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Elogio de un anarcosindicalista

Perspectivas múltiples sobre un (libre) pensador del tebeo español
Borja Costa
@costaborjablank
lunes, 9 de mayo de 2011, 07:46 h (CET)
Es un hecho probado que no puedes volver a tu hogar, ni bañarte dos veces en el mismo río, ni cruzarte - nunca más - con la misma persona, de manera que no sabría decir si este feliz reencuentro que estoy viviendo con Carlos Azagra, precisamente por ser positivo, debe más a los cambios que el paso del tiempo ha dejado en mí o a los que alcanzo a ver sobre la obra del dibujante: creo que ambos colaboran bastante para que reconozca hoy en él a uno de los talentos más brillantes del arte gráfico español, cuando hace unos quince años le perdí la pista de manera absolutamente voluntaria, motivado por la sencilla cuestión de que, entonces, su nombre y su trazo me provocaban verdadero rechazo.

En lo que respecta a mis cambios, creo que el principal ha sido entender que, a pesar de que no me gustan las reivindicaciones poco formales, existen gritos determinados que son absolutamente necesarios en una sociedad que paulatinamente va perdiendo sus conquistas en cuanto existe la mínima excusa para ello, una sociedad víctima de la apatía y del tedio, y cuyo principal problema, más que la pérdida del bienestar, es haber vivido en una situación que nos dejó a todos adormecidos (fuera, esta situación, la del llamado “bienestar” o no, porque hay que decir también que no todos debemos nuestra felicidad a tener asegurado el crédito hipotecario y similares), y por eso si antes apartaba cándidamente la vista de unas viñetas cargadas de tinta y contenidos, ahora me maravillo y me pregunto qué sería de nosotros si toda la gente que se dedica a luchar por una reacción social dejara de hacerlo.

El hacer este pacto de simpatía con Azagra me permite ahora igualmente acercarme a su obra desde perspectivas más allá de la ideológica, y descubrir todo aquello en lo que él también ha crecido, y comprobar que si antes sus personajes tenían un nombre propio e insistían insidiosamente en los puntos concretos de su discurso, ahora los ha convertido en unos fantásticos personajes innombrados (que no anónimos) que alcanzan sus mejores momentos tanto mayor resulta la no concreción de su lenguaje (nada mejor que un círculo de ovejas apacibles que dan vueltas y más vueltas mientras duermen, siguiendo las flechas que alguien les ha pintado en el suelo), y que, situados generalmente en un espacio irrealmente opresivo como la realidad misma, subsisten como víctimas irredentas de nuestro propio sistema político.

Haciendo uso para ello de una estética que cabalga a puente entre la sencillez del tebeo más autóctono y la más tradicional de la publicidad de los movimientos sindicales (cuando ambos, sindicatos y publicidad, eran términos que designaban realidades menos adocenadas), con un uso más que creativo de la perspectiva y el diseño de página, sus fondos de multitudes sin rostro, grises y silenciadas, confrontan con coloreados personajes en primer plano que, estos sí, exponen sus pensamientos, y aderezando todo casi siempre por objetos tales como relojes que te invitan a reaccionar: “es la hora”. Aunque no todo es bullicio y grito en la obra de Azagra. A veces, sus personajes también se quedan solos, y es entonces cuando únicamente los edificios del horizonte de la ciudad acompañan al desamparado en la soledad de la noche: zooms paulatinos hasta un desgarrado primer plano cinematográfico que pone la buena técnica al servicio de la creación más expresiva. De la audaz. De la necesaria.

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