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Etiquetas:   El niño que aplaude en su escondite   -   Sección:  

Putas, ladrones e idiotas

La dureza de la vida bohemia
Velpister
lunes, 2 de mayo de 2011, 12:27 h (CET)
Como buen artista underground dedicado exclusivamente a cultivar mi vida bohemia, no he tenido más remedio que realizar todo tipo de trabajos a lo largo de mi existencia para poder mantenerla. Algunos trabajos más penosos que otros. Recordando así, rápidamente, puedo enumerar algunos: repartidor de publicidad, limpiador de váteres y pasillos, pintor de paredes, chófer, dependiente de librería, atención al público en una academia, profesor de inglés, de piano, de pintura, de piano en inglés, de pintura en inglés de pintura y piano en inglés. Qué sé yo, muchos trabajos. Pero hay o, mejor dicho, hubo uno que me resultó especialmente desagradable. Afortunadamente he podido dejarlo actualmente:

Lo peor del trabajo de repartidor de libros de un conocido círculo literario no es lo que pagan, sino el momento del reparto de revistas. Cuando llamo a los portales, generalmente los que entran o salen me increpan sobre si es publicidad lo que llevo. Siempre contesto con amabilidad .No se preocupen, son revistas con nombre y domicilio. A veces no se lo creen. Este hecho me hace pensar en qué tendrán en contra de la publicidad, y la respuesta es: nada. En contra de la publicidad no tienen absolutamente nada. La publicidad rodea sus vidas más que cualquier otra cosa y, como todos sabemos, están sometidos a ella. Podría incluirme en la reflexión, pero con lo que gano y mi forma de vida, la publicidad no surte ningún efecto sobre mí. Ellos lo que odian es a los que reparten publicidad, los detestan porque pertenecen a la casta de trabajadores más baja, junto con los que llevan la compra a casa, o reparten libros o los que venden clínex por las calles. Así están (estamos) considerados. Lo peor es que ocurre en un barrio de obreros (mileuristas) para arriba, en absoluto bien pudiente.

En una ocasión estaba colocando las revistas en sus respectivos buzones cuando entró una señora que ya desde atrás me avisaba de que no se podía repartir publicidad. Le contesté con amabilidad (sin pasarme) que no lo era. Sin embargo ella, que volvía cargada de la calle con bolsas publicitarias y con productos que compraba seguramente tras ver los folletos de publicidad de su portal o en la Tv. o donde quiera que fuera, no se lo creyó y se quedó a mi lado, controlándome. Os podéis imaginar lo humillante de la situación. Le pregunté si le pasaba algo. Nada, estoy aquí. Ya le he dicho que no es publicidad, ¿ve? Le enseñé los nombres y direcciones. Ya, ya. Entonces ¿qué hace?, ¿me está controlando? Pues sí, estoy aquí. Empecé a murmurar por lo bajo, estuvimos así un rato. Resulta que yo tengo un problema reciente, ya perdí la vergüenza. No hace mucho de eso, pero el caso es que ya me queda muy poca. Por eso tengo el aspecto que tengo y otras muchas cosas que no vienen a cuento. Entonces decidí que no me podía quedar callado. Cuando terminé hice como que le sacaba una foto con el móvil (mi móvil no hace fotos). Le dije -¿no será Vd. la que está robando las revistas de los clientes?- oye, a mi no me quites una foto ¿eh?- pues sí, se la enseñaré a los clientes para que sepan quién es. También le dije. Vd. ya tiene cierta edad, pero siempre he pensado que nunca es tarde para aprender, y en su caso debería aprender modales, señora. Además le diré una cosa sobre la que debería Vd.
reflexionar, ahora que el tiempo se le escapa y debería saber ciertas cosas, Vd. hace que la frase vieja insoportable cobre todo su sentido, debería pensarlo cuando tenga gente a su alrededor que le sonría y le dé un cariño que no sé si será sincero pero desde luego ni así lo merece. Y me fui de lo más pancho, pensando en cómo escribiría la escena. A partir de ahora cada vez que vaya a repartir revistas iré armado de mi cámara para inmortalizar a estos mortales transeúntes del olvido.

