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Etiquetas:   El día de la marmota   -   Sección:   Cine

Moby Dick

A la caza de la ballena blanca
José María Blázquez
sábado, 7 de mayo de 2011, 22:59 h (CET)
Estoy viviendo unos días de inmersión en la cultura y educación alemanas en la ciudad de Oldenburg, uno de esos pueblos que todo el mundo dice que es ideal para formar una familia o, en otras palabras, un lugar aburrido donde no puedes hacer nada más allá de las 8 de la tarde. Hace un rato, salí de la ducha del hotel y, como se me ocurrió viajar con equipaje de mano y no tengo muchos recursos, me enrollé momentáneamente una toalla a la cabeza. Al mirarme al espejo me he dado cuenta que probablemente para el americano medio, todos éste aspecto son talibanes. Aseguré la puerta y compruebo al mirar por la ventana que aparentemente ningún helicóptero se acerca. ¿Qué habrán hecho en Pakistán realmente?




Una imagen colgada en Twitter de la noticia dada por la cadena FOX.

Cuando Barack Obama hablaba ante los medios espetando su “esta noche se ha hecho justicia”, yo estaba literalmente tirado en el aeropuerto de Girona intentando dormir a medio camino en un viaje que duraría 24 horas de reloj. La palabra ‘justicia’ se utiliza con demasiada ligereza. Sobre todo cuando proviene de un país que se distingue por su cantidad de asesinatos políticos y civiles en tierra ajena, una fábrica de terrorismo y crispación que deja a la ‘Casa Blanca’ (o central lechera como la llaman algunos) del madridismo esta temporada como una mera anécdota. Varios presos se radicalizaron tras su paso por Guantánamo. Algo que para el Pentágono ha sido entendido como una reincidencia del 5 al 13% en los liberados, lo que ha provocado la oposición al cierre de la prisión. Años de aislamiento y tortura para gente que en muchos casos es completamente inocente de los cargos que intenta imputarles un país extranjero que se cree con derecho a pisotear los derechos más fundamentales para conseguir sus propósitos, es una buena razón para sentir, como poco, un cierto rechazo. El fin justifica los medios. El objetivo es imponer la política del miedo a una sociedad a través de una ceguera constante, que hasta hace unos días tenía un nombre y una cara específicas, Osama Bin Laden. Una obsesión que para Eric González se explica de este modo: “cada sociedad se siente reflejada en algún relato que, de forma misteriosa, contiene el código de las pulsiones colectivas. Estados Unidos rinde culto a una extraña historia de terror, obsesión, pureza, venganza y catarsis escrita por Herman Melville en 1851: Moby Dick. El 11 de septiembre de 2001, la metáfora del monstruo feroz y elusivo pareció hacerse realidad. La ballena blanca se transformó en un hombre alto y de voz suave con el que todo un país tenía algo más que una cuenta pendiente.” No se me habría ocurrido un símil más acertado. El autoritario capitán Ahab, (Estados Unidos) impone sus obsesiones y prioridades a los del resto de su tripulación, de diferentes razas y nacionalidades (el resto de países y aliados), enrolados en el ballenero Pequod (llámenlo ONU, OTAN o cómo ustedes quieran) y que se lanzará a una caza salvaje y encarnizada para matar a Moby Dick (terrorismo islámico personificado en Bin Laden ahora, comunismo antaño…), cachalote que arrancó a Ahab la pierna en el pasado (el 11-S), sin importarle el precio (torturas, muertos civiles,…).





"Hay que ser muy hijo de puta para que te mate el premio nobel de la paz" publicaba Ramón Lobo en su Twitter, citando el comentario más ocurrente que había encontrado en la web

Obviamente, todo esto ocurre cuando Barack Obama se encontraba muy cuestionado en su país. Tras verse obligado a publicar su partida de nacimiento por los continuos rumores sobre su verdadera nacionalidad, que dio lugar a filtraciones sobre nuevos datos relacionados con su familia, había perdido tantos puntos en las encuestas que empezaba a ser alarmante. Necesitaba algo para restablecer su imagen y vio en la ‘Operación Gerónimo’ el remedio perfecto. Ahora, todo el mundo pide fotos y videos de la matanza para tener pruebas fehacientes de que la ballena blanca había muerto. Ahab nunca buscó capturarla. Nadie cree que un país al que le ha importado tan poco pisotear los derechos humanos utilizando la tortura y los internacionales entrando sin permiso en Pakistán (recordemos que con Gadafi han tenido muchos escrúpulos) hayan realmente oficiado un funeral para el enemigo público número uno de su país. Hollywood se ha encargado de reforzar la personificación del mal con las películas y, por supuesto, los gobiernos han visto en el séptimo arte una forma fácil y sencilla de manipular a la población masivamente. El cine propagandístico viene funcionando desde principios del siglo pasado. Bajo lemas como ‘la mejor defensa es el ataque’ o ‘más vale prevenir que lamentar’, la primera potencia mundial obtiene el beneplácito de su población dándole de cuando en cuando un trofeo, cual circo romano, para su satisfacción y entretenimiento. Unos celebran ganar la Copa del Rey, otros la muerte de un terrorista. Cualquier distracción es buena para desviar las miradas, el problema está siempre fuera. Si la ciencia ficción fue un idóneo caldo de cultivo para crear terror colectivo hacia lo desconocido, lo extraño (el comunismo, principalmente), la comedia ha favorecido la solidificación de los estereotipos y el costumbrismo de una sociedad que, por muy en el siglo XXI que crea encontrarse, sigue teniendo mucho miedo.

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