suelo de Libia. ¿Qué pasa?, ¿es que vale todo?, ¿incluso infringir las leyes para desalojar del poder a un tirano y, sin embargo, no parece que nadie se atreva a actuar contra el presidente Sirio, El Asad, mientras sus carros de combate disparan sobre la ciudadanía?

Pero es en Egipto, el Egipto del señor Mubarak, el odiado dictador, aquel contra el que el pueblo se levantó para ocupar la plaza Tahrir y cuyo ejército no disparó ni un tiro contra la multitud; donde no parece que los efectos de los revolucionarios hayan conseguido nada positivo. Veamos, la prensa nos da datos como para pensar que tanta revuelta, tantos gritos y alharacas, no han servido para nada que no sea empobrecer más al país y a sus gentes. Hay inseguridad y hay crisis. Los Hermanos Musulmanes están a punto de hacerse con la mayoría del nuevo Parlamento por medio de su nuevo partido “Libertad y Justicia”. Pero parece que todo el peligro de islamización de Egipto no está solo en los Hermanos Musulmanes sino que se barrunta un renacimiento del salafismo, la corriente más extrema del islamismo. Parece que esta secta de exaltados son los responsables de los asesinatos de cristianos coptos y de las recientes quemas de templos cristianos algo que, el nuevo gobierno interino, no parece capaz de detener. Parece, incluso, que desde los sectores laicos, aquellos que pensaron que conseguirían, por medio de la revolución, la implantación de un régimen democrático, ya están empezando a dudar de lograrlo. Es posible que alguien ya añore al “tirano” Mubarak.

Los propios jóvenes que, sólo hace unos meses gritaban por la revolución, como Mohamed, ya comentan decepcionados: “Este país se está hundiendo en el fango”. Pero veamos algunos datos sobre la situación actual de Egipto, para que nos acaben de ilustrar sobre cual es el estado real de aquella nación. Resulta ser que el PIB es el más bajo desde el año 1.992, siendo la previsión de incremento para el periodo 2010-2011 un escuálido 1%; el déficit estimado es del 8’5% y la previsión es que alcance el 10%; el turismo se ha desplomado completamente, siendo la recaudación de febrero de este año 375 millones de dólares, cuando la del año 2010, en estas fechas, alcanzaba los 825 millones de dólares; las reservas se han quedado en 25 millones de dólares cuando en enero de este año sumaban los 40 millones y, por si faltara algún factor para acabar de completar el panorama económico de los egipcios, resulta que la inflación está, en el mes de marzo, en el 12’1% y, por lo que respecta a los precios de los alimentos, ha alcanzado, en el periodo enero a abril del corriente año, la cifra de un 21’7%.

Nos gustaría que la entusiasta defensora de la revolución egipcia, señora Rosa Molló, que enaltecía el levantamiento popular en Egipto, nos explique ahora dónde está su optimismo y en qué basaba su satisfacción. El peligro se centra en que, al final de toda esta peripecia, se instale en el país una situación de inestabilidad, se produzcan enfrentamientos religiosos y sectas, como los salafistas, conviertan al país en un lugar inhabitable. Una situación explosiva que es muy posible que se extienda a países cercanos, como el Yemen. Claro que esta es solo mi opinión.

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