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El sí como camino, el semáforo y la bicicleta

Ana Morilla Carabantes
Ana Morilla
lunes, 21 de febrero de 2005, 04:02 h (CET)
En los cursos de comunicación y negociación se habla del “semáforo naranja”, una de las tácticas básicas en la negociación con múltiples actores, que consiste en la necesidad de traspasar los posibles “NO” a “Noes condicionados” ( semáforo naranja), para, a partir de ahí, resolver las objeciones dividiéndolas en accesorias y principales, y centrar la negociación en minimizar éstas hasta llegar al acuerdo colectivo.

Sólo los “No condicionados”, aportan al No cierta constructividad o vías de salida, aún así, ambos tienen con el “Sí pero” una diferencia de raiz intencional y volitiva: el “Sí pero”, parte de la necesidad de alcanzar el acuerdo y del significado asociativo y sumatorio que conlleva cualquier pacto global, siempre, claro está, perfectible; ese valor sólo se alcanza con cesiones parciales de nuestro objetivo ideal y con la conciencia de que la alternativa al “Sí pero” colectivo, ( avancemos ahora pero hay que avanzar más) es el bloqueo, la parálisis, o el retraso para volver a un escenario con las mismas posiciones múltiples ingobernables por idénticas razones y nuevamente inconciliables.

Los acuerdos, pactos, o negociaciones complejas son siempre transaccionales: se construye a través del consenso colectivo, a cambio de cesiones parciales individuales.

A lo largo de la historia desde una perspectiva política, las reformas han sido, por definición, posibilistas: han perseguido un ideal de forma escalada y progresiva, mientras que las revoluciones han seguido la vía idealista radical: no aceptar el contexto del que partía su negociación social, destruyendo la raíz para crear un nuevo escenario. Las revoluciones han conseguido que el mundo cambie, y su apuesta implica un ego ideológico sin concesiones, las reformas hacen que haya avances, muchas veces decisivos, pero suponen pactar con la realidad y entender que hay que seguir un camino exigente e inconformista a pesar del sí.

Es el momento para plantearse si Europa, y la aprobación del nuevo Tratado Constitucional, requieren Reforma o Revolución, un “sí pero”, o un “no” cuya indefinición impide conocer qué Europa se persigue y si ese ideal será posible con el mantenimiento de escenario y actores multipolares que implica hoy la Unión.

Jacques Delors, decía que la Unión Europea es como una bicicleta: si no pedaleas te caes, y un “idealista reformista” como Conh-Bendit, ha dicho que los “No” nunca han construido Europa, y es que es cierto que desde que la eterna Roma vió nacer hace 47 años el Tratado de la CEE, la UE ha debido superar once etapas críticas y muchos semáforos naranja que dieron su fruto en seis Tratados y cinco ampliaciones, tan perfectibles como mejoradores de sus predecesores.

Hay un camino en la UE: cada Tratado ha supuesto metas más ambiciosas y ha perseguido visionariamente ampliar la cooperación económica a metas también políticas, como son la definición de valores e instituciones comunes, la consagración de derechos europeos, el estatus de ciudadanía, o la defensa y la seguridad como germen de una política exterior unificada.

El penúltimo de los Tratados, Niza, pretendía acomodar el funcionamiento de la UE a la ampliación que nos sitúa como la principal potencia económica y el mayor exportador de valores democráticos del mundo: una Unión con 25 paises y 450 millones de habitantes, que se ufana de indicadores claros sobre el modelo que Europa representa, y que revelan por ejemplo que invertimos en gasto social el 26 % del PIB, frente al 15% en EEUU, que la Democracia se persigue con una autocrítica implacable y puntillosa, sin que sirva de exculpación ni la complejidad de organizaciones supranacionales como la propia UE, y que la vocación integradora territorial, la tolerancia ideológica, la cohesión económica a través de la solidaridad y la coordinación política, son una garantía de nuestro refuerzo global como voz en un mundo que no siempre comparte nuestros valores y que está llamado a cambios profundos en el que solo alianzas supranacionales podrán intervenir.

Mucho se ha escrito para desmontar pormenorizadamente algunas de las críticas que se hacen al Tratado y que, en mi opinión, nacen más de coyunturas como el idealismo identitario para “recuperar” una izquierda mitológica y esencialista (difícil posición el No de IU que persigue una Europa “mejor y distinta”, cuando los únicos verdes contrarios son los Españoles, y la propia CCOO además de UGT están a favor del sí), o la lectura y respuesta en clave de política interna del Tratado Constitucional ( parte de los socialistas franceses o la derecha radical de la COPE) cuando no del euroescepticismo ( ultraliberales no asociativos, UKIP Británico, o de una clara eurofobia ( Le Pen, Haider..)

Baste decir, que tal como señala Cesareo Aguilera en su artículo “Europeístas del rechazo” ( El País, 16 Enero) algunas afirmaciones que se han impuesto mediaticamente restando lustro y calidad a la percepción de la Constitución, carecen de fundamento jurídico, son preterintencionales o piden a éste Tratado que sea una panacea jurídico ideológica que compendie tantas virtudes como ninguna Constitución, ni siquiera nacional, posee.

Se dice por ejemplo, que es “militarista”( sin un sistema defensivo integrado propio la UE será siempre un Civilian power, aún así la coordinación militar de las fuerzas de los Estados ( integrados ya en la OTAN, no es que nazca ninguna supeditación de éste Tratado) es muy embrionaria, además las misiones de “mantenimiento de la paz” deben ser conforme a la Carta de Naciones Unidas y de acuerdo con los Objetivos del Titulo I ( paz, seguridad, desarrollo sostenible, comercio justo..,)

Se dice también que es “neoliberal”,cuando se normativiza la carta de derechos fundamentales que preserva welfare y modelo social, y garantiza derechos sociales y sindicales que los propios sindicatos han reconocido con su apoyo ( cierto que muchos principios son declarativos, como sucede en la mayoría de Constituciones nacionales como “vivienda” o “trabajo”); a Fabius, gran ideólogo socialista francés de la insuficiencia de lo social, su propia colega Dominique Strauss le recrimina que olvide que todo lo económico ya estaba en los anteriores Tratados que se refunden y que lo que se añade es precisamente “los objetivos sociales y medioambientales, el principio de igualdad, las referencias a los termómetros de izquierda que son el desarrollo sostenible o el comercio justo”.

Pero la crítica más infundada, es en mi opinión, la que declara un “déficit democrático” en el Tratado Constituyente, cuando por primera vez el parlamento colegislará en el 95% de los asuntos y la carta de Derechos es vinculante.

En definitiva, como señala Xavier Vidal Foch en su artículo “Contra la parálisis de Europa” ( El País, 15 de Febrero) : “No hay otra Europa que la actual UE...Cualquier otra Europa más federal, más parlamentaria, más social...sólo puede llegar realistamente desde la actual UE, mejor aún reformada por la Constitución. La única alternativa a la UE acreditada por la experiencia ...es la presión interna que empuja en cada coyuntura a más profundizaciones, sin desechar las que se van aceptando oficialmente”.

Mi Sí, como muchos, será condicionado e inconformista, pero será un sí para seguir avanzando y para seguir construyendo una Europa que hoy por hoy es referente de modelo social, de garantía de derechos y libertades y de vocación multilateralista e integradora. Es tiempo de consolidar la UE en el mundo con avances reformistas y posibilistas, no con revoluciones.

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Ana Morilla Carabantes es asesora en Gestión Pública y comunicación política.

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