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Progreso

“Rafael, a usted le está matando la vida.” El hombre evanescente
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 5 de mayo de 2011, 07:09 h (CET)
En Alcalá de Henares, durante largos años, las personalidades o personajes principales de la Cultura de la ciudad conformamos la tertulia literaria Fierabrás. Una tertulia que aglutinaba a una parroquia variopinta, entre cuyos miembros lo mismo se encontraban insignes catedráticos que directores de periódicos o escritores de muy distintos estilos, sin que por ello faltaran algunos fieles que, sin pertenecer al orden de la excelsitud de las ideas o de la Literatura, acudían por presenciar los a veces encendidos debates sobre lo divino y lo humano en que los más combativos a veces nos enzarzábamos.

No era, bien se entiende, una tertulia al uso, de ésas de moderador y con programa, sino una de amigos que, entre güisquis y cafés, se confesaban devotos de la vida, secuaces de la condición humana o nada más que autores que a través de su don se investigaban para comprender y comprenderse. Cada uno, a nuestra manera, asumíamos un rol, y éramos tantos que podría decirse que la sociedad en pleno estaba representada entorno a aquellas mesas que servían de arena sobre la cual enfrentábamos nuestros pareceres. Cada uno, como digo, siempre se distinguía por una idea generatriz que lo identificaba, y la postura que me definía, era, sin duda, la de mi férrea oposición al progreso, al menos tal y como habitualmente lo conocemos o lo entendemos.

Fierabrás pasó, con el discurrir de los años, a mejor vida, y los tertulios nos dispersamos por el mundo, llevándose cada cual sus ideas consigo para proseguir con su particular aventura vital. A propósito de aquellos encendidos debates escribí por entonces “El hombre evanescente” (nada que ver con la novela de Jeffery Deaver), una novela que en la que en su último capítulo le diagnostican al personaje central un mal terminal con las palabras que figuran en el subtítulo de este artículo: “Rafael, a usted le está matando la vida.” Una idea que entonces, y hoy, hago extensiva a cada individuo, a cada sociedad y al conjunto de la humanidad: cada paso que damos nos acerca a la muerte, cual si el conocimiento nos matara o cual si lo que respiramos fuera muerte en pequeñas dosis letales. Son las desventajas, supongo, de ser mortales.

Recientemente tuve que volver a desenfundar esta misma espada en un duelo dialéctico familiar, porque, como mis contertulios de entonces, mis hijos, ya emancipados, me afearon mi parecer, acusándome de querer establecerme por misoneísmo en un pretérito que no tenía nada de memorable, negando que es el progreso el que nos ha permitido vivir mejor, disfrutar de una mayor salud, de más recursos, de mejores condiciones de vida y de un futuro más halagüeño. Lo mismito que entonces, en Fierabrás. En todo coincidí sin coincidir en nada.

No podemos valorar con la óptica de hoy tiempos que se regían por valores que nos son ajenos, ni aún creer las historias inventadas de quienes, sin haberlo vivido como ellos lo hicieron, lo escribieron. Pero, más allá de ello, tal vez el bienestar que estamos viviendo no sea sino un anticipo de muerte, y quién sabe si, como a Rafael, la vida nos está matando porque no sabemos convivir con ella. Tengo algo más de la cincuentena, pero en mi adolescencia, que no hace tanto, éramos poco menos de tres mil millones de almas en el planeta, uno salía de Madrid apenas unos kilómetros y, si tenía sed, podía inclinarse sobre cualquier arroyo y beber, bañarse en cualquier río si tenía calor, disfrutar de una naturaleza en un estado próximo a la virginidad y hasta, siendo una dictadura lo que nos gobernaba, teníamos principios y una causa justa por la que vivir o morir.

Hoy sólo tenemos intereses... y cobardía. Hemos progresado, todos hablamos de crecimiento, pero todo ese progreso se le hurta a una naturaleza que se extingue a marchas forzadas, que exilia de la posibilidad de supervivencia a miles de millones de personas, que ha podrido aires, tierras y aguas convirtiéndolas en tóxicas o radiactivas, que extingue cada día a docenas de especies, que desforesta cada día millones de hectáreas y que ha multiplicado los haberes de unos pocos al tiempo que ha ninguneado a casi todos, porque ya nadie tiene principios ni una razón digna para vivir o morir, teniéndose que conformar con un infarto, un accidente de tráfico o ese suicidio que ya es la segunda causa de muerte en nuestro país. ¿Progreso?..., les inquirí; ¿qué progreso?... Vivimos más porque se lo robamos a otros, pues que mil millones viven mientras cinco mil millones languidecen o mueren, el hombre es un enemigo del hombre y de la naturaleza, hemos conquistado el conocimiento para matar, para mentir o para invadir a aquellos que tienen para robárselo. El medio que nos sostiene se rinde, el planeta chirría, estamos encerrados en minúsculos espacios y ya no saben las nuevas generaciones cómo huele un melocotón o un tomate, no tienen ni idea a qué huele el campo, qué tan sublime es una noche estrellada o siquiera cómo conmueve una buena música, cómo recrea una pintura magnífica o cómo se disfruta una buena novela.

El hombre se ha hecho pequeño, minúsculo, mínimo, desbordado por el progreso. El hombre de hoy no sabe adónde va ni para qué ni por qué, sino que cree que la vida es sólo disfrutar tanto como se pueda a costa de lo que sea, animalescamente. De ser servido ha pasado voluntariamente a ser servidor, de ser el rey de la Creación a nada más que un instrumento de los poderes. ¿Progreso?..., ¿qué progreso? Hoy ni el amor satisface y preferimos el sexo, las ideas se reducen a consumo y la vida nada más que a un pasar sin ser.

Todo es efímero, e incluso la obra del hombre es más volátil que nunca, su música es comercio, su pensamiento ambiguo, sus principios no existen, incluso su horizonte se ha estrechado hasta caber en un parpadeo. Vivimos más, pero más insatisfechos y mucho más infelices porque sólo se desea más de todo: nunca hubo tantos suicidios, embarazos infantiles, aberraciones morales, crímenes, abortos, divorcios, injusticia... No; no hemos progresado en absoluto, sino que nos hemos presidiado en un medio tóxico, egoísta y ajeno que está expulsando a la vida del planeta. La vida, a todos, nos está matando.

El progreso nos está matando. Pero todos quieren más crecimiento, más progreso, más hijos. Si sólo en treinta años hemos pasado de habitar un planeta casi virginal a uno que hiede y a una naturaleza que claudica, ¿cuántos años más resistirá el medio que nos sostiene?... Sé que no habrá un partido que proponga detener el progreso y regresar al punto en que nos perdimos, porque jamás tendría votantes. Desventajas de la democracia, en la que hasta los idiotas votan. En un orden nihilista, nadie escucha a nadie. Un tumor puede ser extirpado para salvar al resto del cuerpo; pero cuando la metástasis se ha producido, sólo queda esperar una muerte quiera Dios que poco dolorosa. La vida, al final, nos está matando, y es el progreso el veneno que ingerimos.

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