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Tags: Opinión · Artículo de opinión · Ángel Ruiz Cediel
La Cultura como negocio


Con la Ley de Propiedad Intelectual (Ley Sinde) se establece una trampa para beneficio de las empresas que no beneficia a los autores


Ángel Ruiz Cediel Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 29 de abril de 2011, 09:16
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En la sociedad hay cosas que no tienen por qué ser negocio: los servicios públicos, por ejemplo, o el urbanismo, o la educación, o el agua, o el aire o la Cultura… La Cultura es la exudación intelectual de una sociedad, y en ningún caso se debe ni se puede considerar como un negocio, salvo por aquellos que en vez de vender tomates comercian con libros o discos o cine, quienes, dicho sea de paso, nada tienen que ver con la cultura. Es posible que en otros tiempos menos tecnológicos tuvieran su arte y parte, pero no es el caso de lo que nos acaece hoy en día, porque cualquier autor puede y debe servirse de las herramientas a su disposición para difundir su obra, e Internet es un valiosísimo atril para que cualquier autor, sin costo alguno o con un costo absolutamente irrelevante, pueda llegar no a un reducido público, sino a todo el mundo.

Este avance Cultural sin precedentes ni fronteras, como es lógico no les gusta a esas editoriales que amañan premios y certámenes para descollar arteramente la obra prevista de antemano sobre otros cientos o miles de otras obras presentadas por ingenuos que todavía creen que los pájaros maman, y se lo dice quien ha sido finalista (varias veces) de todos y cada uno de los certámenes de enjundioso peso pecuniario o inmerecida fama de este país, pero quien a su vez no ha sido merecedor de que sus obras fueran consideradas siquiera por esas mismas editoriales o que fuera invitado a las ceremonias de entrega de premios en los que, teóricamente, se ignoraba quién iba a ser el ganador, y mis obras estaban, según los medios de difusión, entre las tres finalistas y había dos de ellas que iban a obtener un pingüe premio.

Lo que actualmente está haciendo el Ministerio de Cultura con la Ley Sinde, tal y como es ya habitual en el proceder del PSOE, es torcer la ley y ajustarla a intereses espurios, beneficiando a unas editoriales mediante las cuales controlan la opinión y las inquietudes intelectuales de los pensantes, lectores y de la sociedad en general. Ni más, ni menos. Estas editoriales venden los libros, novelas, discos y lo que sea, por un montón de euros cuando los costos no alcanzan por ejemplar ni el euro siquiera, y ese negocio hay que sostenerlo a costa de lo que sea, no queda claro si a cambio de alguna sustancia material adicional por medio. Pero es que, además, ahora con las nuevas tecnologías, que son casi gratuitas como digo, ofrecen esas mismas obras en formato electrónico por siete o diez euros, cuando su costo es próximo, muy próximo, a cero, nada, absolutamente nada. Todo un negocio, ya se ve, y queda claro cuál es el sentido de la ley. El autor percibe el 10% (o menos) de derechos de autor sobre las obras que dice la editorial que han sido vendidas, cosa que el autor jamás podrá verificar, y eso representa unos 70 céntimos a 1 euro en formato electrónico, de modo que la editorial se lleva entre 6,3 y 9 euros por obra vendida… ¡sin haber arriesgado un euro, sin haber escrito una línea y sin saber hacer la O con el culo de un vaso! ¡Que viva la Cultura, claro! Esto, como es obvio, hay que protegerlo con una oportuna Ley Sinde. ¡Pues menudo chollo!

El autor, si lo es de verdad, lo es con o sin beneficio. Quiere su obra se difunda lo más posible, y para ello tiene herramientas hoy casi gratuitas como Internet. Quiere vivir de ello, por supuesto, pero no podría dejar de ser autor aunque quisiera, porque para eso ha nacido. Por otra parte, sabe y comprende que es parte del tejido neuronal de la sociedad y que debe retribuir a la sociedad por esa obra que, aunque nacida de su capacidad, sólo y únicamente tiene por objeto la misma sociedad de la que ha emanado.

Miren, no sé si a pesar de haber sido finalista de los 6 premios literarios más importantes de este país soy un buen autor o no (a los lectores les corresponde juzgar eso), pero no digo lo que manifiesto sin conocimiento de causa o sin ser consecuente con lo que expreso. Mis obras, todas (y no son pocas) están a disposición de quien quiera leerlas en mi web, completa e íntegramente, sin costo alguno, cero. Pero si alguien quiere comprarlas para disponer de un ejemplar para uso propio, cosa que de vez en cuando sucede, me basta con que me deje un euro de beneficio, sólo un euro, poco importa si es formato electrónico (1 euro es su precio) como si lo es el formato tradicional del libro (4 euros cuesta el ejemplar, lo que representa 1 euro de beneficio). Y me sobra. Hay casi siete mil millones de lectores potenciales en el planeta, pero aún si no hubiere nada más que cincuenta millones, bien se ve que hay sobrados medios para vivir de ello sin tener que recurrir a la extorsión legal para multiplicar artificialmente el precio de las cosas. Pero es que por si todo esto fuera poco, jamás se me ocurriría escribir mis obras o mis artículos para meterlos en un cajón y echar la llave, sino que su único objeto es ofrecérselos a sociedad y proponer ideas, fórmulas de reflexión y transformación, tal vez contribuyendo con ello a mejorar este desmadrado e injusto mundo en el que vivimos. Bien o mal, con mayor o menor talento, ese es mi fin, y, supongo, que el de todos los autores, de manera que ninguno de nosotros precisamos de beatíficas leyes Sinde.

Que no venga, pues, la señá ministra o sus secuaces multimillonarios a vendernos mentiras o a retorcer la verdad, porque quienes en verdad formamos el tejido cultural de nuestra sociedad no tragamos con eso, y es bueno que los destinatarios, la gente, los lectores, lo sepan: esta ley no nos beneficia a los autores, sino a los comerciantes de la cultura. A los autores y a los destinatarios de la cultura nos perjudica severamente, primero porque hay un escalón intermedio que hoy no es necesario (editoriales, libreros, etc.), y, segundo, porque con leyes como ésta multiplican artificiosamente el precio de las cosas en beneficio de algunos. Hacen mal los lectores hoy en acudir a pagar 20 por lo que pueden adquirir por uno, pero hacen mucho peor quienes, por ignorancia, aplauden leyes torcidas como ésta sin ser parte de esos entramados de anticulturales intereses que son los de quienes entienden la Cultura como negocio.

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