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Opinión
Etiquetas:   Sentido común  

Windsor, trama negra

Marta Santos
Redacción
sábado, 19 de febrero de 2005, 04:51 h (CET)
Un maremoto en Asia, un huracán que pasa por Haití, una epidemia en una barriada. Son tres noticias trágicas pero, por algún misterioso motivo, poco sorprendentes. El misterioso motivo es éste: cualquier catástrofe que afecte a gente pobre o paupérrima es trágica pero entra dentro de lo 'normal'. Es lo misterioso que tienen las catástrofes naturales y los siniestros: nadie ha visto nunca un huracán barriendo La Moraleja, ni lo verá. Los siniestros y los huracanes tienen la puñetera costumbre de detenerse en el pozo del Tío Raimundo o en los suburbios de Bogotá con una regularidad sospechosa. Cuando un ciclón se desata, no sé por qué, pasa con menos intensidad por California o Florida, pero recupera todo su furor para continuar viaje por México y todo lo que pille hacia abajo.

Ahora resulta que el edificio Windsor, que no es vivienda de protección oficial, ha ardido que se las ha pelado. Mientras escribo esta línea, informan los medios de que al Windsor le ha bajado la temperatura y podrán entrar los bomberos para decir eso de «madre mía, qué desastre». No dudo de que el edificio haya ardido por culpa de una colilla, de un cortocircuito o simplemente porque sí, porque estas cosas pasan.

Literariamente hablando, sin embargo, este siniestro se presta para una trama negra porque ante un incendio en un tenderete de ricos lo único que se puede hacer, al menos literariamente, es sospechar. Personalmente, tengo la teoría de que los ricos nunca tienen accidentes, excepto jugando al squash o haciendo pesca submarina y aún así casi siempre hay algo 'turbio' que en la prensa no se dice pero, literariamente, es fácil de imaginar. Nunca, en los últimos dos mil años de historia, ha ardido jamás un palacio o un obispado de manera accidental. Si a un millonario se le cae una colilla en la cama, siempre hay un par de criados dispuestos a apagar la colcha con sus propias espaldas. Si en el palacete de un rico salta una chispa de un enchufe, suele haber un sistema de alarma que hace 'eoeo' y está conectado directamente con el CSI.

Vistas así las cosas, sólo cabe preguntarse, siempre literariamente hablando, por el móvil y demás. Se puede sugerir como móvil el cobro del seguro, la especulación inmobiliaria o alguna intriga entre socios. En este tiempo de frías intrigas políticas y financieras, prefiero optar por el clásico pasional. «¿Quién era esa mujer con velo y sombrero que aparece en la fotografía A-4 del siniestro?». No sé, pero lo siento por el Windsor y por los bomberos.

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