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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Misión cumplida, Presidente

La ley del Talión aplicada por un Nobel de la Paz
Luis del Palacio
miércoles, 4 de mayo de 2011, 07:52 h (CET)
Cierta realidad –afortunadamente, sólo una parte- se parece cada vez más a los guiones de la entretenida serie “24 Horas”, protagonizada por Kiefer Sutherland, aceptable sucesor de Schwarzeneger en versión miniatura. Confieso que me entretienen los capítulos, desarrollados a un ritmo frenético, en los que se nos cuenta siempre la misma historia: hay unos terroristas malísimos de origen islamista que, apoyados por miembros recalcitrantes del antiguo KGB o del Politburo, tratan de destruir la democracia y la libertad del país que las abandera sin que casi nadie se atreva a discutírselo, desde que en 1945 lanzara las bombas de Hiroshima y Nagasaki. EEUU se colocó entonces la corona de Defensor de la Fe y de Occidente y, derrotado el fantasma del comunismo con guerras tan edificantes como la de Corea o la de Vietnam, ha venido lanzando sus particulares cruzadas contra los sarracenos desde hace más de un cuarto de siglo.

Lo cierto es que el propio Osama Bin Laden es un “malo de película”. Su trasunto más claro es Fu-Manchú, villano chino que interpretaba Christofer Lee en los sesenta, acaso emparentado con los emperadores manchúes, que utilizaba su inmensa fortuna para tratar de destruir la cultura occidental. Como Osama, enviaba a sus esbirros a poner bombas en el metro de Londres, la citè parisina o la ópera de Viena y como él vivía en una fortaleza perdida en las montañas.´

Ahora Osama, que por fin no vivía en el monte sino en el llano, ha muerto y dicen que debemos alegrarnos.

Pero permítanme que disienta: Yo no tengo por qué alegrarme de la muerte de nadie y no creo en la bondad de la ley del Talión, sino en el Derecho moderno, que la condena. Y además no me convencen ni poco ni mucho las “razones” aducidas por John Brennan, consejero de Obama en asuntos de seguridad, para haber acabado con la vida del dirigente de Al Qaeda; a saber: que opuso resistencia a su captura.

El argumento es casi tan simple como decir que se aplicó la “ley de fugas”. Y lo que ya es de chiste (de chiste macabro, como los que admirablemente pergeñaba Manolo Summers) es que se le arrojó al mar para cumplir con el ritual coránico de sepultar el cadáver en las veinticuatro horas siguientes a la muerte y, a la vez, evitar que su tumba se convirtiera en un lugar de culto.

Puede que nunca sepamos la verdad de lo que ocurrió en la madrugada del lunes dos de mayo, a 60 kilómetros de Islamabad, capital de Pakistán, en un lugar de curioso nombre: Abbotabad (curiosamente “abbot” significa “abad” en español y su equivalente en inglés, buen material de reflexión para milenaristas y seguidores de Nostradamus) Allí dicen que se refugiaba el líder yihadista; mas es sano, creo, mantener una duda razonable sobre la versión oficial.

¿Terrorismo de Estado? Creo que es del todo evidente: entrar en un país, invadiendo su soberanía, y matar a personas que se hallan en una casa, con el pretexto de que son terroristas peligrosos es, sin duda, un tipo de terrorismo; precisamente, la clase de terrorismo que tratan de justificar los guionistas de “24 Horas”, donde todo, hasta la pretendida sincronización y concatenación de los hechos, es mentira.

La foto de Barak Obama, premio Nobel de la Paz, junto a Clinton, Gates y el resto del equipo de Seguridad Nacional, siguiendo en directo el ataque al refugio de BinLanden, parece sacada de una escena de la novena temporada de la serie. Sólo faltaba la llamada de “Jack Bauer” (Kiefer Sutherland) con un lacónico: “Misión cumplida, Presidente”.

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