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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

Socavón

José Romera
Redacción
sábado, 19 de febrero de 2005, 04:51 h (CET)
TIENE que ser bastante kafkiana la pesadilla en que tú y tu casa entera sois succionados por la tierra hasta desaparecer en las tripas de la gran ciudad. Pero ocurre. Hace tiempo que las viviendas no son los refugios de antes, el lugar en donde guarecerse de inclemencias y catástrofes. Cuando no es un hogar que salta por los aires debido a una caldera en mal estado, es la onda expansiva de una bomba o las llamas causadas por un cortocircuito eléctrico. Tengan cuidado ahí dentro. Al entrar en casa empieza la aventura. Pero de todos los riesgos agazapados a cubierto, pocos habrá tan siniestros como el de venirse abajo entre escombros. Muchos vecinos del barrio barcelonés del Carmel ni siquiera conocían que bajo la vertical de sus pisos se estaba abriendo un túnel de Metro.

De la noche a la mañana se han enterado de las obras municipales por la vía más directa de todas: el bombero que llama a la puerta, el desalojo con lo puesto, las preguntas sin respuesta, las reuniones sin salida, el desamparo más absoluto. Y lo peor de todo: no saber si algún día podrán regresar a su casa hasta que los peritos no den su informe favorable. Pero es en este punto donde empieza la segunda de las pesadillas. Se diría que los damnificados han de pagar un tributo por haber salvado el pellejo, y que ese tributo los condena a caer en otro agujero no menos incierto: el de los intereses y las cautelas políticas. Debería estudiarse a fondo ese mecanismo según el cual las autoridades que se enfrentan a un suceso con víctimas o agraviados acaban considerándose víctimas ellas mismas, y adoptan para sí unas medidas de protección de mayor grado que las aplicadas a los auténticos dañados. En el caso del Carmel alguna cabeza brillante ha decretado un apagón informativo. Ha anunciado que en lo sucesivo los periodistas no tendrán acceso a las obras municipales salvo que se produzcan «situaciones noticiables», y que de ser así recibirán la información ya elaborada por los gabinetes oficiales de prensa. Aunque luego se ha dado marcha atrás, ahí queda el acto reflejo de un Poder que, cuando las circunstancias le ponen a prueba, responde con los tics autoritarios de siempre. La mano que palmea la espalda de los vecinos desahuciados y les entrega unos euros de limosna para ir tirando es la misma mano que firma estos dislates. Para no ser succionada por el agujero de los acontecimientos. Como si fueran ellos, los gobernantes, y no los vecinos quienes han ido haciendo la ciudad. A los vecinos les queda solo el derecho a la confusión. Ni siquiera el derecho al pataleo, porque tal como están las cosas una protesta así podría abrir otro nuevo socavón bajo sus inciertos y apesadumbrados pies.

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