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Ciegos, sordos, cortos
Dicen que hay Justicia y que los tribunales son justos, pero los más abyectos terroristas son liberados
Tienen ojos para mirar, y no ven; oídos para escuchar, y no oyen; y entendimiento para comprender, y no razonan. Nada nuevo bajo el sol, que diría Qohelet. Dicen que hay Justicia y que los tribunales son justos, pero los más abyectos terroristas son liberados con penas mínimas conforme a sus atrocidades, los granes ladrones son condenados apenas a unos años y sin que tengan que devolver el objeto de su latrocinio y los pequeños delincuentes son castigados con crudelísima sevicia a toda una vida de privación de libertad; dicen que hay democracia, e incluso los políticos de un bando acusan a los del otro de corruptelas y abusos de poder que conforman inmorales fortunas privadas construidas a la sombra del hurto, pero las listas de todos ellos están parasitadas de tramposos, de dictadorzuelos, de liberticidas y de quienes por sí mismos, a través de los suyos o de testaferros han aprovechado sus poderes e influencias para amasar en unos pocos años copiosas fortunas negras; y dicen que vivimos en un Estado de Derecho, pero la ley es de algodón para los poderosos y de hierro para los ciudadanos, atribuyéndose torcidamente los políticos a sí mismos el derecho de apropiarse de los haberes ahorrados en sus cuentas, y aun de sus salarios antes de que los perciban en sus empresas, de aquellos ciudadanos a quienes más injusta que justamente multan o castigan.
Por las mismas causas, y aun por muchas menores, todos estos sectarios y fanáticos que callan o vociferan ofendidos porque a algunos de los suyos los acusen de latrocinio o sectarismo, se rasgan las vestiduras y se llenan la cabeza de ceniza escandalizados si la falta cae de la parte opositor, en el partido de enfrente. Es una implacable guerra de vivos muy vivos por el poder, donde el meollo de la cuestión se basa en acusar a los otros, sin programas, sin honradez, sin más propósitos que el que los propios se enriquezcan a costa de los votantes, porque hay mucho que enajenar y apropiarse, hay mucho por mamar. No; los militantes no están ciegos, ni sordos, ni siquiera son cortos de entendimiento, sino sólo se lo hacen, ignoran los propios delitos, la viga en su ojo, para acusar a los otros de tener una paja en el suyo. Nada nuevo bajo el sol, que diría Qohelet.
A los ciudadanos, sin embargo, no nos importa en absoluto el tejemaneje que se traigan entre manos o los circuitos por los que se aplican las leyes que favorecen a criminales y ladrones y se ceban con los pequeños delincuentes: lo que es injusto, es injusto, e importa un ardite por la razón que sea. Han tenido miles de años para solucionarlo, y no lo han hecho. Y lo injusto, a los ojos de la ciudadanía, debe ser castigado, incluso en los jueces, tanto aquellos que condenan sin pruebas (por indicios), como los que favorecen a los criminales o grandes ladrones o los que se escudan en problemas o cuestiones de procedimiento. A los ciudadanos, nos importa un ardite si éste político o aquél robó más o menos: a cada cual su pena, pero penados los dos, y siempre devolviendo al menos el doble de lo robado, no importa a qué partido pertenezcan, y, de no hacerse, nos ciscamos en sus programas, en sus fines, en sus porqués y en su pasado, presente o futuro, porque todo ello es falsedad sobre mentira.
Desde las páginas de este mismo diario he publicado mil veces, mil, que la crisis que nos asola es mentira, que nunca existió, que es una crisis inventada como inventadas fueron las pandemias que hicieron tan grandes fortunas para las farmacéuticas o los pánicos que justificaron las guerras y las matanzas que hoy salpican de excrementos la geografía de la Tierra. Unas mentiras que han costado millones de vidas, millones de empleos, pérdidas de derechos y limitación de libertades, un empobrecimiento de todas las clases medias del planeta y el que entre cuatrocientos y ochocientos millones de almas hayan caído en las garras del hambre. Unas mentiras que son un genocidio en toda regla, aún más perverso que el que el condujo a la humanidad a despedazase una vez y otra a lo largo de la Historia.
Los simpatizantes, los militones, los sectarios y los necios de los partidos políticos tienen ojos para mirar, y no ven; oídos para escuchar, y no oyen; y entendimiento para comprender, y no razonan. Pero somos muchos ya, y muy activos, quienes decimos “¡Basta!”, y es una legión que crece cada día, que se multiplica y prolifera. Una legión que prefiere no tener gobierno a estar comandado por golfos, porque votar a unos u otros corruptos es votara a la corrupción; que prefiere no tener jueces y fiscales a tenerlos injustos, porque sería permitir que la injusticia decida en los conflictos quién tiene razón; y que está dispuesta a llevar ante el altísimo tribunal de las conciencias a este sistema perverso que reparte miseria, hambre, dolor, guerra y muerte por doquier, de esquina a esquina de la Tierra, para que unos cuantos desalmados, unos pocos miserables, nos roben con total impunidad.
En este tiempo de elecciones hay muchos que tienen ojos para mirar, y no ven; oídos para escuchar, y no oyen; y entendimiento para comprender, y no razonan. Nada nuevo bajo el sol, que diría Qohelet. Pero los ojos de muchos se están abriendo, y ven injusticia por todos lados; los oídos de muchos, cada día más, se están abriendo a oír cómo se pacta y trapichea, y oyen sin cesar el rugir de la corrupción; y el entendimiento de muchos, muchísimos, cada día más, está comprendiendo que si seguimos en lo mismo tendremos más de lo mismo, de modo que es la hora de cambiar no de partido, sino de sistema, e instalar la justicia, la honradez y paz entre todos los hombres, tal vez comenzando por no votar. Hacerlo, hasta ahora, no ha conducido a ningún paraíso más allá de elevar al poder a quienes nos están defraudando.
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