Muchas veces tengo que soportar el ser increpado por viejos que deberían respetar a cualquier clase de trabajador, no sabéis hasta qué punto el trabajador detesta a los otros trabajadores, eso lo he descubierto estos años. Lo peor es cuando el portal en cuestión tiene un portero automático con cámara. Entonces no puedo llamar al azar (por cuestión de rapidez) y decir: correo, ¿me puede abrir? En estos casos he de llamar a los clientes a sus pisos, y si no me abren he de volver en otro momento, porque de ninguna manera el resto de propietarios me abrirán la puerta por mucha amabilidad con la que me exprese. Hola, tengo que entregar una revista para el 2º pero no me abren, ¿sería Vd. tan amable de abr...¡No! ¡¡¡Que te abra él!!! Y cuelgan bruscamente. En una ocasión, en un caso como este, estaba llamando al piso en cuestión pero no me abrían, cuando estaba a punto de irme observé que desde el interior alguien se dirigía a la salida. Cuando es así entro y realizo mi trabajo. La que salió era una chica que no tendría más de treinta y pocos años, pero salió del portal impidiéndome el paso. Lo siento, si no le abren yo no le puedo dejar pasar. Intenté explicarle con amabilidad. Ya, pero mire, tengo que entregar esto en el 3º B y no me cogen. Bueno pues si no le cogen yo no puedo abrirle. No, pero no me cierre. Cerró la puerta, entonces algo enfadado (no lo demostré demasiado) le enseñé el nombre y dirección mientras se iba. ¿Lo ves? ¿Colega? Fulanito de tal, 3º B. Ella se iba repitiendo, pues llame a fulanitooooo, pues que le abra fulanitooooo. ¡Gracias, muchas gracias! Gritaba mientras ella daba vuelta a la esquina. Entonces de nuevo reflexioné. Pero ¿por qué? ¿Parezco un ladrón? ¿Es que acaso parece ella una puta? No, ella no parece una puta pero, ¿qué aspecto tienen las putas?, porque yo he tenido que ver con muchas putas y nunca las vi venir, por lo tanto, la tipa será una puta, aunque yo no sea capaz de distinguirla, y un ladrón? ¿Qué aspecto tendrá un ladrón? También he tenido mucho que ver con ladrones a lo largo de mi vida y tampoco siempre he sido capaz de advertirlos. ¿Será, entonces, que soy idiota? Pues puede que sí, claro, por eso reparto revistas en los buzones de las clases medias de mi barrio por un sueldo miserable y a cambio soporto todas estas humillaciones, porque soy idiota y me lo merezco. ¿A eso se reduce todo? ¿A putas, ladrones e idiotas? Es una reflexión brillante. Putas, ladrones e idiotas. Nos rodean, están por todas partes.
Pero aquí no acaba la cosa queridos amigos. A veces hay acontecimientos que merece la pena que ocurran para ser contados sabiendo que son verídicos. Un miércoles cualquiera me dirigía a por mi coche para ocuparme de otro de mis trabajos del que ya he hablado. Cuando estaba abriendo la puerta del garaje escuché por detrás una gentil voz que me pedía que esperase. ¡Ay qué suerte! espera que me he dejado la llave en el coche. Yo al momento respondí. Claro, pasa, pasa. Cuando me di la vuelta la vi. Era ella. La puta. Bueno, no era una puta en el sentido estricto, pero yo no soy nada estricto, así que lo vamos a dejar, ya que no sé su nombre, no me lo dijo, no se lo pregunté, en que la gentil voz era la de la puta, y yo, el ladrón o, mejor dicho, el idiota, estaba allí, con la puerta del garaje en la mano. ¡Ay no! si Vd. no tiene llave no la puedo dejar entrar. Pero cómo que no me puedes dejar entrar, te digo que la tengo dentro. Ay bueno, pues abre con ellaaa, yo no puedo dejarte entrar, abre con ellaaaaa.

Y la última reflexión: ¿me convertí yo en el puto? ¿Qué aspecto tienen los putos? ¿Y ella? ¿Se convirtió ella en la ladrona? ¿Y su aspecto? Lo único claro es quien era el idiota, por lo menos en lo que se refiere al aspecto. Lo éramos los dos, ella por la cara que se le quedó y yo por la sonrisa que aun hoy no se me quita de la boca.

Y yo: jajajá jajajá.

Alegría, Alegría.

Otro día hablaré de mi otro trabajo como profesor de piano, pero más que de los alumnos quizás me refiera a los padres, que tiene su miga.

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