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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Campaña electoral

La política es el arte de convertir a los hombres libres en esclavos voluntarios y a los inteligentes en imbéciles. Yo mismo
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 13 de mayo de 2011, 22:00 h (CET)
Me harta, aburre, cansa la política y los políticos, sus mentiras y mediocridades, sus chanchulleos para enriquecerse a sí mismos o a su partido y su afán de protagonismo. Poco o nada de cuanto hacen o dicen es honesto y, mucho menos, verdad, y la misma Historia, a quien está más o menos instruido, confiesa con letras mayúsculas tanto que los supuestos héroes no eran más que genocidas o que no ha habido ni un solo político de cualquier esquina del mundo que no haya llevado a sus pueblos al desastre, en el mejor de los casos. Nada es verdad en este ámbito, sino sólo versiones de quienes han controlado a la sociedad, que al final es el meollo de la cuestión.

Me cansan, hartan y aburren sus discursos vencidos, caducos, prescritos, su invocación oportunista a unas izquierdas o derechas que no caben ya en el orden actual, sus manidos mensajes americanoides, sus besuqueo de niños, el desplegar de sus colas de pavorreales en mitines de adeptos y su prosodia de soberbio nihilismo que vitupera y humilla a cuantos no piensen como ellos y no les regalen una vida de lujo y relax en el Olimpo del poder. Me hiere su cortedad, me ofende su minúsculo argumentario y me asquea que puedan, con total impunidad, hacer blanco donde juraron hacer negro. Su verbo reversible y su locuacidad de vendedores de gangas, no es sino el distintivo de estos mercachifles que son capaces de jurar una cosa y su contraria, porque no tienen mucho más que los globos mitieneros con que adornan y seducen a las masas menos cualificadas, que pancartas diseñadas por terceros o que discursos escritos por negros para exacerbar la estupidez de los dispuestos. Nada en ellos en verdad, ni ellos mismos siquiera.

En estos días de campaña electoral la cuestión se hace particularmente indigesta. Están en todas partes, y hasta han convertido las televisiones en fregaderos de salsas de colores, al modo y usanza de aquéllas otras infaustas de las del corazón, donde los voceros a sueldo de las tendencias imparten de forma económica en el gallinero del supuesto debate las consignas pseudoideológicas del partido. Programas baratos, de cotilleo, donde cada cual exhibe las miserias del adversario y defiende numantinamente –mintiendo- el buen nombre del propio, ya sea justificando lo injustificable o admitiendo con la boca pequeña que está mal, pero mucho mejor que lo de los otros.

No sé qué utilidad tuvo la política, tal y como hoy se entiende, en otras etapas de la Historia, aunque supongo, que habida cuenta de la sangre que chorrea en los renglones de sus epítomes, fue mucha y toda mala, únicamente produciendo sangrías que no sirvieron para nada, sólo porque algunos pillos se hicieran con el solio del poder; pero hoy no tiene función alguna. Los gobiernos de hoy no gobiernan, no porque se deban a macrogobiernos, sino porque se deben al dinero, que son los gobiernos que no tienen sede ni ocupan cargos ministeriales. Son correveydiles, mensajeros, delegados de quienes ni siquiera tienen DNI, encargados de mantener el orden y la recaudación establecida.

Conmueve ver el amor de tantos gobiernos del mundo por sus ciudadanos y el cariño con que les dedican esa animalidad policial que les retiene en el abrevadero, no sólo a la hora de disolver manifestaciones a golpes de porra y bala de goma, sino también cuando producen un arresto, tal y como vemos en la sede del Imperio con harta frecuencia, donde úrsidos uniformados pueden placar o tirotear a una dama desarmada, simplemente porque a su plantígrado entender se ha desmandado del rebaño.

La libertad, según lo veo, no precisa de pastores; la inteligencia, según la entiendo, no precisa uniformarse con ningún credo; y la ciudadanía, según creo, no necesita justificarse con nada ni con nadie, sino con uno mismo. Por mi parte, por deontócrata, no quiero votar a partidos infestados de corruptos reales o potenciales, sino a personas que hayan demostrado su bonanza y su capacidad de trabajo y servicio a la sociedad. Lástima que ninguno de ellos concurra a las elecciones. Si viviera en cualquiera de esos muchísimos países donde la democracia es dictadura y votar obligatorio, lo haría, siquiera fuera en blanco; pero como lo hago aquí, prefiero quedarme en casa y disfrutar del espectáculo de ver cómo mis conciudadanos se condenan a sí mismos a ensalzar hoy a quienes lamentarán haberlo hecho los próximos cuatro años.

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